NOTA DE PRENSA

Nota: "El Gobierno camina en una cornisa y no lo hace mal"
Autor de la nota: Fabián Bosoer
Medio: Clarín
Fecha: 08/08/2004
Libro: HEGEMONÍA Y ESTRATEGIA SOCIALISTA
Autor del libro: Ernesto Laclau y Chantal Mouffe
Extracto:

Quizá por primera vez en nuestra historia, las instituciones democráticas están en condiciones de procesar las transformaciones y demandas sociales sin quebrarse ni traicionarse a sí mismas.

- Hace dos años, luego de la crisis del 2001, usted advertía sobre una situación de disgregación social y sobre el peligro cercano de una reimposición autoritaria del orden. ¿Cómo observa lo acontecido desde entonces?

- Lo que me preocupaba en aquel momento era que el lema de la oposición a la situación imperante era exclamar que se fueran todos. Recuerdo que advertí que al pedir "que se vayan todos", lo que se iba a lograr es que se quedara -o que volviera- "uno", y eso siempre quiere decir un poder autoritario que ocupara el vacío de poder. Lo que significa que excluir la esfera política de la protesta social siempre lleva a consecuencias malas. De hecho, la crisis del 2001 provocó una ampliación horizontal de la protesta social, pero sin que eso se tradujera en el plano político. Lo que ocurrió después es que las cosas salieron bien, porque sorprendentemente surgió la figura de Kirchner y se nota una real voluntad y un esfuerzo por vincular el sistema político institucionalizado con las demandas sociales.

- Se le asignan características populistas al tipo de liderazgo que representa Kirchner. ¿Está de acuerdo con esta definición?

- En el sentido en que yo lo entiendo, que no es en absoluto peyorativo, el populismo es la construcción política de un pueblo; la construcción de lo que Antonio Gramsci llamaba "una voluntad colectiva". Esa idea, que no tiene nada que ver con la evocación nostálgica o temeraria del viejo populismo, existió en los años 80 identificada alrededor de la democracia y de los derechos humanos en los primeros años del gobierno de Alfonsín, pero fue débil y se fue disgregando en los años 90, en los que se impuso un gran cinismo y un desencanto total con el sistema político. Lo que me parece que está ocurriendo ahora es que hay un esfuerzo por reconstituir esa voluntad colectiva más amplia, un pueblo en un sentido más global. Es un proceso difícil, que va a tener muchos obstáculos, pero veo que ésta es una gran oportunidad para cambiar la política argentina.

- Sin embargo, varios analistas políticos e intelectuales contraponen la democracia liberal al populismo, y a éste como una deformación de aquélla.

- Democracia y liberalismo no son términos históricamente coincidentes, como tampoco el populismo y la democracia son excluyentes o necesariamente antagónicos. La democracia liberal fue la consecuencia de un siglo de luchas, revoluciones y reacciones para llegar a formas de integración siempre precarias y discutidas. Pero esa integración que se dio en Europa nunca se produjo de la misma manera en América latina, donde el liberalismo fue la forma política imperante de las oligarquías, y las demandas y fuerzas democratizadoras no fueron absorbidas sino rechazadas y reprimidas por el sistema institucional liberal. El momento en el que sí hubo un esfuerzo de democratización radical -y democratización quiere decir inclusión y participación de los excluidos, de "los de abajo", en la esfera pública- tuvo lugar en los años 30 y 40 del siglo pasado, bajo regímenes que no eran típicamente liberales o que eran francamente antiliberales. Fue lo que llevó a cabo el MNR en Bolivia, el varguismo en Brasil, el peronismo en Argentina.

- Es decir que se produjo una oposición histórica entre liberalismo y democracia.

- Sin embargo, las dictaduras violentas de los años 70 y 80 golpearon y destruyeron tanto al liberalismo como a la democracia y fue ello lo que rompió ese dique que separaba a las dos tradiciones. Hoy día, no veo que haya otra posibilidad de afirmar las demandas democráticas de las masas que no sea a través del afianzamiento de las instituciones políticas liberales. Pero dicho afianzamiento obliga a ir más allá para cerrar la brecha que existe entre ambas.

