NOTA DE PRENSA

Nota: Un contagio de miedo
Autor de la nota: Ana Prieto
Medio: Clarín - Revista Ñ
Fecha: 07/03/2014
Libro: PARANOIA
Autor del libro: Luigi Zoja
Extracto:

"Hemos perdido fuentes de inteligencia extranjera crucial" y, en consecuencia, "la nación es menos segura y su población está menos segura" (James Clapper, director de la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos, sobre Edward Snowden, enero de 2014).

"Rusia necesita ‘limpiarse’ de homosexualidad si quiere aumentar su tasa de natalidad" (Vladimir Putin, enero de 2014).

"Tenemos la intuición de que nuestro comandante Chávez fue envenenado por fuerzas oscuras" (Nicolás Maduro, marzo de 2013).

"El peligro para América del régimen iraquí es grave y cada vez mayor" (George W. Bush, octubre de 2002).

"Yo sólo confío en mí mismo" (José María Aznar, septiembre de 2001).

Todas estas declaraciones tienen cuatro elementos en común: fueron dichas públicamente, a sus emisores no les tembló el labio mientras las pronunciaban, y tienen un claro corte paranoico. El cuarto elemento es, sin embargo, el más preocupante: quienes las dijeron están o estuvieron dotados de poder real, lo que quiere decir, dotados de micrófonos, presupuestos, deseos que se convierten en órdenes y órdenes que hacen historia.

Quien esté libre de paranoia, sin embargo, que dé un paso adelante. La condición humana no le niega un momento paranoico a nadie, y todos somos pasibles de creernos la víctima de una orquestación en contra nuestra, y de analizar pormenorizada y obsesivamente los indicios que demostrarían que tenemos razón. En esos trances, nuestros dislates nos parecen juiciosos y proporcionados, y nada nos daría más satisfacción que confirmar las propias sospechas.

Tan humanos son esos momentos paranoicos, que no nos convierten automáticamente en conejillos de lo que la psiquiatría llama "Trastorno paranoide de la personalidad" o "Trastorno delirante persecutorio". Y aunque esas categorías clínicas resultan cada vez más discutibles en tanto psicopatologizan in crescendo cada conducta individual, lo cierto es que la paranoia se las ha ingeniado históricamente para camuflarse en la razón y la sensatez y, en determinados contextos, su capacidad de contagio y destrucción ha sido formidable. Por eso es tan peligrosa. De hecho, a principios del siglo XIX los franceses la llamaron "locura lúcida", sintetizando de manera brillante las dos dimensiones que conviven en ella: su atribución delirante y su aparente sentido lógico.

"La paranoia es la realidad vista a una escala más fina" dice el personaje Philo Gant de la (injustamente olvidada) película Días extraños de Kathryn Bigelow. Criminal, drogadicto y abusador como era, la frase de Gant produce una extraña afinidad en la mente del espectador. ¿Es la paranoia un pico de lucidez, un hilar fino, un mirar mejor que el resto? La palabra no engaña: paranoia viene del griego para (más allá) y noos (pensamiento). El superpoder del verdadero paranoico es no dudar de que la razón está de su lado; una razón que nadie puede ver ni comprender mejor que él.

Un envenenamiento colectivo
Para sobrevivir como especie, evolucionar y llegar a proveerse de todos los artefactos que hoy lo rodean, el ser humano tuvo que contar con una buena dosis de desconfianza. Primero desconfió de la naturaleza. Cuando formó sus primitivas sociedades, pasó a desconfiar de sus pares. Y hoy, en un hábitat altamente complejo, delega formalmente su seguridad e integridad en las leyes que él mismo ha escrito, pero se equipa –si puede– de un sinfín de artificios que mantengan a raya la amenaza externa, recurrente y multiforme: alarmas, celulares, seguros, candados, pastillas, armas. La paranoia puede considerarse la persistencia de la función animal de supervivencia en nuestra mente, pero puede transformarse también en el intento de rehuir el mal atribuyéndoselo a un enemigo: el ser humano es el único organismo vivo que puede imaginar un daño, rumiarlo, anticiparlo y tomar medidas para evitarlo. Y a eso dedica buena parte de su tiempo. "La prevención del peligro" dice el psicoanalista y escritor italiano Luigi Zoja, "ocupa cada vez más espacio en la evolución de la mente".

