NOTA DE PRENSA

Nota: Gran pasión crítica
Autor de la nota: Santiago Kovadloff
Medio: La Nación
Fecha: 03/06/2007
Libro: LOS LOGÓCRATAS
Autor del libro: George Steiner
Extracto:

Si el Premio Nobel de Literatura no coronara la trayectoria de George Steiner, mucho es lo que perdería la célebre institución que lo otorga en cuanto a capacidad de evidenciar que sabe por dónde pasa hoy lo más significativo de la literatura occidental. En la palabra de Steiner confluyen dos atributos usualmente escindidos: una infrecuente aptitud para ejercer el pensamiento y una elocuencia excepcional para transmitirlo. Steiner figura entre esos contados autores del siglo XX (Camus, Paz, Sartre, Bataille, Sontag y Magris, entre ellos), que supieron tender puentes entre campos culturales habitualmente disociados. Estos escritores embisten contra la fragmentación. Steiner lo hace de manera notable. "Estoy rodeado -anota- de enanos llenos de rencor que creen que ser especialista es en sí la vía directa de acceso a Dios."
Cuatro secciones disciplinan los contenidos de este libro. Dos de ellas, consagradas a la palabra, agrupan seis estudios. Otra, dos entrevistas sobre la trayectoria, los gustos y hábitos de trabajo de Steiner. La última alberga una de sus contadas piezas de ficción.
El lenguaje está en el centro de todas las consideraciones. Estas, a su vez, recorren un espectro temático tan amplio como puede serlo el que va desde la ponderación del lugar actual de lo teológico hasta los alcances expresivos del rock and roll; desde la significación social de Internet hasta la abolición del silencio en la vida moderna; de Edmund Husserl a Walter Benjamin.
En el trabajo que da título al volumen se caracteriza el punto de vista logocrático. Lo distintivo de la logocracia es radicalizar la subordinación subjetiva al "postulado del origen divino del lenguaje". El logos, así concebido, precede al hombre "y el uso que éste hace de sus poderes numinosos es siempre, en cierta medida, una usurpación. En esta óptica, el logócrata no es el amo del habla sino su sirviente". Steiner estima que el modelo logocrático es antiguo (el orfismo ya reconoce sus rasgos distintivos y el Cratilo de Platón aún lo convoca). No obstante, es "en nuestra época cuando ha sido formulado con mayor intransigencia". De conformidad con ella, "las formas de expresión más densamente cargadas, la poesía y el discurso metafísico y religioso, no resultarían del gobierno del lenguaje sino de una servidumbre privilegiada: la de saber oír lo que dice el lenguaje". De Maistre, Boutang y Heidegger son los voceros de la corriente logocrática que con más vehemencia la perfilaron en nuestro tiempo.
Al logocratismo, contrapone Steiner la gran Sprachmistik o mística del lenguaje. Esta da vida a una "búsqueda incansable" de la palabra fatalmente ausente. Según ella, mediante el habla se logra una enunciación tan decisiva como insuficiente de lo real. Serían expresión de sus características, entre otras obras, las de Scholem, Kafka, Levinas, Celan y Benjamin. Para esta concepción del lenguaje no hay totalización posible. Una última y fundamental disonancia impera entre lo real y el habla. Proyectada sobre lo político, ella niega autoridad a toda ideología que pretenda avasallar la libertad del hombre.
Los recorridos ulteriores que emprende Steiner en este libro no son menos cautivantes. En "Tres mitos" se ocupa de la relación entre palabra y música. "Lo melódico puro -el sentido sin significación- se enfrenta a lo significante por antonomasia: el logos empeñado en desplegar su poder clarificador, explicativo." "La música amenaza siempre con disolver la palabra, con cerrar las puertas del sentido. A su vez, la palabra pone en peligro de muerte el rechazo de toda traducción, de toda paráfrasis; rechazo que es lo propio de la música." "Hermanas para siempre enemigas" llama Steiner a la palabra y la música, más allá de su confluencia en el canto.
En "El pueblo del Libro", el autor indaga la centralidad de la Biblia en la vida y en la supervivencia de Israel. Una centralidad ya perdida pero que fue, durante largos siglos, monopolio de la tradición religiosa y jurídico-exegética. Contra ese "logocentrismo patriarcal", se alzará el judaísmo moderno. La novela, la filosofía, el psicoanálisis y la deconstrucción están entre los recursos en que apoya su rebeldía. Sin embargo, a Steiner no se le escapa que la heterodoxia reinante, saludable en tantos aspectos, ya no se identifica con el mensaje del Libro, cosa que lo induce a interrogarse sobre el porvenir del judaísmo.
En "Los que queman libros", Steiner trata de explicarse esa reiterada y siniestra costumbre totalitaria: la de convertir las palabras en ceniza. En la orilla opuesta a la de la logocracia, una logofobia radical. Hay algo indomeñable, imprevisible y angustiante en el poder descontrolado de las palabras. Los promotores de hogueras bibliográficas lo saben. "Los encuentros entre texto y percepción" son impredecibles. Con su infinita variedad de combinaciones remiten a la imponderabilidad última del espíritu.
Sin caer en el extremismo de los incendiarios, "Los disidentes del libro" se ubican con igual suspicacia ante cualquiera de las variantes de la palabra escrita. Para ellos, lo esencial no proviene de su empleo, sino de la palabra oral. Sus máximos ejemplos fueron Sócrates y Cristo. Promueven así los disidentes un nuevo campo de interrogantes e incluso de enfrentamientos. Cada una con su poder y sus propias estrecheces, la palabra oral y la escrita cumplen, bajo la pluma de Steiner, un deslumbrante periplo de intersecciones y disyunciones.
Quien haya frecuentado las páginas de Errata (1997) contará con lo esencial de la biografía de Steiner. Sin embargo, las dos entrevistas incorporadas a este libro preparan en un caso y amplían en el otro lo que en aquel libro tan bien se cuenta.
Se incluye, por último, en Los logócratas, un trabajo de ficción. Los cuentos de Steiner han alcanzado cierta difusión en castellano. Algo, no obstante, los debilita. El propio autor lo presiente y llega a admitirlo con esa franqueza casi brutal con la que suele referirse a su persona. "Mis ficciones entran en la categoría más general de esos profesores, críticos e investigadores que se complacen en ejercitarse en ellas una o dos veces en su vida". "A las cinco de la tarde", el relato aquí incluido, no desmiente esa dedicación ocasional al ejercicio narrativo. Sin dejar de ser atractivo, carece del magnetismo de su prosa de ideas. El enigma de la gracia se hace presente en este desequilibrio ciertamente involuntario. Prolífica en la reflexión crítica y especulativa, ella se muestra reticente en las obras de ficción. Pero seamos justos. No es que Steiner no sea un buen cuentista. Ocurre que es un ensayista excepcional.

 

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