- ¿Qué significa "ir más allá"?

- El problema con las democracias "realmente existentes" no es con sus valores constitutivos de libertad e igualdad para todos, sino con el sistema de poder que redefine y limita la realización de esos valores. Por eso hablo de una "democracia radical y plural" como una etapa de profundización de la revolución democrática, de extensión de las luchas por la igualdad y la libertad a un número crecientemente más amplio y heterogéneo de relaciones sociales. Con un reconocimiento de la pluralidad de voces y de realidades que una sociedad democrática contiene, pero también de la necesidad de articulación política de las contradicciones.

- ¿Sigue entonces existiendo un conflicto entre lo que representa la democracia y lo que defiende el liberalismo?

- Podemos decirlo así. Esto se profundizó en los años 90, porque el neoliberalismo, con su idea de que el mercado generaría un tipo de acuerdo que haría la discusión política y toda intervención del Estado innecesarias y nocivas, rompió ese compromiso con la tradición liberal-democrática. Eso condujo a que llegásemos a un reclamo de sociedades más integradas que confronta con instituciones que coexisten con una altísima desigualdad e injusticia en distintos planos de la realidad social.

- ¿Explica de este modo la protesta de los piqueteros y su difícil interlocución con el Gobierno?

- El Gobierno está caminando en una cornisa y no lo está haciendo mal; hay tropiezos, aquí y allá, por los cuales trata de crear un balance entre esa protesta más o menos espontánea y las formas institucionales del Estado. Por un lado, reprimir significaría tener un sistema político separado de las formas espontáneas de organización de la protesta social. Por el otro lado, dejar que la protesta social se transforme en formas antipolíticas y antiinstitucionales tampoco hace posible el funcionamiento democrático.

- ¿Cómo se transforma un sistema político sin partidos fuertes que sean sus actores principales?

- Creo que la pregunta es cómo se articula el sistema político con la sociedad global. Evidentemente, para que funcione una democracia los partidos son necesarios y cumplen una función muy importante. Pero qué es un partido político es algo que hay que analizar en cada situación: por ejemplo, en Italia, después de la Segunda Guerra mundial, el Partido Comunista, que era la fuerza más importante del país, absorbía todos los modos de la protesta social. Eso ya no ocurre. En Inglaterra, el Partido Laborista nunca fue un partido de masas, sino más bien una máquina para ganar elecciones -o para perderlas, a veces-. Pero lo que es importante es que la sociedad civil empiece a darse formas de organización propia con las cuales los partidos tengan que negociar. Cuando la marginalidad social crece, o se estanca, más allá de un cierto punto y sólo se da una articulación de demandas sociales a través de formas clientelísticas, en ese caso puede seguir existiendo un sistema político formalmente liberal, pero profundamente antidemocrático. Que sería además probablemente cada vez menos liberal, en términos de la realización de los derechos ciudadanos.

- Personalismo, relación directa de un líder con las masas, una opinión pública fluctuante entre la esperanza, el enojo y la frustración, crisis de los partidos... no parecen los indicadores más propicios para renovar y revitalizar nuestra vida política.

- Yo no lo veo de ese modo. Más bien observo que lo que puede ocurrir en la Argentina son dos cosas: o que las máquinas partidarias tradicionales se impongan nuevamente, y entonces tengamos un sistema liberal sin grandes aperturas democráticas y que vuelva la desesperanza -y ésta es una posibilidad real, en lo inmediato-; o un populismo de tipo nuevo, un populismo progresivo que sea compatible con el sistema democrático, que abarque una cantidad de demandas, pero que va a tener, necesariamente, que romper con las distintas formas existentes de institucionalización del poder para producir un desplazamiento en las fronteras de lo social.

- ¿Lo ve al Presidente liderando un proyecto de esas características?

- El problema de Kirchner es que todavía no ha llegado a cristalizar en el imaginario colectivo cómo poner juntos esos elementos y significantes diversos de un modo más definido y convocante. Espero que lo vaya a hacer. Puede llegar a ser un líder populista, y no veo en eso, en sí mismo, nada malo. Siempre, claro, que no se quede sólo en las formas.