NOTA DE PRENSA

Nota: La verdad del pasado
Autor de la nota: Ramón Rodríguez
Medio: La Nación
Fecha: 26/09/2004
Libro: LA MEMORIA, LA HISTORIA, EL OLVIDO
Autor del libro: Paul Ricoeur
Extracto:

Hace ya bastante tiempo -algo más de veinte años- que la obra de Paul Ricoeur goza de un reconocimiento generalizado. Sin embargo, a diferencia de otros filósofos franceses de su generación, este estatus público no ha sido un logro inmediato, sino lento y paulatino, a golpe de trabajo y de libros cada vez más insustituibles. El reconocimiento ha sido para Ricoeur un fruto maduro y no un crédito anticipado. Tras sus grandes ensayos programáticos sobre el cometido de la hermenéutica de los años sesenta y setenta ('De la interpretación. Ensayo sobre Freud', 'El conflicto de las interpretaciones' y 'Del texto a la acción'), fueron los tres volúmenes de 'Tiempo y narración' y 'La metáfora viva' los que cimentaron la fama de Ricoeur como pensador fiable, cuya reflexión se basa en un trabajo inmenso de lectura y en una mesura interpretativa muy alejada del gesto retórico y de la fórmula mediática, tan propia de su medio.

Con la publicación de 'Sí mismo como otro' (1990), parecía que lo esencial de su proyecto filosófico alcanzaba su punto final, pues la hermenéutica del "yo" representó siempre para Ricoeur, a diferencia de la tradición reflexiva de la filosofía francesa, la etapa última, el término del largo recorrido interpretativo por las grandes formas culturales en medio de las que el sujeto vive, y no el inicio absoluto, al modo cartesiano. Sin embargo, diez años después, con casi noventa años, Ricoeur entrega a la imprenta un nuevo trabajo con pretensiones de gran obra.

'La memoria, la historia, el olvido' tiene la estructura típica de sus grandes libros: una localización y un acotamiento pulcros y precisos de los problemas que afronta, un cuidadoso trazado del camino por seguir, un examen largo y minucioso de las múltiples lecturas que, como jalones del trayecto, proporcionan el material de la investigación y que siempre constituye la parte del león; por último -lo que sigue siendo, a mi entender, su punto más débil-, la interpretación propiamente dicha, la propuesta teórica propia, resultado del cruce de las perspectivas afrontadas y del largo recorrido hermenéutico.

¿Cuál es la pretensión de 'La memoria, la historia, el olvido'? Si la miramos desde el ángulo de su encaje en el conjunto de su obra, Ricoeur declara que viene a cubrir una laguna en el modo como en 'Tiempo y narración' y en 'Sí mismo como otro' se trataba la experiencia del tiempo y la actividad narrativa; la escasa atención que allí se prestaba a la memoria y al olvido como elementos esenciales de nuestro ser temporal y de la identidad personal y colectiva pretende ahora subsanarse. Pero esta razón interna se desvanece a lo largo de la lectura de las páginas de 'La memoria, la historia, el olvido'.

El extraordinario lector que es Ricoeur, siempre atento al pensamiento que lo rodea, y la preocupación cívica, política, en el mejor sentido de la palabra, que siempre ha movido su trabajo, dejan traslucir que la preocupación por el papel público de la memoria, que embarga a la cultura contemporánea, es el verdadero motor del libro. Ricoeur no podía dejar de hacer su propia lectura del fenómeno, tan acusado hoy, de que la memoria se sitúa en el centro de las referencias, no sólo políticas, sino literarias (es un hecho que la mayoría de los creadores actuales, cuando hablan de su propia labor, acentúan más el papel de la memoria que el de la imaginación). Este papel central de la memoria, tanto más llamativo cuanto que la sociedad de la imagen y de la información es esencialmente ahistórica, es el tema del libro. Ricoeur lo trata con la morosidad y el recorrido largo característicos de su estilo: una fenomenología de la memoria, destinada a destacar sus rasgos básicos en diálogo con Husserl, Aristóteles y Bergson, un detenido estudio sobre la continuidad/ruptura entre memoria e historia y un examen de la prueba que para ambas significa el olvido.

A pesar de la sensación de dispersión que en el lector deja el método de Ricoeur de enfrentar, cruzar y dejar que mutuamente se provoquen en cada paso las diversas interpretaciones a las que acude, hay una tesis central que recorre el libro: que la memoria, con su intrínseca exigencia de fidelidad, de devolver la verdad del pasado -pretensión que aparece nítidamente en el momento, que Ricoeur privilegia, del reconocimiento, del "¡era así!", que nos implica como testigos-, es la matriz de la historia. Tal tesis requiere, claro está, una discusión del papel de la ciencia histórica como depositaria fundamental del saber del pasado; más concretamente, en qué medida la historia corrige y suple las debilidades de la memoria, o termina, simple y llanamente, por hacerla superflua.

Las numerosas páginas dedicadas a esta cuestión (¿es, siguiendo la imagen del Fedro platónico, el fármaco de la historia remedio o veneno?) son, desde el punto de vista teórico, de lo más interesante del libro y constituyen una prolongación del tercer tomo de 'Tiempo y narración'. Desde el punto de vista práctico, es, sin embargo, el intento de llegar a una "política de la justa memoria", a una "memoria feliz", lo que da alas al lector para proseguir el largo trayecto al que Ricoeur lo somete.

Los abusos contemporáneos de la memoria, la tendencia de todos los poderes a gestionar la memoria y el olvido, pasan al primer plano de la reflexión. La filosofía no puede dejar de llevar a cabo una crítica del deber de memoria, cuando éste conduce a establecer rasgos oficiales del pasado colectivo, como en todo totalitarismo, o a esa "obsesión conmemorativa" de los gestores político-culturales actuales, o a la tendencia, no menos actual, que ya denunciaba Todorov, al victimismo, obligando al otro al papel de deudor permanente (¡qué bella idea de Ricoeur: contra el victimismo de la rentabilidad está la prioridad moral de la víctima que es el otro!)

Frente a los abusos de la memoria, tiene un papel insustituible la crítica histórica, pero también la ilustración individual, la lucha por no dejarse administrar el uso de la memoria (lucha de la que, por cierto, disponemos ahora de un estremecedor ejemplo en los diarios de Victor Klemperer): "La responsabilidad de la obcecación recae sobre cada uno. Aquí el lema de las 'Luces sapere aude!', ¡sal de la minoría de edad!, puede reescribirse: atrévete a crear relato, a narrar, por tí mismo".

El libro termina con un epílogo excepcional, literariamente la pieza más acabada: un ensayo sobre el perdón. Una original manera de revisar, con la mediación de la noción de culpa, una noción ajena a la estructura de la memoria, toda la referencia al pasado que el engranaje memoria-historia-olvido ha puesto en juego.