NOTA DE PRENSA

Nota: Cómo se equilibra una democracia
Autor de la nota: Guido Carelli Lynch
Medio: Clarín – Revista Ñ
Fecha: 19/01/2010
Libro: EL ASCENSO DEL PRÍNCIPE DEMOCRÁTICO
Autor del libro: Sergio Fabbrini
Extracto:

En tiempos de "teledemocracia" y "videopolítica", con partidos debilitados, el personalismo de los líderes no deja de crecer, afirma el politólogo italiano Sergio Fabbrini. En este diálogo, analiza cómo poner límites a esos "príncipes democráticos".
Nicolás Maquiavelo es el politólogo más influyente y famoso de la historia de la humanidad. Afirmémoslo sin más, con total y absoluta arbitrariedad. Tanto se leyó su obra cumbre, El Príncipe, tanto se repitió su nombre, tanto se confundieron sus conceptos que poco tienen que ver su doctrina y su estudio de campo, con la intencionalidad de quienes utilizan el nombre de Niccolò Machiavelli como un adjetivo o como un adverbio siempre en vano y siempre simplificado. Fue el primero que sometió al análisis al jefe, al Príncipe, al único. El marco era la renacida Florencia, el motor financiero de Occidente, el engranaje más poderoso. ¿Pero qué tal si Maquiavelo hubiera nacido cinco siglos después? ¿Adónde iría hoy para describir cómo se construye el poder en el siglo XXI? O más bien: ¿quién ostenta el poder este sábado 16 de enero de 2010? ¿Y quién es el que le sigue? "Seguramente Maquiavelo iría a Occidente y, más precisamente, a Washington", afirma el politólogo italiano Sergio Fabbrini, de paso por Buenos Aires para presentar El ascenso del Príncipe democrático (Fondo de Cultura Económica). "Si antes era Italia, hoy –para entender al Príncipe– hay que ir a Washington. Pero allí no se encuentra el único Príncipe, tenemos primeros ministros y otros presidentes. Si entendemos a nuestros príncipes, podemos entender mejor el funcionamiento de las democracias consolidadas y su regularidad", afirma Fabbrini. Su libro intentaba ser nada más que una traducción revisada de El liderazgo en las democracias contemporáneas, que Fabbrini publicó en Italia hace más de diez años. Sin embargo, Al Qaeda, Torres Gemelas, dos mandatos de George W. Bush, capitalismo chino y crack financiero internacional mediante, el libro se convirtió en una obra diferente de la original y en un reflejo de la dinámica intermitente de la política internacional.

- El título y varios capítulos del del libro remiten a Maquiavelo. ¿Cuál es la vigencia de su pensamiento cinco siglos después?

- Maquiavelo fue el primero en considerar que había que estudiar al Príncipe, ya que antes hasta los más ilustrados sostenían que su legitimación era divina y provenía del cielo. Fue el primero en decir que había que estudiar cómo construía su poder. Sometió al Prínicipe al análisis y desmitifió al rey. El poder puede ser estudiado y criticado y yo tomé el desafío de Maquiavelo y lo llevé a la actualidad. La realidad antes y ahora es que el pueblo es soberano, pero no puede gobernar solo. Siempre habrá un príncipe que gobierna en su nombre. Pero ¿cómo es? ¿Qué características tiene? Esa es mi tarea.

- Usted subraya la existencia y el ascenso no de uno, sino de un grupo de príncipes centrales.

- Exacto. En todas las democracias y también en las de América Latina hay un ascenso de los príncipes, que cada vez se volvieron más importantes. Algunos se asustan y dicen que la democracia es un peligro. Yo traté de demostrar que unos y otros están equivocados. Este ascenso no significa que esté todo a su servicio, muchos son una amenaza –es cierto– pero entonces hay que ver cómo regular y canalizar su fuerza dentro de la democracia. Esto requiere un esfuerzo mental y cultural con el que yo espero contribuir.

- ¿Y qué situaciones contribuyeron para forjar esos personalismos?

