NOTA DE PRENSA

Nota: El otro es el eterno pretexto
Autor de la nota: Ana Prieto
Medio: Clarín - Revista Ñ
Fecha: 07/03/2014
Libro: PARANOIA
Autor del libro: Luigi Zoja
Extracto:

En una carta de 1932, Freud le escribió a Einstein que "todo lo que impulse la evolución cultural obra contra la guerra". Casi cien años después, evolución cultural y revolución tecnológica mediante, ¿qué piensa usted de esa afirmación?

–Esa es la frase final de un intercambio de cartas destinado a publicarse: un manifiesto que pretendía darle coraje a los pacifistas. Freud gritaba su empeño contra la guerra, pero en lo personal era más bien pesimista. Más tarde, después de la invasión nazi a Austria en 1938, empezó él también a imaginar que para detener a Hitler era necesaria una guerra. Si sentimos que la guerra se avecina, se activa la parte paranoica en cada uno de nosotros. Pensamos que después de los primeros disparos, después de los primeros muertos, comenzará a correr sangre. A esa altura preferimos no pensar más en la paz, sino atacar primero.

–Usted afirma que a la paranoia colectiva, o "contagio del mal", se le opone hoy una mayor conciencia, pero a su vez se le proporcionan más y mejores medios de comunicación. Esa actual multiplicidad de medios ¿no puede también contener y desarticular la difusión de la paranoia; atentar contra ella?

–Sucede que las fuerzas en juego son muy vastas, opuestas entre sí y absolutamente nuevas, por lo que no podemos estar seguros. Ciertamente, durante el fascismo, el nazismo o en la Unión Soviética los medios de comunicación fueron manipulados totalmente por el poder. La visión de la realidad se simplificaba señalando un chivo expiatorio y quitándole al público toda responsabilidad: la culpa siempre era de los enemigos nacionales, raciales o de clase. He llamado a esa condición de contagio mental colectivo "paranoia hard". Estas condiciones no existen más ni en Europa ni en América Latina. El lado positivo del sufrimiento de dos Guerras Mundiales y de la Guerra Fría es que estamos más atentos al Estado de Derecho y tenemos más garantías. Y no sólo en lo que respecta a las leyes: la tecnología permite una difusión infinita de la información a un bajísimo costo. Pero justamente la infinita concurrencia de los medios de comunicación disminuye su propia calidad: se vende mejor el mensaje más simple, que muchas veces es justamente el mensaje paranoico. Hoy estamos mucho más informados sobre lo que sucede, pero contemporáneamente estamos también mal informados: eso es lo que llamo "paranoia soft". En Italia, por ejemplo, nació un racismo que no existía en tiempos del fascismo. Está quien culpa de la desocupación a los inmigrantes, que en su mayoría hacen solo trabajos que los italianos ya no quieren hacer. Es fácil demostrar que esas ideas son paranoicas: varios sondeos indican que estos racistas creen que el número de los inmigrantes es muy superior al real, incluso diez veces mayor.

–Usted distingue la dictadura militar en Argentina de otras dictaduras sudamericanas, en tanto sus líderes abrazaron una particular obsesión paranoica que hizo que la represión fuera preventiva y por lo tanto, más feroz. ¿Existen factores culturales o históricamente condicionados que marquen las tendencias paranoicas de un grupo de poder determinado?

–No soy historiador. Pero de todas mis lecturas sobre las dictaduras de Sudamérica, tengo la impresión que la Argentina tenía un fuerte componente ideológico. Me parece que su país se ha caracterizado por debates políticos más fuertes, con más referencias filosóficas y culturales que sus vecinos latinoamericanos. Para permanecer en un país grande, los militares brasileños se daban por satisfechos con el hecho de que la sociedad fuera controlada por ellos. Muchos militares argentinos, en cambio, tenían ideas rígidas sobre cómo la sociedad debía ser reeducada. Es más, existían rivalidades fuertes entre diferentes grupos de las fuerzas armadas, como consecuencia de las distintas ideologías. Como dijo Aleksandr Solzhenitsyn, la ideología es un peligro multiplicador de la violencia colectiva. Un multiplicador paranoico. Ya no alcanza con destruir al grupo que es el enemigo: es necesario destruir también a otro grupo (por ejemplo, estudiantes de filosofía que leen a ciertos autores) que, se sospecha, podría convertirse en el enemigo. Un programa delirante y omnipotente de reeducación de la sociedad está implícito en el robo de hijos de desaparecidos y su entrega a padres ideológicamente "justos" para la dictadura. Cometer un crimen como el secuestro de recién nacidos porque se piensa en darles una educación "políticamente correcta", me parece una forma extrema de paranoia preventiva.

