NOTA DE PRENSA

Nota: Paul Ricoeur, una filosofía del diálogo
Autor de la nota: Mónica Cragnolini
Medio: La Nación
Fecha: 29/05/2005
Libro: LA MEMORIA, LA HISTORIA, EL OLVIDO
Autor del libro: Paul Ricoeur
Extracto:

El gran filósofo francés, fallecido el 20 del actual a los 92 años, fue uno de los pensadores más importantes del siglo XX. Su prolífica obra busca conciliar la fenomenología y la hermenéutica y se interna en la exégesis bíblica con profunda originalidad. Fue un hombre apasionado por el conocimiento, que se opuso a la trajinada "muerte del sujeto" y señaló la necesidad de rescatarlo, sobre todo en el ámbito de la moral.

La filosofía se hace de muchas maneras: el modo en que Paul Ricoeur hizo filosofía tal vez represente uno de los modos más amplios y dialogantes del pensar contemporáneo. Cuando se recorren las páginas de la obra de Ricoeur pareciera que no existe línea filosófica que no haya sido tenida en cuenta, en el momento de plantear una cuestión problemática. Y esto, hecho con un estilo de tal claridad expositiva que siempre genera el asombro: ¿cómo es posible, se pregunta el lector, confrontar posiciones tan diversas, exponerlas tan claramente, y recoger "lo mejor" de cada una de ellas para plantear la siempre continuada vitalidad de los problemas filosóficos? Sumado a un estilo sobrio y mesurado, casi como un oído respetuoso a la palabra -a la escritura- del otro, todo esto revela a Ricoeur como lector atento de las posiciones más diversas. Estilo mesurado que es escritura de un conocimiento casi desmesurado, abarcador de extensos ámbitos de corrientes, autores, textos, archivos: psicoanálisis, estudios bíblicos, filosofía, historia, literatura, semiótica.

La sobriedad y la mesura expositiva no dejan de ser "pasiones filosóficas": en ellas se lee el amor por la reflexión y la necesidad de encarar los problemas, con esa demora del pensar que respeta lo otro y al otro. Esa mesura se hace evidente también en el modo de referirse al dolor: en su 'Autobiografía intelectual' ('Reflexion faite') dos escenas dolorosas son relatadas con un signo de sobriedad que asombra. Una escena es la del cautiverio en distintos campos de Pomerania, en la Segunda Guerra Mundial: hecho prisionero de guerra, Ricoeur recuerda esos momentos como "la ocasión de una experiencia humana extraordinaria". Relata entonces las lecturas compartidas (entre ellas, las de Jaspers junto a Mikel Dufrenne, con quien luego publicaría un libro, 'Karl Jaspers y la filosofía de la existencia', en 1947) y la experiencia de enseñanza improvisada. La otra escena es la del suicidio de su cuarto hijo, en 1986, escena de un "Viernes santo de la vida y del pensamiento": un resquebrajamiento de su existencia que inicia, desde ese momento, un duelo interminable. En este duelo, la pregunta acerca del por qué, mitigada con la afirmación de la no intención de hacer mal a su familia por parte de su hijo, y por la constatación de la soledad de su conciencia en este acto, se presentan al lector con una discreción admirable.

Ricoeur inicia su labor filosófica en el ámbito del existencialismo cristiano, junto con Mounier, y los demás autores nucleados en torno a la revista Esprit. Sus intereses comienzan tempranamente a abarcar campos muy diversos, que van desde el psicoanálisis a la exégesis biblíca. Pero en el ámbito francés de la discusión fue casi ignorado hasta los años 80: la publicación en 1965 de su obra sobre Freud ('De la interpretación, ensayo sobre Freud') no fue bien recibida, sobre todo por su no referencia a Lacan, figura central de la escena del momento. Por otro lado, su participación en los acontecimientos de mayo del 68 junto a los estudiantes generó un efecto contraproducente. Ricoeur había sido profesor de filosofía general en la Sorbona y había dirigido junto a Jacques Derrida un seminario de fenomenología, pero en 1967 abandonó esta institución para participar en la creación de una nueva universidad, en Nanterre, animado por la vocación de una comunidad profesores-estudiantes en la que las relaciones fueran menos anónimas. Aceptó, entonces, la designación como decano de la Facultad de Letras, pero debió renunciar en 1970, con la sensación de fracaso ante su misión de pacificación autoridades-estudiantes, y se trasladó a la Universidad de Lovaina. Retornó a Nanterre (luego París-X) tres años después y permaneció allí hasta 1981. Como en el caso de Derrida, su vida profesional se desarrolló en buena parte en los Estados Unidos, en las Universidades de Chicago y Yale.