- Muchos factores, sin duda. El primer cambio tiene que ver con los partidos políticos que cambiaron en Estados Unidos y en Europa. Hoy cada vez cumplen menos con su viejo rol de concentrar gente e ideas. Antes, los partidos representaban comunidades de clases, religiosas, lingüísticas. Hoy ya no es así, hay un cambio de las sociedades, y los partidos no son más expresiones de fracciones. Por eso, los líderes son cada vez más importantes, igual que los medios y la televisión, adonde van dirigidas todas las campañas. Hoy la democracia es teledemocracia y la política, videopolítica. Ya no hay ideología como en el pasado, sino que todo está basado en la imagen y en el espectáculo.

- Eso en cuanto a la política interna. ¿Pero qué sucede con la política exterior?

- La globalización hizo que la política exterior pesara cada vez más y allí es donde los liderazgos personales cuentan mucho más. Las grandes decisiones se toman en grandes mesas con los principales líderes de los países. Hay una tendencia que hace que la política se reduzca a los líderes y nada más. Los partidos se debilitaron, ésa es la realidad. Yo soy un progresista y creo que el mundo progresa, es inútil la nostalgia. Esas América y Europa de los grandes partidos no existen más, pero eso no quiere decir que no haya posibilidades. Hoy existen nuevas oportunidades para concentrar gente incluso a través de los partidos. Obama es un ejemplo de lo nuevo. He seguido con mucho detenimiento su campaña, en la que utilizó Internet y conformó grupos de jóvenes que fueron a los cincuenta estados y juntaron fondos. Los partidos no van a desaparecer pero deben cambiar.
Este especialista italiano, que describe el ascenso de príncipes televisivos, toma partido en la discusión acerca de los medios de comunicación y la política, y advierte que éstos son –de hecho– un cuarto poder dentro del Estado de Derecho. Pero para Fabbrini tal condición debe ser legitimada por la Constitución. "Es imprescindible que la tarea de los medios sea constitucionalizada, para que los demás poderes del Estado le sirvan de contralor. No puede haber monopolios como tampoco puede haber medios controlados e intervenidos por los gobiernos de turno", señala. El caso italiano con un primer ministro propietario de un emporio televisivo es para él paradigmático. "La oposición para hacer campaña debe pagarle a Berlusconi. Las constituciones modernas deben prever el conflicto de intereses y regularlo. La amenaza de Berlusconi no es que sea rico, es que es el patrón de la información. Y lo cierto es que si el de los medios fuese un poder constitucional no podría ser gobernado por aquel que controla el poder político", se queja Fabbrini antes de advertir que il cavaliere no es un producto exclusivo de su país. Sin embargo, este discípulo de Giovanni Sartori y de la escuela de Norberto Bobbio no pierde las esperanzas, a pesar de los mil millones de hambrientos en el mundo, de las reelecciones indefinidas, de las guerras que nunca cesan, de las enseñanzas del propio Maquiavelo acerca de la relación perenne entre el opresor y el oprimido. "Yo no soy un iluso. No espero que seamos gobernados por ángeles, pero tampoco por demonios. Y uno, que viene de Europa, sabe qué son los demonios. El fascismo, el nazismo, los gulag, las guerras religiosas... Desde el Concilio de Trento que los europeos se masacran. Las Guerras Mundiales fueron guerras entre europeos exportadas a todo el mundo. En fin: lograr que los demonios no gobiernen ya es buen resultado", explica Fabbrini antes de zambullirse otra vez en la balanza desequilibrada de las democracias modernas y sus príncipes.

- El poder del príncipe y los liderazgos personales necesitan un contrapoder. ¿Cuál es?

- En Estados Unidos, por ejemplo, el poder del príncipe está balanceado por el poder del Congreso. El presidente puede ser fuerte, pero mucho más fuerte es el Congreso, que aunque se entregue como hizo durante la presidencia de Bush, tiene la posibilidad de poner un freno, como hoy los propios congresistas democrátas complican a Obama. Así debe ser. En la Argentina, de hecho, el Congreso debería ser un contrabalance. La democracia no es cortarle la cabeza al rey. Es reconocer la necesidad y la existencia de un príncipe que debe tomar decisiones. Debemos controlarlo y educarlo. La política debe educar el sentido del Estado y el deber cívico.

- Hoy se habla mucho del fin de la hegemonía estadounidense. ¿Cuál es el orden actual de la política internacional?

