NOTA DE PRENSA

Nota: La bailaora que se perdió Cervantes
Autor de la nota: Vicente Muleiro
Medio: Clarín - Revista Ñ
Fecha: 21/01/2006
Libro: LA OTRA MANO DE LEPANTO
Autor del libro: Carmen Boullosa
Extracto:

La narradora mexicana Carmen Boullosa pasó por Buenos Aires para hablar de su novela 'La otra mano de Lepanto'. Allí reelabora 'La gitanilla' de Cervantes y repasa la España fundamentalista y medieval para hablar del racismo en el tercer milenio y elaborar el impacto del 11S que vivió en Nueva York.

A ella, a la escritora mexicana Carmen Boullosa, el hotel le parece sombrío pese a que es de los más prestigiosos de Buenos Aires. Ese clima penumbroso, sin embargo, le resulta soportable, pero no la cantidad de cancerberos que, a cada rato, le preguntan si ella se aloja allí, como si portar un rostro bien latino incomodara a los custodios del hall o a los vigías callejeros enfundados en galeras y capas de película decimonónica. "A estos en México les llamamos mamones" (un plomazo en el argot mexicano), dice fuerte, para que la escuchen. Hay que explicarle que, en Buenos Aires, no toda la gente es así. "Menos mal", dice, como aliviada, antes de concentrarse para responder por un tema mucho más feliz: su novela 'La otra mano de Lepanto', que vino a presentar aquí.

- En 'La otra mano de Lepanto' hay una interrelación muy fuerte con Cervantes y específicamente con 'El Quijote'. Pero hay un homenaje y una crítica. ¿Por dónde pasaría el homenaje y por dónde pasaría la crítica?

- Sin duda hay un homenaje. Involuntario, porque yo empecé a escribir la novela sin tener a Cervantes como centro. Empecé a escribir la novela porque encontré este personaje de María la Bailaora, que es un personaje escrito en las crónicas más cercanas de la batalla de Lepanto, que dicen que iba a bordo de la galera real, y que mató, a unos con un puñal y a otros con una espada, un número considerable de tipos. ¿Qué estaba haciendo ella peleando en esta guerra religiosa entre cristianos y los aliados naturales de moriscos y los aliados naturales de todos los enemigos de esta España limpia, de esta España blanca, de esta España pura, entre los que estaban por supuesto los gitanos? Imaginé que esta persona tenía que ser hija de gitanos. Y la imaginé peleando en esta guerra histórica, monumental y en contra de sus aliados naturales. Ese personaje me había flechado: una bailaora usando un arma de guerra. No lo entendía. Entonces, la fui buscando. Derivé en 'La Gitanilla' y en Cervantes. Así quedó María la Bailaora, contada por uno de los varios Cervantes que Cervantes fue. En 'La Gitanilla', aparentemente, es un racista, porque esta mujer, que es bella, inteligente, excepcional en todo sentido, y gitana, al final no es nada de eso porque resulta que tiene la sangre limpia, es hija de cristiana.

- Por lo cual Cervantes aparece como racista.

- Y también su personaje que justifica la belleza de la gitanería pero que finalmente no existe. Entonces, me gustó pensar que mi personaje era el mismo de Cervantes y que yo iba a contar la verdadera historia de esta gitana, como Cervantes no la pudo contar. Porque la misma identidad de Cervantes, a su vez, no está tan clara: él mismo nació en la judería, tuvo que salir -no sabemos bien por qué- cuando tenía veintiuno o veintidós años, de España. Casualmente hay una orden judicial en contra de un hombre que se llama exactamente como él -Miguel Cervantes-, a quien la justicia ha ordenado que se le corte una mano por un crimen que tendría que ver con una sexualidad heterodoxa. Salió huyendo, no sabemos qué pasó con su mano, no sabemos si la perdió ahí. No lo sabemos.

- Su crítica tendría que ver con una ideología ligada a la limpieza de sangre.

- Y con la que Cervantes tenía que coquetear. En defensa propia, porque él era un pobre diablo, perseguido por la pobreza y por la mala suerte, que vivió en una familia, bueno, por lo menos disfuncional, donde las mujeres se prostituían o tenían tratos con hombres para que les dieran cosas para sobrevivir.

- ¿Cómo es el doble discurso en Cervantes?

- Él hacía un manejo doble para su propia supervivencia. En el caso específico de la novela ejemplar 'La Gitanilla', el juego doble se vuelve simple: él vota por el lado de los cristianos. En el caso de 'El Quijote', vemos muchos juegos dobles, y a veces juegos simples. Digamos que ideológicamente, él va de un lado a otro.

- Bueno, y en esa complejidad está la riqueza.

- Una inmensa riqueza.

- Se nota que podía o quería habitar en distintos lugares.

- Por un lado habita en distintos lugares, y por otro lado, él tiene que protegerse, porque muy fácilmente se volvía un perseguido, estaba en la orilla. Nunca consiguió estar del lado del perseguidor como sí lo estuvo Lope de Vega que fue oficial de la Inquisición. Lope presenció autos de fe y del lado de los que quemaban. Pero, en Cervantes, hay una especie de ping-pong, también el elogio del mundo árabe. Para empezar, 'El Quijote' sería un escrito del árabe. Entonces la obra mediterránea por excelencia. 'El Quijote' es el espacio donde la batalla de Lepanto no ocurre, donde no hay un enfrentamiento violento entre los árabes y los cristianos.

