NOTA DE PRENSA

Nota: Un republicano apasionado
Autor de la nota: Rogelio Demarchi
Medio: La Voz
Fecha: 09/12/2013
Libro: MEMORIA POLÍTICA
Autor del libro: Raúl Alfonsín
Extracto:

Dos libros permiten revisar la trayectoria y convicciones políticas del primer presidente de la democracia recuperada. En ellos se analizan fortalezas y debilidades del hombre que marcó a fuego, con su pasión republicana, nuestro tiempo.
El 10 de diciembre de 1983 es el primer día de estos 30 años de democracia. Hay que decirlo una vez más: nunca antes Argentina vivió un período democrático tan prolongado. Para superarlo, hay que retrotraerse a la democracia imperfecta del siglo 19 que, entre 1862 y 1916, constituyó lo que Juan Bautista Alberdi denominara la "república ­posible".
Pero desde la reforma electoral de 1912, que abrió los tiempos de la "república verdadera", efectiva, a nivel presidencial, desde la elección de Hipólito Yrigoyen, en 1916, los golpes de Estado interrumpieron una y otra vez el orden constitucional. Aquel primer "ciclo radical" abarcó dos presidencias y fracción; el "primer peronismo", una y media; Frondizi, Illia y el "segundo peronismo", apenas si duraron medio mandato cada uno o poco más. Ahora, a pesar de todos los problemas que hubo, estamos en el séptimo mandato presidencial consecutivo: Alfonsín, dos veces Menem, el accidentado período de De la Rúa, Néstor Kirchner, Cristina y su reelección.
Para mirar en perspectiva lo vivido desde aquel 1983, es bueno volver sobre la figura de Raúl Alfonsín. Porque fue el primer presidente; porque fue un actor ineludible de los procesos políticos más importantes que sucedieron desde entonces hasta 2002, cuando renuncia al Senado; y porque para muchos estudiosos representa un proyecto de republicanismo absolutamente distante de las presidencias que vinieron después.

Testigos directos

Alfonsín. Mitos y verdades del padre de la democracia (Aguilar, 2013), de Oscar Muiño, es una buena opción. A través del testimonio de amigos, familiares, miembros de su gobierno, compañeros de militancia y hasta de sus adversarios, describe fortalezas y debilidades de un liderazgo político que emergió con fuerza muchos años antes de ser elegido presidente.
De todas maneras, es lógico que la parte más interesante sea la que permite revisar el tiempo de su presidencia; y secundariamente, su accionar entre 1994, cuando actuó en favor de la reforma constitucional, y 2002, cuando renunció a su banca de senador.
Toda la dirigencia actual debiera leerlo para ver si aprende, tanto de sus aciertos como de sus errores, cómo se construye un proyecto capaz de atraer multitudes.
Como señal de apertura, el 7 de diciembre de 1982, al lanzar su precandidatura, sostuvo que su objetivo era "formar un gran movimiento nacional, popular, reformista, racional, progresista y mayoritario con los peronistas de Perón y Eva Perón, los socialistas de Juan B. Justo y Palacios, los conservadores de Pellegrini y Roque Sáenz Peña, los demócrata-progresistas de Lisandro de la Torre".
En su vínculo con la ciudadanía, siempre se destacó por hablar claro, con convicciones firmes y sin levantar la voz, por lo que en las encuestas de la época su imagen quedó asociada con la de "alguien cercano, como un tío, un papá. Alguien como nosotros, muy llano, pero que al mismo tiempo te podía proteger", lo que se tornaba evidente cuando en sus actos detenía el discurso para pedir "un médico ahí".
Se lo haya votado o no, Alfonsín es el político que vinculó la democracia con la vida cotidiana. Para ello, nos enseñó el preámbulo de la Constitución y nos persuadió –su verbo favorito– de que "con la democracia se come, se cura, se educa".
Junto a toda aquella épica, el libro de Muiño demuestra que hubo muchos radicales que no creían que pudiera ganar las elecciones, de modo que, como apostaban a que perdían, llegaron al extremo de definir candidaturas por obra del azar: si sale cara, vas vos; ceca, voy yo. Y una vez que triunfaron, más de un funcionario tuvo que sudar la gota gorda para intentar ponerle freno a "la sanata radical", aunque más no fuera con un poco de sentido común. De todos modos, es sabido que el voluntarismo les ganó la pulseada en más de una oportunidad.
Jesús Rodríguez, que acompañó a Alfonsín desde principio a fin, afirma: "Cuando el gobierno tenía fuerza política no tenía claro dónde ir. Cuando tuvo claro dónde ir, había perdido fuerza política".

