NOTA DE PRENSA

Nota: La lucidez epistolar
Autor de la nota: Juan Malpartida
Medio: La Nación
Fecha: 28/06/2008
Libro: CARTAS A TOMÁS SEGOVIA (1957-1985)
Autor del libro: Octavio Paz
Extracto:

La correspondencia de Octavio Paz con Tomás Segovia es, junto con la mantenida con Pere Gimferrer, la más importante de las publicadas del poeta mexicano. La primera carta está fechada en 1957 y la última, en 1985. Situemos a los personajes: En 1957 Paz tiene cuarenta y tres años y ha publicado El laberinto de la soledad, Piedra de sol y El arco y la lira, es decir, lo fundamental de su primera época. Tomás Segovia tiene treinta, es un poeta que despunta y un crítico culto, audaz, inteligente. La admiración de Segovia por Paz se ve rápidamente correspondida y el diálogo, a pesar de la diferencia de edad, se mantiene (es de suponer, porque las cartas de Segovia no han sido publicadas) a un mismo nivel. Paz le escribe con un cierto equilibrio personal y profesional y en todo momento trata de ayudar al joven poeta vinculándolo a escritores amigos, revistas, editoriales. Su admiración por el poeta y ensayista Segovia es paralela a su creciente perplejidad ante los enigmas vinculados a los conflictos de su personalidad.
Los artículos, poemas y cartas de Segovia suponen para Paz una feliz provocación para enfrentar su mundo intelectual. Segovia, nacido en España y criado en México, es alguien que desde un comienzo siente sus dos patrias de manera conflictiva, lo que invita a Paz a comentar su propia situación ante aspectos de México: la envidia como derivado de un nihilismo que supone el odio del débil contra su debilidad, o lo que llama la ferocidad del mexicano, que comparte con el español. Pero tampoco se siente cerca del carácter hindú. El budismo fue para Paz una crítica profunda del yo. Así, las cartas de Segovia sobre la identidad le hacen reflexionar al respecto: conocerse, afirma, es en realidad crearse. La salida del solipsismo radica en la acción del yo para reconocer, no para ser reconocido. Para Paz, el yo es indecible o inexistente, y así excluye el reconocimiento, que es siempre una afirmación de lo otro, es decir: "El yo es función del tú pero el tú no es función del yo".