A la orilla del viento
 
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Una ventana es un agujero para que entren la luz y el viento. Más o menos igual que los libros, que son ventanas para conocernos y conocer el mundo. El libro que sobrevolaremos en este boletín es un libro-ventana, habitado por un personaje muy especial, Carabola, que es precisamente el encargado de abrir la historia. ¿Lo ven? Ahí está asomado.

Carabola

Carabola

Tàssies / Rosa Anna Corbinos (Ilustraciones / Texto)

Los especiales de A la orilla del viento, 1997
Tapa cartoné, 32,5 x 21 cm, 29 pp. Color

$ 31,00 Comprar

 

Este personaje nos invita a entrar y no nos cobra más que pequeñas “prendas”. Por ejemplo, para dar vuelta la primera página hay que chuparse el dedo y soplar hasta saber de dónde viene el viento. ¡Ya está, ahora que sabemos de dónde viene, podemos dar vuelta la hoja!

 

 

Carabola es un eterno curioso. Vive en una gran ciudad (¿y ustedes?) y sale a recorrerla subido a un micro para descubrir novios besándose, o vecinos que pelean, o para imaginar qué ocurre debajo del asfalto. ¿Y la prenda? Hay que contar dónde vivimos y luego dar vuelta la hoja.

 

 

 

Nos cuenta la narradora que Carabola también es muy curioso en el campo. Él sale a perseguir bichos e insectos; recorre el camino de las hormigas y las sorprende en pleno acarreo. También corre entre las flores llamándolas por su nombre, ¡Rosa!, ¡Clavel! Para dar vuelta la hoja tendremos que gritar el nombre de nuestra flor preferida, dar un salto y ya está.

 

 

 

Otra página, la de los amigos, se pasa silbando; la del circo es mucho más difícil, hay que hacer una pequeña proeza: pasar la página con la nariz; y si uno está tristón, pues la página se pasa con una sonrisa; y si uno quiere conocer un poco de lo que está lejos, lejísimos, en el espacio, basta con mirar en los ojos de la persona que esté más cerca.

 

 

A veces, Carabola se asusta de ver el mundo tal y como funciona (o como no funciona), la muerte lo aterra así que te ordena pasar la página de inmediato; la vida de todos los días le gusta más y saborea una salsa imaginaria mientras damos vuelta otra página; y cuando siente que todos nos movemos como autómatas exclama “¡Parad el mundo y dejad que la vida os roce las mejillas!"

 

 

 

Y antes de que Carabola se vaya, un último juego. Aquí solo podemos decir dos palabras que son perfectas para comenzar las vacaciones: queso y huevo. Con sólo huevos y quesos podemos hacernos grandes amigos de Carabola.

Queso huevo.

 

¿A quiénes les recomendamos este libro?

Para niñitos, para niñitos todavía más pequeños, para sus padres y sus abuelos. La única condición para leer este álbum ilustrado es gozar con las palabras y los juegos que proponen.

 

Conocé las colecciones para niños y jóvenes de Fondo de Cultura Económica:

 

Hasta la próxima

Con un poco del espíritu de Carabola en la cabeza, nos despedimos hasta el próximo encuentro, cargados de los sueños que crecen al calor del verano. Y aquí una poesía que es una propuesta y una advertencia, ¡los barriletes como los sueños tienen que poder agitarse libremente!

 

Mi papá me regaló un papalote
que agitaba la cola
y sabía convertirse en puntito.
Juntos dábamos piruetas
y dejábamos que el viento nos cerrara los ojos.

Se llamaba Pípilo y era mi barco,
mi raya, mi pedacito de cielo.
Temeroso de que lo atropellara un avión
o se extraviara persiguiendo nubes,
lo paseaba siempre con correa.

Creo que por eso se cansó de mí
y un día huyó hacia las montañas
en compañía de una parvada
de papalotes salvajes.

Columpios, poemas de Alberto Forcada
e ilustraciones de Juan Gedovius

¡¡bravo!!

 

 

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