En primera persona

Cuando dejó el poder –en la peor de las condiciones: con una renuncia anticipada después de ser derrotado electoralmente y en medio de una hiperinflación que se llevaba puesto el país–, Alfonsín bajó al llano y se dedicó a darle explicaciones a la militancia de su partido.
Tuvo la posibilidad de irse por un tiempo a las más importantes universidades extranjeras porque afuera tenía el reconocimiento que aquí se le negaba. El mundo lo reconocía, entre otras razones, porque había enfrentado de manera inédita a los militares; había elegido solucionar pacíficamente el diferendo con Chile y había demandado personalmente a La Habana y a Moscú que no apoyaran el proyecto guerrillero del Partido Comunista chileno para no darle a Pinochet excusas para su continuidad; había trabajado también por la pacificación de América Central y el desarme nuclear y había promovido la integración regional con Brasil.
No lo hizo. Se quedó y recorrió el país de una punta a la otra para hablar con quienes lo habían apoyado y ahora lo criticaban. Y para llegar a otros sectores de la sociedad, escribió.
Por eso, otra vía para revisar su pensamiento es Memoria política (FCE, 2013), libro que Alfonsín originalmente publicó en 2004, cuando se cumplían 20 años de democracia y 10 años de la reforma constitucional, y que llegó a las librerías poco después de que Néstor Kirchner, en su famoso discurso de la Esma, le pidiera perdón a las víctimas de la dictadura en nombre del Estado nacional "por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia tantas atrocidades", como si el gobierno radical no hubiese creado la Conadep ni hubiese llevado adelante el juicio a las juntas militares.

Como escribió Juan Carlos Portantiero en el prólogo, estas páginas nos brindan la posibilidad de "saber qué fuerzas o qué razones (o ambas) estuvieron detrás de sus decisiones" cuando era presidente y cuando era un dirigente radical de notable influencia. Porque Alfonsín no se limita a revisar lo que ocurrió durante su mandato, sino que incluye un largo y porme­norizado análisis de las razones por 
las que estuvo a favor de la reforma constitucional.
Lo que más llama la atención es su reconstrucción detallista del contexto y la astucia (y paciencia) con que elabora su línea argumental, que por lo general remata en una comparación entre lo que él hizo y lo que hicieron los peronistas, donde el más criticado (él) es quien menos daño hizo.
En el campo de los derechos humanos, no pierde la oportunidad de recordar que el peronismo había afirmado (con Luder) la validez de la autoamnistía y que Menem firmó el indulto a los genocidas después de que el justicialismo, en tanto oposición, le exigía meter presa a casi toda la oficialidad de las Fuerzas Armadas. Por eso les pregunta a sus críticos: "¿alguien creía y aún cree seriamente que en ese tiempo, con una democracia que recién emergía luego de años de dictadura militar, era posible detener y juzgar a mil quinientos o dos mil oficiales en actividad de las Fuerzas Armadas? No sólo era fácticamente imposible, sino que los argentinos no habían votado en esa dirección".
Y entre los problemas económicos del final de su mandato y los que vinieron después con Menem, también hace una comparación: "Con un siete por ciento de desocupación, con libertades individuales plenamente garantizadas, con una infatigable voluntad de diálogo hacia todos los partidos de la oposición y con la firme decisión de entregar el gobierno a mi sucesor con el mayor espíritu de colaboración, en esas condiciones se produjo un estallido que no dejó otro camino que acelerar el traspaso del poder (…) la administración que me sucedió llevó la desocupación al 20 por ciento, cerraron cientos de fábricas, la marginalidad se extendió como una epidemia social, más de la mitad de la población quedó por debajo de la línea de pobreza y se instaló una grave corrupción. Todo eso sin que se produjera estallido alguno".
En suma, dos libros que explican la importancia de un liderazgo político tan singular como potente y sostenido en el tiempo, y al que justiprecia a la perfección Mario Losada al hablar con Muiño: "La política radical giró treinta años alrededor de Alfonsín para apoyarlo o criticarlo. Con su desaparición, quedó girando en el vacío".