- El mundo de hoy no es el lugar que Bush imaginaba. Es una torta compleja de diferentes esferas. Estados Unidos continúa siendo la primera potencia, tiene el poder económico, pero por otra parte está China que compra su deuda y sin la cual EE.UU. quebraría. La carta imperial de Bush, la idea de exportar la democracia interviniendo militarmente ya no tiene posibilidades. No tienen la fuerza, los soldados ni los recursos para pagar ocupaciones, no pueden ser hegemónicos. No pueden seguir pensando que ganaron la Guerra Fría y que están destinados a gobernar. Sin embargo, sí pueden ser líderes, pero para serlo tienen que ganárselo. Si Estados Unidos no paga su cuota a las Naciones Unidas, no puede ser líder. Los líderes son los que pueden producir argumentos mucho más convincentes, los que te empujan a hacer cosas que no harías. Por eso Bush hizo desastres, porque pensaba que bastaba con poner el puño sobre la mesa para convencer a las otras naciones. Obama quiere discutir, paga, ésa es la estrategia; me parece, la de ser líderes, la de construir liderazgo. Ya veremos de qué son capaces.
Fabbrini se entusiasma cuando habla de EE.UU. Es que gran parte del contexto en el que se forjan los nuevos príncipes democráticos que describe, coincide con las presidencias de George W. Bush y la asunción de Obama. "Bush no fue un líder grande, era un líder perezoso e ideológico, que se dejaba condicionar", dispara. El éxito relativo de su gestión se basó –analiza Fabbrini– en que logró construir conservadurismo con una base distinta, de masas. "Sarkozy y Berlusconi quieren hacer lo mismo", advierte. La asunción de Obama –"está probado", dice y se entusiasma– logró bajar el sentimiento de antiamericanismo en todo el mundo, incluida América Latina. "El antiamericanismo surge cuando EE.UU. no puede controlarse desde adentro. De hecho, con la asunción de Obama descendió automáticamente", relata Fabbrini que, igual admite, que el camino es por demás sinuoso. "Colegas que trabajan con Obama me comentaban acerca de su preocupación por la nominación al Nobel. Se asustó, porque tiene miedo de crear una expectativa que no pueda cumplir", recuerda. "Es un paso adelante, es mejor que estar enfermos. Es un gradualista; para mí es un buen ejemplo de príncipe democrático. Su partido en el Congreso lo tiene bajo control", se ilusiona Fabbrini, para quien el primer presidente negro de EE.UU. logró –además de erigirse como un símbolo poderoso– una nueva movilidad de electores y una apertura del debate a través de las nuevas tecnologías.

- ¿Y qué cualidades tienen los príncipes latinoamericanos?

- América Latina está viviendo una fase extraordinaria de cambio. Es un período de transición donde convive lo viejo con lo nuevo y sus líderes tienen eso. Por una parte está el príncipe populista (con tendencias antidemocráticas); por el otro, está el democrático, que también debe ser popular. Si este último se impone, llevará a América Latina al centro del mundo. Si gana el primero, volverá a ser una región marginal.

- Y si analizara uno por uno...

- Lula es el príncipe democrático más importante de América Latina. Representa una visión y una sociedad, a pesar incluso de cierto perfil populista. Continuó la acción de su predecesor y contribuyó a hacer de Brasil uno de los países más influyentes en el plano internacional, aunque para lograrlo pactó con los intereses económicos más importantes de su país. Chávez es un clásico líder populista. Es el ejemplo reciente de una larga historia. Piensa que gobernar es hablar. Cristina Kirchner, en cambio, no demostró tener una capacidad de liderazgo autónoma. Tal vez dependa demasiado de su marido, siempre entre el viejo peronismo y un nuevo progresismo. Bachelet ha sido un ejemplo iluminador de principado democrático.

- ¿Por qué considera tan importante el liderazgo de los príncipes democráticos?

- Porque pertenezco a una tradición de pensamiento que ve en el líder no sólo a quien toma las decisiones, sino a alguien que educa y motiva. La política está hecha por personas, no sólo de hechos. Los príncipes deben tener una capacidad educativa, es fundamental. Pueden dar mensajes positivos y no deben esconderse detrás de la complejidad, hablan con ejemplos. El príncipe es como un docente y pienso que el liderazgo es importantísimo.