NOTA DE PRENSA

Nota: José Nun: ante la falta de sentido común
Autor de la nota: Hector Pavon
Medio: Clarín - Revista Ñ
Fecha: 04/05/2015
Libro: EL SENTIDO COMÚN Y LA POLÍTICA
Autor del libro: José Nun
Extracto:

Sopla un viento frío en una esquina de Palermo mientras el sol se esconde. ¿Eso es sentido común? Sí, claro. No es el sol el que se va; somos nosotros los que nos movemos. Sin embargo, en su estudio, José Nun adopta expresiones y razonamientos de sentido común filosófico, político y le suma conocimientos del saber popular. Ese hombre alto ha estado un tanto replegado desde que dejó la Secretaría de Cultura que condujo entre 2004 y 2009. Ahora sale a la intemperie con El sentido común y la política (FCE) una pieza ensayística en la que critica los populismos, los caminos sin rumbos y propone modelos tomando herramientas de Hegel, Marx, Wittgenstein y Gramsci. Y de su gran trayectoria académica. Antes de endulzar su café, cierra la ventana. Tal vez quiera parar el viento que el otoño trajo.

–¿El sentido común popular se opone al sentido común en la política y en la filosofía o se complementan?
–Es una construcción social que Gramsci llamaba filosofía de los no filósofos. En los sectores populares el sentido común agota su modo de interpretar la realidad. En los filósofos es el marco de un conocimiento especializado. No todo conocimiento de la realidad es sentido común. Eso no significa que un filósofo se pueda privar de apelar a verdades del sentido común pero hay un área muy especializada que corresponde a su disciplina. Un ejemplo, el astrónomo dice a su esposa "salió el sol". Sabe que el sol no sale ni se pone pero habla el lenguaje del sentido común. Cuando llega al observatorio, habla el lenguaje de Copérnico. Pero tampoco exclusivamente.

–Leí que el 25% de los jóvenes españoles cree que el sol gira alrededor de la Tierra…
–En la Argentina podría pasar algo parecido, sobre todo porque el sentido común está ávido de certezas. Esto tiene consecuencias políticas inmensas porque –por ejemplo– lo que la gente ve son los planes sociales que recibe o la bolsa de comida. Es complicado explicarle que eso puede estar afectando sus posibilidades de tener empleo porque puede estar dilapidando fondos que deberían usarse de otra manera o desviando recursos que van a conspirar contra un crecimiento que los favorezca. Un político genuinamente democrático debería conectarse con el sentido común popular y dialogar. Vivimos en un mundo que simula ser afín a la democracia, cuando en realidad las sociedades como las nuestras son oligocracias donde los menos gobiernan a los más, y las elecciones son simplemente actos de autorización: "te autorizo a que me mandes" . La gente queda relegada a lo que yo llamo la posición del coro.

–Usted señala la mala fe de los ricos que son evasores. También vemos los efectos del impuesto a las ganancias. ¿Cómo actúa allí el sentido común?
–La protesta sindical comenzó pidiendo equivocadamente la abolición lisa y llana del impuesto a las ganancias. Fue un típico error de sentido común. Que discutan el impuesto a las ganancias que injustamente les están cobrando a los trabajadores es más que razonable pero que los ricos no paguen ganancias es absurdo. Moyano tardó, lo mismo que sus compañeros, en rectificar el discurso y hasta hoy no ha advertido plenamente que, gracias a Martínez de Hoz, la estructura del impuesto a las ganancias en la Argentina es fuertemente regresiva y no sólo porque grava a los trabajadores. En gran parte de Europa, el 70 por ciento del impuesto a las ganancias recae sobre las personas físicas y sólo un 30 sobre las personas jurídicas. En América Latina, ocurre al revés: el 60 por ciento recae sobre las sociedades y el 40 sobre las personas físicas. En la Argentina es peor: el 70 por ciento recae sobre las sociedades y el 30 sobre las personas físicas, de las cuales un 80 % son trabajadores. ¿Por qué no está bien que sea así? La razón es que en casi todas las ramas de producción hay oligopolización: media docena de empresas dominan la rama y son formadoras y no tomadoras de precios en el mercado. Por lo tanto, en su cálculo de costos incluyen el impuesto a las ganancias. De modo que lo pagan quienes compran insumos para su propia empresa o el público como consumidor final. De este modo, un impuesto directo se vuelve indirecto y termina siendo regresivo: pagan más lo que menos tienen. Desde luego que no debería pagarlo ningún trabajador porque percibe salarios y no utilidades. En esto, somos un país muy inequitativo, que no grava las rentas financieras ni las herencias, por ejemplo (salvo en la provincia de Buenos Aires). Sería fácil de entender por los sectores populares si alguien se los explicara en un lenguaje que no apelase a términos técnicos para oscurecer la realidad.

–¿Por qué cree que en doce años de gobierno no se ha modificado el sistema impositivo?
–Porque durante una primera época las cosas iban suficientemente bien, había superávit fiscal y comercial como para que no fuera un tema demasiado relevante. Después, porque una reforma es ardua, lleva tiempo y tarda en hacer visible sus frutos por lo cual si no existe una fuerte presión popular los diputados o senadores no se esforzarán en hacerla. Insisto: son temas que pueden ponerse al alcance de cualquiera si existe voluntad de transformación. Con una reforma progresiva y una baja de la enorme evasión fiscal que existe en el impuesto a las ganancias, el IVA del 21 % podría reducirse en varios puntos para beneficio de los sectores populares. Pero antes éstos deberían comprender lo que está en juego y nadie se los plantea.