El efecto que, como especie, tendrá en el largo plazo el miedo, la sospecha y el atrincheramiento en el que nos resulta cada vez más natural vivir, es algo que sólo puede especularse. Pero en su gran ensayo Paranoia. La locura que hace historia (Fondo de Cultura Económica), Zoja traza el camino inverso y busca algunas respuestas en el pasado. El libro es un potente recorrido por los momentos que podrían haberse evitado o hubieran sido menos traumáticos y moralmente desastrosos si el ingrediente paranoico no se hubiese expandido como la hiedra. "La paranoia es el correlato psicológico de la guerra" afirma Zoja, y examina, entre otros eventos de sangre y fanatismo, las dos Guerras Mundiales, la Guerra Fría y la Guerra contra el Terrorismo, además de perfilar a verdaderos paranoicos como Hitler y Stalin, y describir la adhesión a la paranoia en tiempos de conflicto como un verdadero envenenamiento colectivo. El autor nos recuerda, por ejemplo, que en agosto de 1914, apenas comenzada la Primera Guerra Mundial, se escribieron en Alemania medio millón de poemas exaltando la guerra: "una avalancha de papel que no alimenta la historia de la literatura", dice, "sino de la psicopatología".

Zoja describe a los trastornos mentales no como "bloques rígidos de locura", sino más bien como "estilos irracionales" que van, en infinitas y complejas graduaciones, desde la normalidad hasta la demencia. "Esta contigüidad es particularmente preocupante en el caso de la paranoia, que no sólo no se opone a la razón sino que finge colaborar con ella". Particularmente grave es, además, que la paranoia esté convencida de tener una función moral fundamental, lo que en manos de alguien con poder real (Putin, Bush, Aznar) puede resultar en desastres irreversibles.

Gran ejemplo de esto es el discurso que Colin Powell, entonces secretario de Estado norteamericano, dio al Consejo de Seguridad de la ONU en febrero de 2003, para convencer al mundo de que Irak tenía armas de destrucción masiva listas para usar: "Colegas, todas las declaraciones que haré hoy están respaldadas por fuentes sólidas", aseguró tras el micrófono. Al mes siguiente daba inicio la invasión a Irak. Las armas no aparecieron nunca y se supo que aquel trabajo de inteligencia había sido una farsa, pero el detalle se olvidó fácilmente cuando la máquina de violencia ya había echado a andar. Diez años después, para eximirse de toda responsabilidad, Powell no hizo más que reafirmar su condición paranoide; su "estilo irracional" que allanó el camino para la matanza y la destrucción: "Claro que me arrepiento de ese discurso. Pero en su momento pensé que estaba en lo correcto. El presidente pensó que estaba en lo correcto. El Congreso pensó que estaba en lo correcto".

Los paranoicos argentinos
"Afirman los sociólogos que los paranoicos argentinos tienen su particularidad" escribió el filósofo Tomás Abraham en 1991 en el Cronista Comercial. "Son muy expansivos. Paranoicos de otras latitudes se caracterizan por su dosis de cautela y un examen minucioso de las circunstancias. La expansión de los paranoicos argentinos es el resultado de su feliz inserción social. Son funcionales al sistema".

Más de veinte años y cinco gobiernos han corrido bajo el puente de ese artículo, pero al argentino medio le sería hoy difícil admitir que no vive inmerso en un estado permanente de aprensión. Tanto si se es oficialista como si no (y sería necio pensar solamente en la actual coyuntura), el reguero de sospechas respecto de las conspiraciones y ocultamientos del "otro bando" son nuestra manera de convivir con la realidad, de interpretarla. La afirmación popular de que los argentinos no somos paranoicos sino "experimentados", no hace más que confirmar esa contigüidad entra razón y sinrazón a la que hace referencia Zoja: Los siete locos de Roberto Arlt campean a sus anchas en las conciencias argentinas cuando un conflicto se dispara. Y parte de nuestro problema paranoico es que los conflictos se disparan –sentimos, sabemos– todo el tiempo. "La paranoia es la normalidad de la cultura argentina" escribió entonces Abraham. "Tiene tantas facetas como ojos las medusas".

Sin embargo, ahí donde hay quien alienta la paranoia, hay quien la acepta, la práctica y la contagia. "Todos hemos hecho, al menos una vez, en mayor o menor medida, algún aporte a esta entidad maligna", escribe Zoja. Y la vuelta a la "cordura", al discernimiento de las falsas premisas del estado paranoico, no es para él un asunto a resolver desde el terreno político o terapéutico, sino desde el terreno moral: el examen de la propia conciencia y la conciencia de la responsabilidad que nos toca, podría ser uno de los antídotos contra el contagio paranoico. Y para llegar allí, dice el psicoanalista italiano, resulta útil evocar la vergüenza: "es un sentimiento muy simple, y si no es manipulado desde arriba, restituye una justicia a las relaciones sociales: equivale a una autocrítica instintiva (…) Todos estamos dotados de este potencial autocrítico, que no exige una especial formación intelectual".

Es cierto. Sentir vergüenza no exige una especial formación intelectual, pero sí un buen grado de valentía.

 

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