NOTA DE PRENSA

Nota: Luis María Pescetti: "Hay códigos de emoción que te marcan"
Autor de la nota: Ana Prieto
Medio: Clarín - Revista Ñ
Fecha: 08/07/2011
Libro: CARTAS AL REY DE LA CABINA
Autor del libro: Luis María Pescetti
Extracto:

Uno de los autores más importantes del género habla de sus rituales para escribir, sobre el mercado, la piratería y considera que "hay pocas experiencias humanas que no sean contadas en la literatura infantil y juvenil".
Cada día, después de desayunar, el escritor y cantautor Luis María Pescetti atraviesa el jardín de su casa y entra al estudio: un espacio luminoso con todo lo que necesita para su trabajo diario: una biblioteca, una guitarra, un teclado cuyos amplificadores se sostienen sobre torres de libros y una gran plancha de corcho repleta de afiches, dibujos y cartas. Hay también un rincón con dos sillas y una mesa baja, en el que uno podría pasarse horas tomando té y mirando las plantas. Y desde luego, un escritorio con la computadora en la que Pescetti ha terminado la última entrega, aún no publicada, de su entrañable Natacha. Lo primero que hace en esa idílica oficina es chequear los comentarios que le han dejado en el blog, entre los que se leen, a menudo, amables reclamos para que responda. "Leo todo, pero sólo contesto aquellos que me han conmovido por alguna razón", cuenta Pescetti. "Y lo hago individualmente, nunca públicamente. Los mails ya son de por sí adictivos, te roban demasiado tiempo. Que me escriba el 5% de esos visitantes ya es muchísimo, así que imaginate..." El 5% vendrían a ser 150 personas, porque el blog de Luis Pescetti recibe unas 3 mil visitas diarias.
Después se prepara para escribir. Si está abordando algo nuevo "calienta motores" leyendo algún libro. Si está en algo avanzado corrige sobre papel y carga los cambios a la computadora antes de retomar la escritura. "Tengo una medida que me puse a mí mismo hace muchos años –creo que la tomé de Bradbury–, de escribir mil palabras por día. Si llego allí, planto bandera y el resto del día son unas vacaciones hermosas. Si no llego, me da un pesar tal que ya no disfruto del día".
El caso de su último libro, Cartas al rey de la cabina, fue algo diferente. Lo empezó hace más de diez años, mientras vivía en México. En el medio escribió libros para niños y adultos, grabó discos, y forjó una carrera internacional con cientos de presentaciones en vivo en América Latina y España. Pero Cartas...
tuvo que esperar su tiempo. Finalmente llegó, en una bella publicación del Fondo de Cultura Económica que pronto ganaría el Gran Premio Alija 2010 y el Premio Caniem 2010 al Arte Editorial. El libro combina las ilustraciones del ruso N.T. con la prosa poética de Pescetti en la voz de Paloma; una chica de unos 19 años irremediablemente enamorada y vagamente correspondida.
Uno de los rasgos más admirables de Pescetti, y sin duda una de las claves del éxito de sus libros, es su especial habilidad –trabajada a conciencia– para aproximarse al sentir de sus criaturas. Por eso el personaje de Paloma, "una mujer imaginada por un hombre", se hace tan creíble y tan querible.
Cartas al rey de la cabina es muy distinto de todo lo que ha escrito. ¿Cuál fue su germen?
Todo libro es el resultado de una mezcla de emoción y comprensión: hay un instante en el que uno alcanza a tener un entendimiento muy abarcador acerca de algo que ocurrió; una mirada reveladora. Y eso se acompaña de una emoción muy fuerte y muy lírica. Se trata entonces de ubicar en palabras ese momento de comprensión y esa emoción. Lo empecé a escribir alrededor del año 2000, cuando vivía en México, y tuvo avances y retrocesos.
Estuvo mucho tiempo con él…
