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Reinas. Cinco soberanas y sus biografías

Reinas

Maren Gottschalk

A través del espejo, 2010
14 x 23 cm, 164 pp.

 

$ 52,00 Comprar

 

 

 

Imponentes castillos y fortalezas, inmensas extensiones de tierras, arcones repletos de joyas invaluables y mucho poder…
¿Tener todo esto significa estar en la cima del mundo? Cualquiera creería que sí, pero este libro nos revela la vida oculta de cinco mujeres que lo tuvieron todo y aun así debieron enfrentar los golpes del destino: defender su poder, luchar contra los traidores y las intrigas, protegerse de atentados, sufrir derrotas políticas y admitir sus propios errores.
No todo en la vida de las reinas es tan fácil como parece...

Ya cerca de 1122 el nacimiento de una mujer podía causar mucho revuelo; eso fue lo que ocurrió con la llegada al mundo de Leonor de Aquitania, una extraordinaria mujer que fascinaba y aterraba a los hombres por igual, que no se sometía a las convenciones y que fue considerada por sus enemigos la reina del escándalo y una mujerzuela implacable. Se casa a los 15 años, con el Delfín Luis, apenas un año mayor que ella, en Burdeos. Es coronada en París y poco después, parte hacia Tierra Santa, acompañando a su esposo preso de un gran misticismo. Llegan a Antioquía, allí, en la corte de su tío Raimundo encuentra un poco de alegría y empatía: inmediatamente se la acusa de tener un romance con él.
Escándalo, desentendimiento; cuando regresan de las Cruzadas, ambos cónyuges solicitan la disolución del matrimonio al Papa. ¡Esto es el siglo xii!
Pero lo que verdaderamente ensombrece este matrimonio, no es la suposición de infidelidad de Leonor —además, Luis la sigue amando— es la falta de herederos lo que socavará este matrimonio real.
Leonor tiene revancha, se casa con Enrique Plantagenet, luego Enrique II, y será coronada reina de Inglaterra. A los cuarenta años, y luego de veintiún años de matrimonio con Enrique, Leonor da a luz a diez hijos. Parecen la pareja perfecta, todavía le queda mucho por hacer a Leonor, tiene muchas alianzas por trabar para dejar a cada uno de sus hijos en la mejor situación. Resulta increíble, pero Leonor pasa diecisiete años cautiva de su esposo, porque la acusa de ser una bruja irascible, celosa y de querer asesinar a sus amantes…82 años de historia.

Algo más que tres carabelas: la historia de Isabel de Castilla no se resume fácilmente. Estamos en el siglo xv y todavía España no es el Estado que conocemos hoy. De niña ya es enérgica, decidida y alegre. Para sortear las intrigas del poder, que operan sobre ella desde que es joven, se casa en secreto con su primo segundo, con Fernando. Pero Isabel es tan autosuficiente que llegará a autoproclamarse Reina de Castilla, a la muerte de su hermanastro el rey Enrique IV, en ausencia de Fernando. Pero ambos son muy pragmáticos y comparten objetivos. Juntos, transformarán el país de un Estado feudal medieval a un Estado burocrático real. Emprenderán juntos capítulos devastadores de la historia mundial: la instauración de la Inquisición y la expulsión de moros y judíos. Entre lucha y lucha, cabalgando, van naciendo sus hijos; Isabel es una mujer incansable que está en todos los frentes simultáneamente. La historia de su descendencia —seis hijos— será una sucesión de infortunios, basta decir que uno de los pocos que alcanza a la adultez, Catalina, su hija menor, será la primera de las seis infortunadas esposas de Enrique VIII. A los 53 años, ha sufrido en carne propia parte del dolor que ha causado en otros, y se retira a un convento. Ahí fallece en 1504. Su epitafio: «Los destructores de la secta mahometana y extintores de la falsedad hereje, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, marido y esposa unánimes, llamados Católicos, moran en este túmulo de mármol».

De Isabel I de Inglaterra se ha escrito mucho, aunque nunca la fascinación por este personaje parece agotarse. Todo en ella brilla. Perlas y diamantes en sus luminosos cabellos rojos, decenas de collares de perlas sobre su escote, encajes increíbles de Bruselas. Su relación con los hombres, con sus enemigos y, sobre todo, con el poder. A Isabel le toca vivir un momento de la historia donde los obstáculos en el camino al trono —una heredera legítima o no, una hermana— se hacen desaparecer con la muerte. También habita y promueve un mundo dominado por la ley del más fuerte y de la piratería.
Inglaterra logró un imponente poderío militar, económico y financiero durante el reinado de Isabel; y también una política religiosa propia. Ninguno de estos puntos logró desvanecer la idealización que el pueblo tuvo de María Estuardo, la hermanastra ejecutada por orden de Isabel I.

