NOTA DE PRENSA

Nota: La ciencia en tiempos de la revolución
Autor de la nota: Bruno Massare
Medio: Clarín – Revista Ñ
Fecha: 31/05/2010
Libro: LA CIENCIA DE MAYO
Autor del libro: Miguel de Asúa
Extracto:

La militarización de la ciencia, la creación de los colegios profesionales, la naciente rivalidad entre Buenos Aires y Córdoba y las curiosidades contenidas en los gabinetes particulares de naturalistas y aficionados a la experimentación son algunos temas de La ciencia de Mayo, que surgen en este diálogo con su autor.

Entre las apariciones menos esperables y quizá por eso más interesantes nacidas a la sombra del "nicho" editorial del Bicentenario de la Revolución de Mayo, la idea del historiador de la ciencia Miguel de Asúa de revisar en qué consistía "hacer ciencia" doscientos años atrás permite acercarse a la reconstrucción de una faz poco visitada de la época virreinal y los primeros años de la Independencia.
En La ciencia de Mayo: La cultura científica en el Río de la Plata, 1800-1820 desfilan la obra de los jesuitas en las Misiones, la militarización de la ciencia, la creación de los colegios profesionales, la incipiente rivalidad entre Buenos Aires y Córdoba y las curiosidades que contenían los gabinetes particulares de naturalistas y aficionados a la experimentación. De Asúa, cuya pasión por la investigación lo hizo saltar de la Medicina hasta la Historia –se doctoró en ambas disciplinas– abruma tanto por su erudición como por su productividad, y esta última contrasta especialmente con la tranquilidad con la que recibe a quien visita su casa de Villa Sarmiento, en el Gran Buenos Aires.
Además del libro en cuestión, De Asúa publicó recientemente De cara a Darwin (Lumen), una historia de las relaciones entre la teoría de la evolución y la Iglesia; está finalizando un libro sobre la historia de la ciencia en la Argentina –"cubre dos siglos y la única cosa inteligente de ese libro es que decidí no hacer una enciclopedia", bromea–; y está escribiendo otros dos: Bonpland y Humboldt (junto a Pablo Penchaszadeh) y otro sobre la ciencia jesuita en las Misiones de Paraguay. "Algunos temas están muy bien cubiertos, pero queda mucho por hacer", refiere –casi como justificándose– cuando se le pregunta por la historia científica de estas tierras.
Como historiador de la ciencia, Miguel de Asúa reinvindica el espacio y la práctica de su disciplina. "Todos quieren una parte: los historiadores y los sociólogos, que en ambos casos piensan que es un fragmento de su imperio. Los científicos, que piensan que es una distracción para los fines de semana o para cuando estén jubilados.Y los epistemólogos, que creen que es el banco de pruebas para sus teorías filosóficas. Este es un campo que no está alambrado, pero no es el juguete de otras disciplinas", señala el autor de Ciencia y Literatura. "Sin querer ponerme en patrón de la vereda, porque nadie es el dueño de la historia y el pasado está ahí para que lo interpretemos, sí creo que es algo para lo que hay que formarse y especializarse".

- Usted discute cierta historiografía de la ciencia ceñida a lo que pasaba en Buenos Aires y Córdoba en la época previa a la Revolución de Mayo. ¿Considera que ha sido subvalorado el aporte de los jesuitas?

- Creo que sí, que al menos pasó eso durante muchos años. Si nos quedamos con lo que se hacía en Córdoba y en Buenos Aires nos encontramos con que la enseñanza de la ciencia era algo bastante atrasado y relativamente conservador, salvo excepciones. Había colegios que eran más que lo que entenderíamos como un secundario, pero menos que una universidad. Yo los llamo "colegios glorificados". Donde había una especie de ciclo básico común de tres o cuatro años y en el que el segundo estaba dedicado a filosofía de la naturaleza. Se enseñaba la física de Aristóteles, con algo de la física moderna. En el caso de los jesuitas, analizarlos es mucho más complejo, porque estamos hablando de una orden internacional y entonces hay que estudiar lo que pasaba en todo el mundo con ellos, tanto acá como en China e India. En las Misiones había casos como el de Buenaventura Suárez, un astrónomo a quien podríamos considerar el primer científico criollo. Fue el primero en publicar en un journal internacional, en este caso Philosophical Transactions, que era el principal en Inglaterra. También publicó un libro, Lunario, que es una especie de calendario de eclipses y fases de la Luna.