- Pareciera que 'El Quijote' es mejor que su autor, Cervantes, y que el personaje Alonso Quijano es el mejor Cervantes posible.

- Lo es.

- Hay otro juego donde María la Bailaora se opone a la visión de la mujer que sí hay en 'El Quijote'. Sería una especie de contra Dulcinea.

- Pero, por suerte, Dulcinea no es la única mujer de 'El Quijote'. También hay una versatilidad femenina. Ante Dulcinea, ante el amor, el Quijote aparece como el católico absoluto. El que ha leído las palabras de los Evangelios y cree de verdad que el cuerpo es el mal. Y él abandona su cuerpo, y abandona a esa mujer y arma un romance completamente espiritual. El romance católico llevado a la caricatura. Y María la Bailaora, en cambio, es pura carne, es lo contrario, porque ella es un personaje real.

- ¿Trabajó el lenguaje del Siglo de Oro para escribir?

- Me inventé un habla artificiosa que me fuera natural, en la que la historia pudiera salir y en la que mi estado de ánimo tuviera cabida. Porque toda mi novela es sobre mi estado de ánimo, y el estado de ánimo no era sólo el de una autora -yo-, sino el estado de ánimo de la ciudad donde vivía. Porque yo estaba en Nueva York el 11 de septiembre de 2001. Y lo que me llamó la atención fue la entrada al nuevo siglo con las guerras religiosas y los nuevos atisbos de nacionalismo y ese fundamentalismo religioso ligado a la nación. También los discursos del señor Bush, que eran inverosímiles, y al mismo tiempo, la posible existencia de Al Qaeda y la justificación de los ataques. Por un lado, la invasión de dos naciones -primero Afganistán y luego Irak-, y por el otro lado, bueno, tirar las Torres Gemelas y poner bombas a trenes, algo que yo no me imaginé que tuviéramos en las narices -y ya lo teníamos en las narices-.

- ¿Se conectó con el siglo XVI para hablar del racismo como una pulsión primaria?

- No diría eso. Lo que sí diría es que la primera nación moderna que se enfermó de la locura de un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo, una sola nación, es España. Y que los autores que yo adoro son los que nacieron a la sombra de la pesadilla de la sangre limpia: Lope de Vega, Cervantes, Quevedo, Góngora. Eso se combinó con mi desconcierto ante la realidad.

- En su novela están los enfrentamientos políticos basados en la etnia. Pero hay un fuerte rescate de la convivencia.

- Es ese mundo mediterráneo donde todos conviven con un mismo flujo cultural, con sus vaivenes, todos beben del mismo mar salado. Pero lo religioso complica las posibilidades de convivencia con su estricta ligazón al poder. Los de Alá porque querían demostrar que Alá era más fuerte porque estaba en expansión el imperio otomano. Y España ensamblaba la cruz y la espada por las mismas razones.

- ¿Hubo una intención de acudir a los materiales de la historia para hablar del presente?

- Empezó como una operación conciente, pero al mismo tiempo era una operación amorosa porque el personaje me resultó irresistible. Caí en ese personaje porque estaba buscando claves para entenderme, para entender mi ciudad, la situación en la que estaba. Vivo a dos cuadras de la mezquita más grande de este continente, en Brooklyn, oigo sus rezos y sus cantos si abro las ventanas de mi casa. Y cuando ocurrió lo del 11 de septiembre, vi las patrullas cazando árabes o defendiendo a los árabes de los locos blanquitos que habían ido a arrojar piedras a las tiendas.

- En su novela hay un sobrevuelo permanente de la alegría en medio de la fragilidad, una apuesta para no aceptar, sin más, lo sombrío.

- Bueno, la novela cuenta una historia siniestra, violenta, llena de heridos, de muertes, pero la lengua está cargada de alegría vital. Yo disfruté mucho escribiendo la novela, releyendo a nuestros clásicos, jugando con ellos, jugando también con las referencias árabes que hay en el libro, poblando la novela de personajes de Cervantes o de personajes de libros que yo creo que leyó Cervantes, o de personajes de la época, desde Juan de Austria hasta Juan Latino, el académico negro que había en Granada. Entonces, digo, salen muchos personajes en la novela que yo usé como un juego, que fue para mí un placer enorme. Más un romance con María la Bailaora, que fue de verdad muy grande, y que era un romance casi como de madre, porque yo sentía compasión por el personaje, sentía admiración, sentía deseos de protegerla y sabía que era imposible protegerla. Y sentía una forma de deseo por el mundo al que ella correspondía.

- Esta es la primera novela que presenta en la Argentina. ¿Qué hay hacia adelante?

- Terminé la novela a fines del 2003 e inmediatamente escribí otra, que terminé; y otra. Y ahora estoy trabajando en otra más. Esta novela me llenó de vitalidad literaria.