–Los Estados Unidos están experimentando, con éxito, la destrucción de blancos vía control remoto y la tendencia se sofisticará en el futuro. ¿Qué efecto psicológico cree que tendrá en el pueblo estadounidense –tan propenso a la paranoia– este tipo de guerra aséptica?

–La distancia del enemigo, la relación con "el otro" a través de la tecnología en lugar del encuentro físico y personal, facilita la violencia de masa y la percepción paranoica del adversario. Es un problema psicológico en buena medida nuevo, creado por los progresos de la técnica y de las relaciones virtuales. Este "progreso" puede favorecer la destrucción absoluta del adversario, es decir, una regresión moral. Naturalmente, incluso antes de las armas de fuego se odiaba el enemigo y se lo mataba. Pero cortarle la cara causaba horror: no sólo al hombre herido, sino también al victimario. Y el horror por las víctimas causadas es un mecanismo instintivo que limita la destrucción. Esta limitación natural desaparece en el bombardeo atómico que describo en el capítulo XI de Paranoia. Basta con presionar un botón: si la bomba ha matado a 100 mil personas lo sabrás por radio, sin experimentar el horror. Pero el bombardeo con drones guiados por un piloto que está en una oficina en los Estados Unidos, cerca de una piscina, en un restaurante, en la casa donde vive, representa un salto hacia una alienación todavía más radical, y una paranoia todavía más preventiva: se mata a un grupo de paquistaníes que se encuentra en sus montañas, pero que podrían en un futuro atacar a los Estados Unidos. En pocos minutos, este "asesino virtual" abraza a sus hijos sin saber todavía si ha matado a una masa de chicos que se parecen a los suyos. Los "pilotos virtuales" sufren ahora mismo algún tipo de disociación y de trauma que antes no existía. En cuanto a las consecuencias psicológicas para el público estadounidense, dependerán de cómo reciban la información sobre estos bombardeos a distancia por parte de los medios y del gobierno, que no tiene mucho interés en hacer saber que asegura la vida de soldados estadounidenses mientras mata civiles en un país lejano. Los medios de comunicación norteamericanos son los más libres del mundo, pero la paranoia es a menudo más fuerte que el amor por la verdad.

–La desconfianza y la sospecha, dice en su libro, son tentaciones recurrentes, y es nuestro deber aplacarlas; decirles no. ¿Cómo lo logramos?

–Es muy difícil contrastar un impulso inconsciente como la paranoia. El psicoanálisis es el primero en decir que las buenas intenciones por sí solas no son suficientes. En la práctica, para resistir a la paranoia sería necesario escuchar menos a los políticos populistas, que encuentran rápidamente el modo de atribuir culpas a "los otros". A quienes hay que escuchar es a quienes estudian los problemas de una manera crítica y con rigor. Y más que a los psicólogos, habría que seguir a los historiadores. En los años 30, en Europa, se creía que la desconfianza entre Francia y Alemania había degenerado en una paranoia que llevó a la Primera Guerra Mundial y se temía el inicio de un nuevo conflicto. Una asociación de historiadores franceses y alemanes trabajaron juntos y produjeron documentos en los que explicaron que las responsabilidades de la Primera Guerra eran complejas, por lo que no podía haber un único culpable. Naturalmente, para evitar la siguiente guerra habría que haber evitado que paranoicos como los nazis llegaran al gobierno. Pero también en los países democráticos se debería haber escuchado menos a los políticos populistas y más a los historiadores: en cierto sentido estos portadores de verdad y de autocrítica nacional fueron los verdaderos santos del siglo XX. Y tal vez aquí la tradición argentina tenga una ventaja: hay un respeto tradicional por la cultura, que acerca al hombre común a las elites intelectuales, como la de los historiadores.

 

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