Frivolidad, egoísmo, lujos y placeres, olvido del pueblo: parece como si Cristina de Suecia (1626-1689) hubiera escapado de una crónica de chimentos de Hollywood. Es que a los 27 años, esta reina abdica, deja el trono a un soberano extranjero, se refugia en la zona mediterránea y cálida de Europa. Una vida que desde un primer momento causa desilusión: al nacer, las comadronas informan que un hijo varón ha nacido. Error, por supuesto: el rey trata de conformarse; su madre, se dice, la deja caer intencionalmente y Cristina, la beba, queda con una deformación de hombros de por vida. Su padre, que la ama, muere cuando ella solo tiene 6 años. Es proclamada reina de Suecia a esa edad, mientras sigue unos espantosos rituales mortuorios por su padre; su madre, la viuda María Leonor, está desequilibrada. Cristina es educada como un hombre y se niega a incorporar aprendizajes sobre el comportamiento femenino: adopta poses masculinas, tiene una vida íntima que da que hablar permanentemente; se rehúsa a casarse. Más tarde, se convertirá al catolicismo.
Logra desembarazarse de sus obligaciones y se mantiene joven y rica: tiene un séquito de 250 personas y unas irrefrenables ganas de comprar arte que la tienen siempre al borde del escándalo. Cristina polariza a la gente: a unos les gusta su inteligencia y su ingenio, su criterio claro y su erudición; otros ven en ella a una chica salvaje y mal educada, grotesca, rechoncha.

Catalina II de Rusia (1729-1796), nace Sofía Augusta Federica. Es una joven reina que busca modernizar Rusia, inscribirla entre los reinos dominantes de Occidente. Integrar Rusia a través del arte, la arquitectura, la ciencia. Su pueblo solo ve los latigazos, la servidumbre y una amarga pobreza. Es hija de un príncipe sin principado, y la propuesta matrimonial para casarse con Carlos Pedro, el sobrino de Pedro el Grande supone todo un ascenso para ella y su familia. Pero tiene que abandonar su casa y viajar a la corte, hostil, de Moscú. Aprende el idioma del país, se convierte al credo ortodoxo, adopta su nuevo nombre, Catalina, y ya está lista para la boda con Carlos Pedro, un joven inmaduro e inseguro con el que no tiene nada, ningún interés en común. Se vuelve por un lado muy frívola en la corte y por el otro lado sufre enormemente por el desprecio de su esposo, con quien la intimidad es nula, y no logran descendencia. Su primogénito es fruto de una relación prohibida; la zarina le quita al bebé de inmediato, pero es considerado legítimo dentro de la corte. Catalina sigue teniendo amantes y niños. Su esposo Pedro es derrocado por un complot del que ella participa: a los 33 años es coronada soberana de todas las Rusias.
Para algunos, una humanista preocupada por la educación, las artes, la buena administración; para otros, una representante cabal del despotismo ilustrado y la monarquía absolutista.

 ¿A quiénes recomendamos este libro?

A los jóvenes y adultos seguidores de las biografías y de la no ficción histórica.

 

Cuando las panteras no eran negras

Maniática de la explicación

Fabio Morábito / Abraham Balcázar (Texto / Ilustraciones)

A la orilla del Viento, 2010
15 x 19 cm, 105 pp.

$ 29,00 Comprar

 

 

Hubo un tiempo en el que las panteras eran pardas, cazaban en grupo y de día, igual que los leones. En ese tiempo, las panteras no pueden dejar de observar e imitar a los leones en todo. Sus técnicas de caza, su comportamiento.

 

Los tres osos

 

En las tierras escarpadas, alrededor de los abrevaderos, la vida cambia mucho de época en época. Hay un momento de lluvias, de pasturas, cuando los herbívoros invaden las praderas y llenan el aire de  abundancia.
Entre los carnívoros están los cazadores solitarios, como los guepardos, con un objetivo claro en mente: el animal separado del rebaño, el más débil o viejo que se convierte en la presa segura. Y están los carnívoros que cazan en grupo, como los leones, los eternos admirados por las panteras.

 

Los tres osos

Hubo una pantera, la pantera de esta historia, que pronto se hace aficionada a treparse a los árboles, a escrutar desde la altura, alejada del grupo. Es solitaria, autosuficiente, ha quedado huérfana desde pequeña.

 

¿Es posible que haya una sola manera de beber el desayuno, o un solo ritmo para caminar a la escuela, o para terminar unas cuentas, o para apuntar al arco y patear? Grandes y chicos se empeñan en querer que Néstor se mueva a SU ritmo.

 

 

Los tres osos

 

 

Cuando muere su madre, logra una mayor integración en el grupo, pero no deja de ser un ejemplar extraño y distante para los demás. Cuando vigila, siempre muestra dotes extraordinarias, lo que la aleja paulatinamente más de su manada.

 

 

 

 

Una noche, una silenciosa columna de panteras, oscuras, la invitan a adentrarse en territorio de los leones. Estas panteras tienen un olor particular, el olor de su madre. Las sigue sin dudarlo. Por la mañana, muy lejos de su territorio, se halla sola, acompañada por un olor conocido: se ha vuelto negra del hocico a la cola.

¿A quiénes recomendamos este libro?

Para aquellos que leen bien y que quieran disfrutar de una historia que muestra el principio de las cosas como solo un poeta puede hacerlo.