NOTA DE PRENSA

Nota: "Creo que hay más misoginia en Lacan que en Freud"
Autor de la nota: Pablo E. Chacón
Medio: Télam
Fecha: 19/06/2014
Libro: SEXUALIDADES
Autor del libro: Silvia Di Segni
Extracto:

En Sexualidades. Tensiones entre la psiquiatría y los colectivos militantes, la médica psiquiatra y psicoanalista Silvia Di Segni recorre una suerte de historia de la normalización sexual de la humanidad para condenarla y reivindicar, a su vez, el derecho a la diferencia, la actividad militante de la disidencia y el psicoanálisis, quizá a su pesar, que redunda en la órbita freudiana.

Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

T: Sexualidades habla de tensiones entre la psiquiatría y los colectivos militantes desde el título. ¿Cómo hay que entender esa palabra y cómo se están viviendo en la actualidad?

DS: Con la idea de tensión se da cuenta de la presencia de criterios antagónicos que coexisten en distintas situaciones y donde la propia dinámica de estos colectivos lleva a que no se llegue a optar por una de las posiciones sino que coexisten en diferentes grados de dificultad, enfrentamiento, oposición, consenso, disenso. Operan a veces de forma explícita y otras veces de forma implícita pero siempre presentan la particularidad de insistir. Este concepto, que tomo de Ana María Fernández, permite analizar los derroteros de saberes y prácticas, confluyentes y/o duramente enfrentados. Es interesante señalar como algunos argumentos de la Antigüedad (varón en cuerpo de mujer o mujer en cuerpo de varón) fueron tomados alternativamente por la psiquiatría y por los colectivos, sea para patologizar como para reivindicar derechos de quienes no se identificaran con la heteronormatividad: personas gay, lesbianas o trans. Hoy en día estas tensiones se mantienen en dos niveles, a mi criterio: 1. en relación a las personas trans, que continúan patologizadas en el DSM V con el diagnóstico de Disforia de género e incluidas entre las perversiones del psicoanálisis. En este sentido, es necesario mencionar que si bien los colectivos trans se oponen claramente a ese diagnóstico, quienes viven en países que no tienen ley de identidad de género, o no tienen una tan progresista como la nuestra (26743/12), tienen que aceptar la trampa propuesta por el sistema de acudir a ese diagnóstico para lograr hormonización, cambio de nombre y/o cirugía. Aquí, los argumentos en tensión son de dos campos diferentes: el del supuesto saber psiquiátrico por un lado, y el de las prácticas políticas en la defensa de sus derechos, de los colectivos, por el otro; 2. en relación a todo el colectivo LGBTTTI, dado que los cambios legales por sí mismos no destruyen prejuicios ni cambian teorías, y a pesar de que no es políticamente correcto rechazar matrimonios, maternidades y paternidades entre personas del mismo sexo y/o todas las sexualidades (entre las cuales la heterosexualidad sería una más), siguen existiendo profesionales psi que se niegan a aceptar estos cambios fundamentales ganados por los colectivos.

T: El libro recorre un arco de tiempo importante. Sin embargo, pareciera, en relieve, que hubiera dos momentos de inflexión: fines del siglo XIX y principios del XX y la década del sesenta, una muy marcada por el primer Freud; la otra, por la irrupción de los feminismos. ¿Es así? Si es así, ¿cuál sería el valor diferencial en cada caso?

DS: Sin duda, hay momentos de inflexión en este recorrido pero para mí, la gran bisagra la constituye el segundo posguerra y la consecuente herida en la representación de Varón dominante desde la Antigüedad, que abre una brecha que será rápidamente ocupada. Será entonces cuando diferentes colectivos, algunos de vieja data pero que ahora tendrán un gran desarrollo, constituidos por mujeres adultas, adolescentes diversxs, personas gay, lesbianas, bisexuales, trans, intersexuales, queer, pueblos originarios y etnias en tensión con la cultura europea, personas con diferentes discapacidades, entrarán en escena exigiendo sus derechos como no habían podido hacerlo antes. Desde entonces, el colectivo de varones heterosexuales ha perdido una parte de su enorme poder y sobre todo ha perdido autoridad. Obviamente los feminismos, representando a un colectivo que no era minoritario, tuvieron (y siguen teniendo) un papel muy destacado abriendo camino, pero me parece necesario considerar también el lugar que jugaron y juegan: la cultura adolescente (sobre todo en los 60 y 70, antes de ser consumida por el mercado), los colectivos LGBTTTI, los pueblos originarios y multitud de ONG destinadas a luchar por los derechos de diferentes discapacidades en el camino de romper con la representación hegemónica de Varón Adulto Blanco Heterosexual Profesional Proveedor (habría que agregarle Sano, es decir. con todas sus capacidades funcionales o con dinero suficiente para suplirlas).