Sí, y en el medio lo agarró el corralito (ríe). Una cosa es la velocidad de escritura y otra la velocidad de maduración que tenés sobre un tema. Ese estado de conciencia, de comprensión, puede crecer, estancarse, avanzar hasta cierto punto y volver. A veces el libro perdía anécdota, perdía narración y no veía cómo podían avanzar las acciones. Hasta que un día vi el final; una amiga mía había vivido una situación que tenía cierto parecido con mi historia, y cuando vi cómo se resolvía en la vida cotidiana, lo vi todo. Tardás en escribir lo que tardás en descubrir.
Escribir en prosa poética, la elegida por Paloma para escribirle cartas a su amado, debió exigirle otras habilidades de cuando escribe en prosa llana. Es un proceso muy concentrado, de mucha emoción; escribir poesía es como tirar con arco. Se parece a cuando escribo canciones, que lo hago a mano y sobre papel, no en la computadora. Buena parte de las Cartas al rey... las hice así. También tuve modelos, como Chico Buarque cuando escribe como mujer en las canciones, o Lila y Flag de John Berger. De todas maneras el personaje de Paloma sigue siendo una mujer imaginada por un hombre.
Uno se encariña con ella y le termina generando un poquito de bronca su querido Rey de la Cabina…
Bueno, pero ahí la afortunada es Paloma. Con ese don de emoción y de palabra le va a ir bien en la vida.
No necesita ser salvada.
No. Y además es terca. O más bien persistente. Alguien que persiste hasta que se da contra la pared.
¿Está de acuerdo con que se haya colocado al libro en una colección infantil?
Yo creo que debería estar en juveniles.
¿Tiene algún efecto en los escritores la segmentación de públicos?
No sé. Lo que sí sé es que en la Argentina se está publicando muchísimo. Y entre tanto libro y con tan poco tiempo la segmentación es una ayuda, por ejemplo, para una tía que le va a comprar un libro a un sobrino. Además los chicos se saltean las edades. Se sienten más campeones si leen libros para más grandes y no les gusta leer para menores.
Algunos de sus libros están en colecciones juveniles en Argentina y en colecciones infantiles en México. ¿Qué criterio obra allí?
Vi esa diferencia también en Brasil; será porque los chicos de acá leen cosas más tempranamente; al parecer debería ser por eso.
¿Qué aportaron los doce años que vivió en México a su manera de comunicar?
Aportaron mucho, por empezar, un espacio y tiempo para desarrollar mi propio lenguaje en escena. La primera vez que subí a un escenario fue en la Argentina, pero la primera vez que lo pude hacer sostenidamente fue en México. Además ahí tuve un lugar en la radio: durante siete meses, todos los domingos, leí Frin en Radio UNAM. En México encontré una manera de oír y una disponibilidad de parte de la audiencia que me permitió moverme libremente entre el ensayo y el error. Dicho de otro modo, el público de Argentina te impacta como difícil o muy crítico, cosa que no te predispone al ensayo y al error sino a llegar con algo muy certero, y por eso de todos tus recursos vas a elegir los más seguros. Después descubrís que no es así, que en el público de acá hay ingenuidad, candor, entrega, pero por alguna razón la "marca" argentina induce a creer que no. En México todo lo contrario; al menos en mi experiencia, encontré que no iba a ser tan dramático equivocarse; hay una receptividad muy abierta, que me marcó mucho. Se parece la actitud al volante en un país y en otro: acá se maneja más agresivamente, en México más caóticamente, y eso pasa también con lo que uno crea.
¿Contribuyen a su escritura sus presentaciones en vivo?
Sí, mucho. Una vez di una charla para alumnos de primer año de TEA y les dije que, a modo de pago, tenían que escuchar dos fragmentos de un nuevo libro de Natacha. Siempre hago lo mismo, aprovecho y voy leyendo. En voz alta se pone en evidencia enseguida lo que funciona y lo que no. Y con el público lo mismo: me fijo en el ambiente que se vive, los silencios que se producen y demás.

