NOTA DE PRENSA

Nota: Vivir y narrar: la pasión biográfica
Autor de la nota: Leonor Arfuch
Medio: La Nación
Fecha: 10/11/2002
Libro: EL ESPACIO BIOGRÁFICO
Autor del libro: Leonor Arfuch
Extracto:

Biografías, memorias y diarios íntimos son los géneros clásicos que dieron cuenta de la insaciable curiosidad humana por la intimidad ajena. Más actuales y menos prestigiosos, los 'reality-shows', las entrevistas o la simple conversación cotidiana también reflejan la persistencia de ese deseo por espiar otras vidas. La autora de este artículo indaga en las razones profundas que nos llevan tanto a asomarnos a la experiencia de los otros como a volver pública nuestra interioridad


Desde 'Las confesiones' de Jean-Jacques Rousseau (1766), que por primera vez, según cierto consenso, ponían en escena la turbadora intimidad del sujeto moderno, la pasión por las vidas ajenas no ha dejado de dominarnos. Biografías, autobiografías, retratos, memorias, diarios íntimos, correspondencias -géneros clásicos, candidatos seguros a la lista de 'best sellers'- y más contemporáneamente, entrevistas, perfiles, "conversaciones" dan cuenta de esa curiosidad sin límites que nos lleva a asomarnos, no sin algo de 'voyeurs' , al mundo privado que supuestamente se nos escapa en otras escrituras.