T: Las críticas a las que somete al DSM son fuertes, y no dudo que haya cierto consenso -incluso entre psiquiatras- de que el manual sea una cartilla para habilitar negocios. Pero incluso en sus versiones más reaccionarias, ¿es sólo eso?, ¿qué más es?

DS: El DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), como la CIE (Clasificación Internacional de las Enfermedades, de la OMS) nacen como intentos de unificar criterios respecto al diagnóstico de enfermedades/trastornos que, en el caso del DSM, solamente apunta a los que llama trastornos mentales. La idea no sólo es interesante sino en buena medida necesaria para que la medicina, y la psiquiatría en particular, no sean simples opiniones de médicxs y psiquiatras, sino ciencia. Antes de estas clasificaciones existían en psiquiatría diversas escuelas con criterios variados y eso daba una gran riqueza a la disciplina pero hacía difícil intercambiar saberes y experiencias así como trabajar en conjunto en hospitales, lo que va en detrimento de las personas que tratamos. Sigue siendo interesante la idea de tender a reunir esos saberes diversos de alguna manera en que se mantenga la riqueza de la diversidad y no se unifique bajo la hegemonía de la APA (American Psychiatric Association) a la cual se ha ido acercando la CIE. Por otro lado, aparecen en el DSM diagnósticos que lamentablemente han ido dirigidos a niñxs y adolescentes en los últimos años, tendientes a medicalizarlos por el mero hecho de tener la edad que tienen o por deficiencias de quienes se ocupan de ellxs, como el falso ADD, que vendió cantidades astronómicas de Ritalina o el actual Trastorno Oposicionista Desafiante, que patologiza conductas que todo niño tiene que manifestar para crecer. En resumen, todo niñx que no entienda que hay algunos límites necesarios para vivir en sociedad, porque nadie se molestó en transmitírselos, corre el riesgo de ser patologizadx y, convenientemente medicadx. La conveniencia es para los laboratorios y para todas aquellas personas que tienen hijxs pero no se dedican afectuosamente a mostrarles como vivir en el mundo de manera armoniosa y les resulta más fácil medicar a sus hijxs. De todos modos, diferentes aspectos de ambas clasificaciones serían rescatables pero en ambas queda claro que eran particularmente discutibles aquellos ítems que se fueron llamando desviaciones sexuales, trastornos psicosexuales, trastornos sexuales, parafilias, trastornos parafílicos (en diferentes versiones del DSM) y que en psicoanálisis se llamaban perversiones. Los cambios de denominación muestran que no hay allí un campo de conocimientos sino que, como lo intento mostrar en mi libro, no son más que preceptos religiosos traducidos a un lenguaje seudocientífico. Como ejemplo, el modo en que la homosexualidad sale-no sale-finalmente sale del DSM es una muestra de la fragilidad del manual y de los prejuicios en juego. Se apela a una votación, es decir a la opinión de lxs psiquiatras porque no había saber científico al que recurrir dado que no podía haberlo; se anuncia su eliminación y se la sigue citando; se vuelve atrás con la Homosexualidad egodistónica, finalmente se elimina pero sus argumentos renacen para los Trastornos de identidad de género y sobreviven en la actual Disforia de género. La unificación de criterios en una clasificación sería interesante si: 1. Se hiciera contemplando todos los puntos de vista y no solamente los provenientes de países hegemónicos; por ejemplo si la CIE tomara en cuenta criterios psiquiátricos de Latinoamérica; 2. Se sumaran saberes y experiencias de lxs usuarixs del sistema de salud mental; 3. Se dejara de lado la pacatería en el campo de las sexualidades y se eliminaran los hoy llamados Trastornos parafílicos. Aquellas prácticas abusivas deberían quedar en el campo legal y ser penalizadas; las consentidas deberían ser respetadas como variantes sexuales normales.

T: Es imposible eludir la pregunta por Jacques Lacan, quien no figura siquiera con un artículo. ¿Cuál es la crítica, de manera somera, que usted o su grupo le hacen al francés?