¿Hay diferencias entre mostrar su trabajo a un público adulto y a uno infantil, por ejemplo, cuando va a un colegio?
No mucha, porque los adultos oyen como si oyeran a su hija o como el niño que fueron. Y los niños oyen como si oyeran a sus padres. Alguno me dijo una vez: "Dice mi mamá que cómo hacés para saber lo que pasa en casa." Es un privilegio que sientan eso, pero no hay diferencia. Quizá lo que hago cuando voy a escuelas es decir que estoy escribiendo tal cosa, que llegué a tal punto y que no sé qué hacer, y enseguida levantan la mano, tiran ideas. Una vez me dijeron que sería lindo que Natacha tuviera un perro, entonces Natacha encontró un perro, pero lo cierto es que no me llevo tanto de las ideas como de las emociones, las cosas que provoca lo que estoy escribiendo. Una vez les conté que cuando yo era chico me daba mucha vergüenza escribir cartas de amor. "¡Ahora no!," gritaron casi al unísono. Y una nena señaló a un compañerito y dijo: "¡Yo le escribo un montón a él!" (ríe). El pobre se puso todo colorado. Y ahí está, ahí es donde encontrás algo; pescás un código de emoción que te marca el rumbo.

¿Hasta qué punto puede uno alejarse de la cotidianidad de un chico para seguir comunicándose con él?
Según lo que entiendas por cotidianidad. Un libro puede ser un reflejo fiel de lo que viven, pero más organizado, con una devolución creativa, o bien el reflejo de sus fantasías. En Harry Potter, por ejemplo, no tenés la cotidianidad de un niño, pero desde las emociones es un reflejo fiel de las imágenes de un niño. "Qué buenísimo estaría volar", piensan los chicos. Tomás entonces todas las fantasías que vos tenías de chico, hacés que se cumplan, y hacés un libro; hacés ficción.

Usted suele decir que los niños son grandes detectores de incongruencias. ¿A los grandes se nos va anquilosando esa capacidad?
No, no lo digo por oposición sino en el sentido de que un niño tiene que entender el mundo y el lenguaje a partir de lo que va pescando. Es como el diccionario: el diccionario se autoexplica, no hay una palabra fuera de él que te explique la primera y que te permita entrar al diccionario. Entonces si la realidad no es congruente, si ante los mismos hechos hay respuestas caprichosas, el chico se angustia porque no puede construir sentido. Para que haya sentido tiene que haber congruencia, repeticiones. Como en la pareja. Entonces detectar incongruencias es vital para el chico, porque entre las congruencias va entendiendo el mundo y pudiendo operar.

Ana María Matute, quien ganó el año pasado el Premio Cervantes, dijo que la literatura infantil estaba pasando por un mal momento; uno de demasiada "corrección política", sin personajes injudiosos ni ideas incómodas. ¿Usted qué opina?
No leí toda la declaración, de modo que opino fuera de sus palabras. Si abro el zoom, y tomo una muestra que abarque los últimos setenta años, la literatura infantil está en un muy buen momento. Los temas que veo en los libros son todos los que caben en la vida de los chicos, hay pocas experiencias humanas que no sean contadas en la literatura infantil y juvenil. Se puede hacer más, mejor, sin duda, pero veo que esa literatura conecta con sus vidas.
¿Qué le produce saber que se piratean sus libros o discos?
Para mí la piratería ha significado difusión en lugares donde no llegaban quienes distribuían. Y honestamente, como artista, cuando estaba empezando, me dio orgullo. Una vez en Chile me regalaron un ejemplar de mi libro Frin pirateado. Yo lo traje como un tesoro; me dije "¡Huy no a cualquiera lo piratean!" Pero esa es la piratería del "estoy salvando mi puchero". La anónima, la grande, ya es más brava, porque hay alguien ahí haciendo un negocio importante. Pero en fin, vos no podés ser en el mercado un tiburón para algunas cosas y San Francisco de Asís para aquellas en las que te va mal. Porque si vos imponés en el mercado unas reglas, tenés que saber que el mercado se va a defender con los mismos códigos. Por eso ponerle a algo la etiqueta de "dígale no a la piratería" me parece entre ingenuo e inoperante.
¿Cómo le parece que se concibe la niñez en nuestro país?
Te digo las palabras que oigo decir a los papás: "Ah, es terrible, es un genio, a mí me da vuelta con la computadora", o "los chicos son rapidísimos", o "son cada vez más terribles y más rápidos". Eso refleja bastante bien la imagen que veo que hay de los niños acá. Con lo cual me parece que está un poco sobrevaluada la rapidez; ser rápido es un valor en la Argentina. En otras culturas la rapidez no es en sí misma un valor. En México un valor equivalente, en importancia, es el "ya relájate, aliviánate". Creo que acá hay una ponderación un poco excesiva de la velocidad, como si los chicos en Argentina fuesen muy despiertos, inquietos, ágiles, y lo son, en cierta medida. O más bien, lo son si estamos de acuerdo en que no sólo son eso: además son niños, son ingenuos, y no quieren ser mejores que sus padres. No creo que nadie sea feliz ganándole a su papá; una cosa es competir con él, otra es tener que dejar de competir porque tu papá pierde siempre. Si ves que tu papá es un perdedor, no jugás más.
Pobre padre...¡No! ¡Pobre chico!