–¿Como caracteriza al kirchnerismo, como populista?
–Sí. No sólo por su cortoplacismo y sus constantes apelaciones discursivas a los sectores populares sino porque entroniza a una líder que se presenta como la voz del pueblo. Por lo tanto, quien la contradiga se convierte automáticamente en un enemigo del pueblo. Por eso no hay siquiera conferencias de prensa. El coro recibe la verdad que le transmiten los portadores de la voz del pueblo. Que a mí me hablen de democracia populista me parece que es un exceso de las palabras. Estamos viéndolo en estos días. Lo que vale es la palabra de Cristina, la de Macri, lo que vale son los dirigentes, los poseedores de la verdad.

–Lo menciona a Macri. Entonces, ¿la Argentina es un país populista más allá del kirchnerismo?
–La tendencia que tiene la Argentina es populista. El otro día objeté el título de una tesis que tenía la siguiente expresión: el regreso de la democracia en 1983. Para regresar, tiene que haber estado antes. ¿Cuándo hubo democracia genuina en la Argentina? No la hubo antes de Yrigoyen y él fue el primer populismo de la Argentina. El de Perón se asume como un gobierno populista. Los gobiernos siempre se van a presentar como democráticos, incluso los militares que en la Argentina se presentaron como defensores de la democracia. De 1983 hasta ahora, no han pasado 32 años y tuvimos 35 de gobiernos militares; 19 años con el peronismo proscripto. Si la democracia es simplemente un método, una técnica, para seleccionar a quienes nos van a gobernar, el problema de definirla así es que uno tiene que discutir entonces las condiciones en que ese método puede funcionar positivamente. La que yo propongo exige repensar los términos en que se plantean las relaciones entre ideología, política y sentido común, y no es ni elitista; no hay una voz del pueblo instalada en el atrio porque no existe tal cosa como la voz del pueblo y hay múltiples voces y hay que prestarles atención a todas.

–¿Cómo construye el kirchnerismo el sentido común?
–Por el momento la forma en que el kirchnerismo intenta actuar sobre el sentido común de los sectores populares es en la forma populista donde se dice "vamos por todo". Ahora, ¿quién determina qué quiere decir "vamos por todo", quién lo dice? ¿Qué quiere decir "vamos por todo"? ¿Quiere decir que vamos a expropiar a los terratenientes, vamos a quitarles la fábrica a los patrones, vamos a saquear la Anses? Nadie sabe qué quiere decir "vamos por todo". Son fórmulas vagas que aumentan la discrecionalidad del poder. Que esto pueda seducir a sectores populares, no hay duda que sí. Pero eso no garantiza para nada que eso defina un contexto democrático.

–¿Cómo explica el porcentaje de imagen positiva que tiene Cristina hoy?
–Creo que se presenta como una líder potente que da cosas. El problema lo va a tener el gobierno siguiente. Se están asumiendo deudas a tasas exorbitantes para paliar la coyuntura y seguir generando esta sensación de bienestar que da el consumo. Esto obviamente tiene un costo que alguien va a tener que pagar. Fíjese cómo se actúa sobre el sentido común popular: mostrando cuánto hemos crecido, cómo bajó la desocupación y cómo bajó la desigualdad desde 2002 hasta ahora. Se toma un momento especial de la Argentina, muy crítico, y, por supuesto, en relación a ese momento, la Argentina creció, bajó la desocupación y la pobreza. Y no es verdad que sea mérito del gobierno de Cristina ni el crecimiento económico ni una mejor distribución del ingreso. Tiene méritos en cosas como el matrimonio igualitario, como haber aceptado una propuesta de la oposición a la que se resistía como la Asignación Universal por Hijo.

–El final de su libro es pesimista, duro. Usted estuvo cinco años en el gobierno. ¿Cuándo se produjo el quiebre o se decepcionó y se fue?
–Néstor Kirchner me nombró secretario de Cultura de la Nación. Le pedí presupuesto y que sólo yo pudiera nombrar al personal de la Secretaría. Me concedió las dos cosas. Doy mi palabra de honor que, durante los años de Néstor, jamás trataron de meterme a nadie en la Secretaría. A todos los funcionarios de la Secretaría los designaba o los echaba yo. Esto empieza a cambiar cuando sube Cristina al gobierno. Incluso creo que fui el único miembro del gabinete que, en una entrevista que me hizo el diario La Nación yo dije que tanto Néstor como Cristina me parecían estimables como políticos pero que ciertamente lo prefería a Néstor. Poco después que asumiera Cristina comprendí que había terminado mi período, en el que me peleé muchísimo, pero muchísimo, en hacer realidad los proyectos.

–¿Con los dos casi seguros candidatos que van a disputarse la Presidencia en octubre, avizora la llegada de un sentido común en términos positivos?
–Como decía Gramsci: "Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad". No, no avizoro ningún cambio muy radical. Tampoco creo que se deba esperar que ese cambio provenga de las nuevas autoridades. Creo que tiene que generarse en la gente misma. Alfonsín y Menem recorrían el país de arriba abajo y hablaban con todo el mundo. Néstor de las 8 de la mañana hasta las 12 de la noche hablaba con todo el mundo. Y esto es muy importante porque consultaba el sentido común de los distintos interlocutores que tenía y después se hacía su opinión. Esto está recomendado desde Maquiavelo porque no se trata solamente de conocimiento especializado sino del sentido común de quien tiene ese conocimiento especializado, y depende mucho del año en que nació, de cómo se formó, etc. Entonces, contraste de opiniones. Cuando se recluye la presidenta en un círculo áulico muy estrecho, se priva de esta pluralidad de opiniones.