- También está el caso de Ramón Termeyer, otro jesuita que en Santa Fe se dedicaba a hacer experimentos con la anguila eléctrica. Lo curioso es que en la cuenca Paraná-Río de la Plata no habita esta especie, por lo que no sabemos cómo las consiguió. Pero estaba haciendo el mismo tipo de experimento que los europeos hacían con el torpedo del Mediterráneo, que es otra especie eléctrica. También hicieron un aporte en botánica, sobre todo porque los jesuitas escribían historias naturales donde recogían la taxonomía de los indios guaraníes, a partir del aprendizaje del idioma, que era fundamental para ellos que, al fin y al cabo, querían evangelizar. Nunca hay que olvidarse que primero eran religiosos y después científicos.

- Sin embargo, más allá de los colegios, usted destaca en Buenos Aires la función que cumplieron la Academia de Náutica y el Protomedicato. ¿Estas instituciones se destacaban porque excedían la función para la que estaban pensados?

- En parte sí, tenían planes ambiciosos. Fueron dos instituciones muy particulares y que funcionaban como escuelas profesionales. En la Academia de Náutica influyó mucho la figura de Pedro Cerviño, que era un gallego brillante. Cerviño quería enseñar mucha matemática y la Academia de Náutica se volvió casi un politécnico. En el Protomedicato la figura clave era Miguel O'Gorman, o Gorman, como también se lo llamaba, que era un médico irlandés con una formación de primerísimo nivel en Francia y que fue quien introdujo la vacuna en España. Hizo un plan de estudios muy amplio en el Protomedicato, pero el gran problema era que en Buenos Aires no había suficiente gente que quisiera estudiar ciencias médicas. Pero, más allá de la medicina, gran parte de la ciencia se hizo sobre la base de ingenieros navales o militares y que vinieron con las comisiones de límites al Río de la Plata. Muchos de ellos se formaron a partir de la reforma borbónica, la misma que expulsó a los jesuitas pero que a la vez inició un proceso de modernización científico-tecnológica en España. Básicamente, copiaban lo que hacían los franceses. Esto respondía tanto a los ideales de la Ilustración como a que veían que el imperio se les estaba haciendo pedazos y querían sacarle más jugo. Por eso todo esto empieza con el Ejército, la Marina y la Medicina, que también estaba muy vinculada a lo militar. Pero a esta militarización de la ciencia que se generaba en España le cambiaron el signo en el Río de la Plata, porque toda esa modernización se puso al servicio de una idea independentista.

- ¿El impulso que le dieron a las ciencias personajes como López y Planes o Belgrano se veía limitado frente a lo que usted denomina como una baja institucionalización de la ciencia en relación a lo que pasaba en otras partes del Virreinato?

- En el Río de la Plata todo era muy pequeño si uno piensa en lo que pasaba en Lima o en México, donde había instituciones como el Real Colegio de Minería en México o la Facultad de Medicina de Lima, o lo que se hacía en Botánica en Colombia, donde había gente, dinero, compromiso de la Corona e intercambio permanente con Europa. Hay que asumir que Buenos Aires era el traste del universo, que tenía una población reducida, con no más de 40.000 personas y con menos de 3.000 que podían llegar a dedicarse a estos quehaceres. Pero eso no quita que se generasen redes y que aparecieran personajes interesantes. López y Planes, además de ser el autor de la letra de nuestro himno era astrónomo, sabía de Botánica –dominaba el sistema de clasificación de Linneo–, fue director de la Comisión Topográfica, es decir que tenía suficiente manejo de lo que era topografía, agrimensura y ciencias exactas como para poder manejar eso, y hasta fue presidente. A Belgrano, si uno lo mira anacrónicamente, desde una perspectiva no histórica, uno lo ve como una especie de político científico. Hablar en esa época de política científica es una estupidez, pero uno lo vería como algo análogo a eso, por su énfasis en la modernización, en la importancia del conocimiento para el progreso. Además, tenía una biblioteca infernal, como también la tenían Vieytes y Rivadavia. Más hacia adelante, hay que esperar hasta Sarmiento para encontrarse con alguien con semejante visión y lucidez.