Para caracterizar la trayectoria del pensamiento de Ricoeur, es posible recurrir a las tres grandes fuentes que él reconoce como elementos fundamentales del mismo: la filosofía de la reflexión concreta, la fenomenología y la hermenéutica. En la primera línea, inspirada en Jean Nabert, la búsqueda del espíritu necesita recurrir a las obras en las que el mismo se afirma y "concreta": los símbolos, los mitos, los monumentos, los textos. En esta reflexión que se hace "concreta" está presente una crítica a la filosofía heideggeriana (inspiradora de su línea hermenéutica), que se evidencia en la sustitución de lo que Ricoeur llama "la vía corta" de la reflexión en torno al existente humano, por la "vía larga": la que estudia al yo, no desde el encierro de su interioridad, sino haciéndose presente en sus obras. La presencia de la fenomenología (Husserl es aquí el referente) se patentiza en su interés por ir "a las cosas mismas", mientras que la hermenéutica, como filosofía de la interpretación, se muestra en el interés ricoeuriano por la pluralidad de lecturas posibles.

En este trayecto por distintas posiciones filosóficas, Ricoeur hace evidente el carácter de diálogo de la filosofía, un diálogo que, si bien toma algo de cada posición por la que transita y confronta, no concluye ni cierra las cuestiones. La idea de la vía larga, antes aludida, va a significar un largo camino para el pensamiento ricoeuriano, ya que implica un pasaje del yo por mitos, símbolos, metáforas, textos. En confrontación con el estructuralismo -propio de la época en que comienza a publicar sus obras-, Ricoeur niega la tan anunciada "muerte del sujeto" (sujeto que en el estructuralismo desaparece a favor de las estructuras), y señala la necesidad de un retorno al mismo. Pero este retorno no se realiza por una reflexión en la interioridad, sino por un pasaje por "lo otro" del sujeto: las obras del yo.

Ricoeur ha utilizado la expresión "maestros de la sospecha" para referirse a Freud, Marx y Nietzsche, retomando la idea nietzscheana de que el dolor es un maestro que nos hace sospechar. Los tres "maestros" han dado un golpe de gracia al yo moderno, que desde Descartes se postulaba como autofundado y transparente a sí mismo: las heridas infligidas a ese yo lo colocan en la posición de un yo quebrado que llega a ser declarado "muerto" en algunas posiciones filosóficas de los años 60 y 70. Entre el yo cartesiano y el yo criticado por Freud y Nietzsche se ubica Ricoeur, reconociendo la importancia de la crítica a la subjetividad, pero también, la necesidad del sujeto (sobre todo, en el ámbito de la moral).

Cuando pensamos en el yo, suele aparecer la idea del "tú" que está en diálogo con él: sin embargo ese diálogo es posible en un marco de impersonalidad: en el "él", en la tercera persona de la institución y la tradición. Instituciones y tradiciones se conforman a partir de mitos, símbolos y textos fundadores. En este pasaje por la vía larga, las obras de Ricoeur de los años 60 abordan la problemática del símbolo (analizando simbólicas y metáforas) y las obras de los años 70 y 80 se preocupan por la cuestión del texto, para retornar entonces a ese yo, ahora enriquecido por todo este pasaje por sus obras, y plantear la cuestión de la identidad.