Un ejemplo reciente de ese algo más, de ese plus que se espera incluso de quien "lo ha dicho todo", es la publicación de las memorias de Gabriel García Márquez. Un millón de ejemplares en español, lanzados en librerías a escala mundial, un torrente de opinión -también biográfica- de otras celebridades, multitud de voraces lectores que se atropellarán para obtener el suyo y una previsible sucesión de comentarios hablan bien a las claras de la fascinación que ejerce lo biográfico en la cultura contemporánea.
Pero esa fascinación -que alcanza también al cine, el teatro, las artes plásticas- no se limita solamente a las figuras de notoriedad. Hace ya tiempo que los medios de comunicación han descubierto que también interesan los relatos de vida de la gente común, tanto en entrevistas, documentales o testimonios como en el nuevo género del 'talk show' o 'reality show' , que pretende mostrar la vida en directo, "tal cual es", bajo el ojo implacable de la cámara.
¿Qué es lo que impulsa esta proliferación de géneros diversos, cuyo rasgo en común es la exposición pública de las vidas privadas, en un arco que va de lo biográfico a lo íntimo, e incluso a lo obsceno? ¿Por qué nos apasiona -con las diferencias del caso- el relato vivencial, aquél que involucra la propia experiencia?
Quisiera proponer aquí varias respuestas, desde diferentes puntos de vista, para el análisis de este fenómeno. La primera viene de la filosofía: la vivencia, palabra tan de moda, tiene la virtud de condensar en su significado la comprensión inmediata de algo real que nos impacta en un momento y también la permanencia de un recuerdo que se ha salvado de la corriente rutinaria de la vida y contribuye por ende a su unidad. Doble acepción que la liga además al conocer, a aquello que tiene la garantía de haber sido vivido y experimentado por uno mismo.
Otra respuesta posible, esta vez en torno a la curiosidad, es cierta condición paradójica, típicamente moderna, que hace que la intimidad exista para ser contada así como el secreto para ser revelado. Pero lo que se busca en estos relatos no es tanto su "verdad" referencial -su adecuación a los hechos- sino más bien la autenticidad de la voz que cuenta, su expresividad, sus estrategias narrativas, su presencia, como garantía de una existencia "real". Como afirma el propio Gabo en su epígrafe, "la vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla". (Y sabemos que ese cómo, para los escritores, es, inequívocamente, literatura.)
Sin embargo, y en tanto se aprende a vivir justamente por la literatura, el cine, los periódicos, la televisión, las conversaciones, antes que "por propia experiencia", esa autenticidad es en sí misma un valor: quien dice "esto me sucedió" pone el cuerpo, se ofrece en cierto modo como prueba de lo que es posible, deseable, temible... en definitiva, de esa inmensa factibilidad de la vida que contiene lo que también podría acontecernos. Esta identificación con otro, que según el psicoanálisis es esencial para la constitución del yo, es quizá la que nos lleva, siguiendo la lógica del deseo, de un personaje a otro, de una historia a otra, buscando compensar lo que nos falta. Identificación que no es necesariamente glamorosa -vidas felices, ricos y famosos, notables, triunfadores-, sino que también puede tener que ver con la debilidad, el infortunio, cierta carencia en el otro.
Pero ese despliegue incesante de vidas posibles va más allá de un espejo de la diversidad en el cual nos reconocemos o desconocemos. Contar historias es, desde la más remota antigüedad, una apuesta ética: lo que está en juego en cada peripecia son modelos de vida y vidas modelo, héroes y antihéroes, los infinitos matices entre el bien y el mal. Podemos dar entonces otra respuesta a nuestros interrogantes desde la óptica de la sociología: los géneros biográficos, por su fuerza ejemplar, aportan decisivamente a la modelización de las conductas, sentimientos, usos y costumbres, que es constitutiva del orden social. Es que el espacio privado no es sinónimo de "individual": la educación sentimental es siempre colectiva y la insistencia típica de los medios de comunicación en la mostración de la intimidad da cuenta de ello. Pero de lo que se trata hoy en la sociedad global es de dar todavía un paso más hacia la intrusión en lo recóndito, hacia lo que podríamos llamar, valga el oxímoron, una "intimidad pública".
Hasta ahora hemos propuesto mirar del lado del lector/espectador. Pero, ¿por qué escriben los que escriben relatos biográficos? (incluyendo en el "escribir" a otras formas de creación), ¿qué pasión alienta también "del otro lado", en ese deseo profundo de revelación?
Aquí las respuestas son más clásicas, tienen que ver con confesiones de escritores y énfasis de críticos, con una larga historia de practicantes de distinto tenor, filósofos, antropólogos, aventureros, estadistas... La diversidad de personajes llamados a contar su historia es tal que según algunos teóricos no podría hablarse con propiedad de un género -en el caso de la autobiografía, por ejemplo- sino que cada ejemplar crearía el suyo en una serie inacabable.
La primera razón es sin duda la búsqueda de trascendencia, el deseo de dejar huella en el mundo más allá de sí mismo, de oponer, a la repetición abrumadora de los días, la nota fulgurante del recuerdo, la vivencia, aquello que da cuenta de una singularidad. La autobiografía -ha dicho Michel de Certeau- es una especie de "necrológica por sí mismo" que intenta colonizar el propio espacio anticipándose a su posteridad. Intento de atrapar la vida que, paradójicamente, no puede evitar traer consigo la evocación de la mortalidad.
Está también el afán de poner en orden aquello que no lo tiene por sí mismo: no es "la vida", como una unidad articulada, lo que va a encontrar su sitio en la narración, sino que es esta última -la biografía, la autobiografía, las memorias- la que impondrá su orden, es decir, su forma narrativa, argumental, ética y estética, a la vida. Dicho de otro modo, la vida imita al arte y no al revés. Esta "puesta en orden", que realiza hasta el más simple relato cotidiano, es lo que comparten tanto el autobiógrafo, por ejemplo, como su lector: ambas vidas son afectadas por esa misma forma (literaria) que valora, jerarquiza, dispone en el tiempo, ilumina o deja en la sombra, en definitiva, otorga sentido.
Se podrá objetar que hay autobiografías oblicuas, desplazadas, escritas en segunda o tercera persona, equívocas, encubiertas, que no buscan la autojustificación ni el sentido y tampoco la veracidad, que juegan a las escondidas o muestran el trabajo del análisis, a la manera psicoanalítica, y que merecen mejor el rótulo de "autoficción". Es cierto: el siglo veinte, del arte a la teoría, ha sido pródigo en este tipo de ejercicios irreverentes, donde la crítica, la ironía y la parodia mostraron lo ilusorio de la unicidad del yo (ya lo decía Rimbaud: "Yo es otro"). Pero esas operaciones deconstructivas ¿no son acaso, en definitiva, búsquedas de nuevos sentidos?
Más allá del narcisismo o la irreverencia hay en juego un valor testimonial: toda autobiografía es también colectiva, habla de familias, grupos, generaciones, y en cierto sentido, de la humanidad. Pero al mismo tiempo, los géneros íntimos rescatan la vivencia de lo pequeño, lo cotidiano, como un anclaje de normalidad. Maurice Blanchot, refiriéndose al diario íntimo, señala justamente su importancia para el escritor, en tanto encuentro consigo mismo que lo "salva" de alienarse en la ficción: "Lo curioso en mi caso -cita a Virginia Woolf- es cuán poco tengo el sentimiento de vivir cuando mi diario no recoge el sedimento". Nuevamente, vivir en la escritura, el diario como lugar que cobija el excedente y la falta: lo que no pudo decirse en otra parte, lo que no tuvo ni tendrá lugar.
Pero si bien cualquiera puede llevar un diario -en ese sentido, es el más democrático de los géneros escritos- o armar su propia página autobiográfica en Internet, quizá no sospechamos que todos, aun sin saberlo y sin quererlo, escribimos, sin marca en el papel, nuestra vida en el género más extendidamente autobiográfico: la conversación cotidiana. En efecto, es en el diálogo con otros -en este caso, en la oralidad- donde esa mezcla heterogénea de sensaciones, pulsiones y memorias que nos acompaña -que nos constituye- se ordena bajo la forma del relato, la anécdota, el consejo, el chiste, el chisme, el comentario...
La conversación, género esencial para la vida, cuyo elogio quisiéramos dejar aquí como un don para nuestros lectores, pone de manifiesto algo inquietante: que nuestra vida no nos pertenece por entero, que no es solamente "nuestra", que otros, muchos otros, guardan huellas que compartimos o que nos son invisibles, facetas de nosotros mismos que se nos escapan, palabras que ya hemos olvidado, gestos, emociones... En este mismo diario, Carlos Fuentes daba prueba de ello: en sintonía con la aparición de las memorias de su amigo Gabo, tejía en varias notas su propia versión autobiográfica, su historia de recuerdos y vivencias, paralela y confluyente.
Maneras de decir tal vez que el mito del yo sólo es posible frente a un tú, no como una esencia sino como relación, y que ese tú -todos nosotros- es para y por quien existe el relato. Retomando nuestro itinerario, podríamos afirmar ahora que la multiplicidad de lo biográfico y aun, parafraseando a Gertrude Stein, esas "autobiografías de todo el mundo", que nos tienen no solamente como receptores sino también como artífices, encuentran así su dialógica razón de ser: tornar colectivo lo singular, construir un nosotros, compensarnos de la monotonía y la uniformidad, salvarnos del olvido, de la muerte, o quizá, simple -y a veces, luminosamente-, ayudarnos a engañar la soledad.