- En otro de sus libros, Ciencia y Literatura, hace referencia a cierta obsesión que Sarmiento tenía por la ciencia y que se refleja en la incorporación de terminología científica en textos y discursos.

- Sí, era una obsesión para él. Una demostración del interés de Sarmiento por la ciencia es que en un momento terrible para la Argentina, en plena guerra del Paraguay, él estaba emperrado en hacer el observatorio de Córdoba, que implicaba una inversión muy importante. En plena guerra él quería poner un telescopio para mirar el cielo, era una cosa de locos. Sarmiento era un autodidacto que tenía la ciencia muy metida en la cabeza. Es un caso parecido al de Belgrano, en el sentido de que los dos eran muy intuitivos. Pero eso también se reflejaba en algunas de sus contradicciones, como cuando hizo todo un panegírico en el funeral cívico que le hicieron a Darwin en el Teatro Nacional y ante unas 3.000 personas empezó a elogiar el hecho de que en la Argentina teníamos a Burmaister, que era un tipo muy reconocido, pero que era creacionista. Y después terminó diciendo que suscribía a Spencer, que tampoco tenía mucho que ver con Darwin. Más allá de lo anecdótico, Sarmiento contribuyó a instalar la idea de la ciencia como una cosa seria.

- ¿Los gabinetes particulares eran una excentricidad de coleccionistas o cumplían algún otro rol en el desarrollo de la ciencia?

- Fue algo interesante más bien desde el punto de vista histórico, porque permite ver que había un grupo de gente interesada por la botánica, por el coleccionismo de especies, de minerales y también por la experimentación. Replicaba de alguna manera lo que ocurría en Europa en el siglo XVII. Uno de los más completos en historia natural era el de Dámaso Larrañaga, un ejemplo de lo que podríamos denominar un cura ilustrado. Altolaguirre tenía un gabinete que en realidad era un equipo de experimentación física. Uno se pregunta cómo demonios el tipo había comprado eso, porque era un conjunto de treinta o cuarenta instrumentos que valían una fortuna incalculable. Y los tenía en una quinta... debía ser una imagen de una novela de García Márquez. Y después los donó a Córdoba, que es ahí donde no se sabe bien qué pasa con todos esos instrumentos. En Córdoba no sabían qué hacer con ellos, no sabían usarlos y que yo sepa no se rescató nada de ese gabinete.

- ¿Por qué destaca la figura de Bonpland entre los extranjeros?

- Bonpland era un personaje de primer nivel internacional, aunque por estas tierras no hizo mucho de ciencia. Acá fue un naturalista vinculado a los grandes centros de las metrópolis coloniales y, por ejemplo, solía enviar materiales al Museo de Historia Natural de París. Era también un empresario: fue uno de los introductores de las ovejas merino y descubrió cómo germinar artificialmente la yerba mate, algo que ya habían logrado los jesuitas pero cuyo conocimiento se había perdido. Tenía claro algo que recién comenzaban a percibir unos pocos: que las plantas implicaban poder. Algo que desde la perspectiva del siglo XXI no se ve tan claramente, aunque quizá se pueda entender un poco con la soja, porque detrás de la soja está el conocimiento de su producción. Si lo vemos en términos de materiales, ahora estamos en un mundo donde la mayor parte son artificiales. Pero por entonces la mayoría de los materiales eran naturales; las plantas daban comida, daban las drogas para la Medicina. El dominio de las técnicas de la agricultura implicaba un conocimiento estratégico. Pero no hacía falta ser extranjero: Belgrano también lo tenía muy claro cuando promovía la introducción del lino y el cultivo del cáñamo.