"El símbolo da que pensar": siempre parece decir algo más y por ello impulsa al pensamiento en una tarea de interpretación que se torna infinita. Esta tarea supone una dialéctica entre una arqueología (una labor crítica desmitologizante, a la manera psicoanalítica) y una escatología que respeta el carácter esperanzador del símbolo. El yo se encuentra entre el inconsciente y lo sagrado, en ese lugar intermedio.

Los símbolos se estructuran de manera narrativa conformando mitos y generando metáforas: la labor de Ricoeur en estos temas ha sido fundamental, sobre todo desde su concepción de la "metáfora viva". La metáfora viva es la que innova sentidos por "impertinencia semántica": es decir, frente a la referencia habitual de un término, la metáfora genera una nueva referencia, y frente al sentido literal, una nueva pertinencia semántica, que se torna "impertinente" con respecto al sentido literal. El lenguaje poético no es simplemente una forma de decir "de otro modo", sino que es una forma de "decir más": hay una plusvalía de sentido que está generada por esa operatoria semántica de la metáfora.

Estas temáticas se articulan en torno a la problemática del texto en los tres tomos de 'Tiempo y narración', en los que Ricoeur configura la idea de "identidad narrativa". Ese yo que se buscaba en sus símbolos, se lee ahora en los textos. Esos textos que leímos, interpretamos y amamos nos abren un mundo de referencias nuevas y la ficción nos permite comprender nuestra vida como historia y nuestra identidad como una narración. "Lector, yo no me encuentro más que perdiéndome": así como el yo debía reencontrarse a través de mitos y símbolos, de modo similar, "perdiéndome" en los personajes de ficción de los textos que leo, y por las variaciones imaginativas en torno a mi yo, a partir de esas nuevas experiencias, constituyo mi identidad.

La noción de identidad narrativa le permite a Ricoeur, en 'Sí mismo como otro', el pasaje hacia las cuestiones éticas, que lo preocuparon de manera constante en sus obras. En estas preocupaciones, su veta cristiana se hace evidente en la necesidad de respeto a la regla de oro. Con el marco del respeto al otro, las situaciones conflictivas con las que nos enfrentamos permiten pensar en el "juicio moral en situación", es decir, el juicio que atiende a las necesidades de cada caso concreto, pero con el imperativo de que el mal "es lo que no debe ser".

Hay quienes consideran que 'La memoria, la historia, el olvido', publicado en el 2000, es el "testamento" intelectual y moral de Ricoeur. En esta obra se preocupa por el tema de las representaciones que tenemos del pasado y las cuestiones de la memoria y el olvido. Apabullado por los excesos de memoria y los abusos del olvido, Ricoeur se coloca nuevamente en una postura "intermediadora" de una política de la justa memoria, que supone un análisis de las posibilidades del perdón. "Perdón difícil" que Ricoeur reconoce como el "tormento" en su pensamiento en torno a esta temática: la infinita desproporción entre la profundidad de la falta y la altura del perdón.

Un pensamiento que confronta posiciones diversas no podía sino terminar en una filosofía del reconocimiento y del don. 'Parcours de la reconnaissance' ('Recorrido del reconocimiento', 2004) es el título de una de las últimas obras publicadas por Ricoeur. En una entrevista realizada en torno a esta obra, Ricoeur recuerda el valor de la alteridad y el hecho de que ninguna subjetividad puede realizarse sin el otro, sin el reconocimiento del otro. Este reconocimiento necesita de la distancia, más que de la fusión que confunde, y por eso este libro finaliza con una cita de Montaigne, en la que responde por su amor de amistad hacia La Boétie, señalando que lo único que puede decir es que lo amaba porque "él era él y yo era yo".

De esta sobria distancia, que es respeto al otro, Ricoeur nos ha legado múltiples ejemplos con su obra. En su constante posición "mediadora" entre posturas confrontadas, en las que algunos han leído "eclecticismo", tal vez se pueda leer a un hombre apasionado por el conocimiento y las problemáticas filosóficas, intentando encontrar, a través del diálogo de las posiciones, elementos para contrarrestar el mal y para hacer de la filosofía, también como forma de actuar sobre la realidad que debe ser criticada, "una meditación de la vida y no de la muerte", como quería Spinoza.