DS: Este es un libro dedicado a la psiquiatría y los colectivos militantes, no al psicoanálisis excepto en lo que se refiere a Freud, porque surge de la psiquiatría y la sexología de su época y porque tendrá enorme influencia en diversos aspectos de lo que la psiquiatría / antipsiquiatría hizo más tarde. Menciono poco a Jacques Lacan, sólo a través de Monique Wittig y también poco a Melanie Klein, aunque ambos son fundadores de dos de las escuelas posfreudianas más importantes, la francesa y la inglesa. De todos modos, valoro muchas las ideas de Lacan pero le critico (por ahora soy mi propio grupo) que, en los 40 del siglo XX, cuando la autoridad del Varón estaba decayendo restaura su representación con su Nombre y su Ley. Por supuesto, he escuchado muchas veces que Padre no remite a padre, pero entonces, ¿por qué no hablar de Ley simplemente o de Nombre? Lacan realiza el mismo procedimiento que Freud le adjudica a la horda primitiva al convertir al padre en dios; lo instala en la intangibilidad y eternidad de lo inconsciente y así intenta evitar su desaparición como figura patriarcal dificultando su necesario renacimiento como varón igualado al resto de la humanidad.

T: Conozco desde hace años a Lohana Berkins. En una época discutíamos contra una versión estigmatizadora que creo hacen algunas feministas de la obra de Freud, sobre todo en lo que respecta a la mujer, a la homosexualidad femenina, al Edipo que encalla. ¿Era Freud un misógino encubierto al que Lacan salvó con sus fórmulas de la sexuación, o sólo era un misógino que se aterrorizó frente al continente negro femenino?

DS: Me hubiera encantado escuchar esas discusiones con Lohana Berkins por quien tengo un gran respeto. Freud fue un genio, no tengo la menor duda de ello y es fácil darse cuenta que supera a su época con sus ideas y que provoca cambios que llevarán a lo que luego se denominará posmodernidad, hipermodernidad o modernidad tardía. En ese proceso arrastra prejuicios a pesar de lidiar permanentemente con ellos y a sucumbir a ellos en algunos momentos. Lo que es justificable en Freud que murió en 1939 no es igualmente justificable en Lacan, que vive la segunda mitad del siglo XX y sin embargo, acentúa el falocentrismo del psicoanálisis con sus desarrollos. Creo que hay mucha más misoginia en Lacan que en Freud, quien más allá de sostener representaciones románticas (temidas/idealizadas) de las mujeres, también tuvo gran admiración y respeto por Lou Andreas Salomé y permitió la emergencia de Melanie Klein y de su hija Anna.

T: Finalmente, de frente al siglo XXI, ¿cómo pensar las tensiones entre psiquiatría y psicoanálisis, y con qué teoría encarar este mundo de compulsiones, violencia de género, sexualidades múltiples, caídas de semblantes y economías criminales?

DS: Las tensiones entre la psiquiatría y el psicoanálisis insisten sobre el tema medicalización/no medicalización. En este sentido el psicoanálisis exageró por no medicar, pero hoy nos encontramos con abuso de prescripción de medicamentos psicotrópicos por parte de algunos sectores de la psiquiatría y de la medicina clínica incentivados por los beneficios ofrecidos por los laboratorios, la presión de las prepagas y obras sociales para obtener tratamientos rápidamente eficaces y el pedido de soluciones fáciles por parte de personas adultas (fuertes consumidoras de medicamentos) que no se hacen cargo de su papel de responsables de niñxs y adolescentes o no quieren perder tiempo en la tarea. Es imprescindible sacar a la medicación del terreno del consumo banal/consumismo y llegar a una situación en la cual solamente se medique a quien realmente lo necesite. Habiendo realizado una formación psicoanalítica no formal que rescato, creo, con Foucault, que las teorías deben pensarse y aprovecharse como cajas de herramientas y utilizar de ellas lo que nos permita ayudar a quien nos consulta sin los límites fijados, más por políticas constructoras de poder de las asociaciones que nuclean especialistas en diferentes escuelas, que por razones de incompatibilidad reales. En este sentido deberíamos pensar, quienes tenemos años de práctica clínica, qué saberes utilizamos a partir no de lo que creemos que utilizamos sino desde el análisis minucioso de nuestras intervenciones. Así, podríamos desentrañar las diferentes confluencias teórico experienciales. Sería interesante porque permitiría pensar cómo opera en la práctica clínica esa integración que habría que lograr en clasificaciones que tuvieran algún grado de utilidad. Pondría en evidencia las tensiones y hacerlas trabajar para enriquecer nuestra práctica en vez de encerrarnos en posiciones aparentemente homogéneas (creo que nunca lo son) para generar poder.