NOTA DE PRENSA

Nota: La memoria de la historia
Autor de la nota: Silvia Hopenhayn
Medio: La Nación
Fecha: 21/08/2004
Libro: LA MEMORIA, LA HISTORIA, EL OLVIDO
Autor del libro: Paul Ricoeur
Extracto:

Hay algunas disciplinas que surgen como invención retórica y que terminan esparciendo sus conceptos entre profesionales de poca monta que ratifican sus funciones con terminologías caducas. La semiología -o semiótica, según el lugar de su nombramiento-, hoy en día ha perdido su consistencia académica y aparece, en cambio, en boca de diseñadores o publicistas advenedizos, que argumentan "porque la semiótica de esta imagen..." o "la semiología del mensaje...". Recordemos la definición clásica de Ferdinand de Saussure (además del aporte fundacional de Charles S. Peirce): "La semiología es el estudio de los signos en el seno de la vida social". Nuestra sociedad actual, abarrotada de signos y, sin embargo, cada vez más desprovista de sentidos, debería darle una nueva oportunidad a una teoría casi poética de la convivencia humana, cuyo último gran héroe -romántico, por cierto- fue Roland Barthes.
Más allá del pródigo cortejo de nociones que esta disciplina inyectó en las ciencias sociales, quedan también algunos voceros que la mantienen viva (o camuflada). Uno de ellos es Paul Ricoeur, filósofo intrépido que concilia lo ya pensado con la realidad incipiente. En su nuevo libro, 'La memoria, la historia, el olvido', convoca a otros semiólogos conversos como Tzvetan Todorov o Marc Augé para restaurar ideas constitutivas de la sociedad actual. Ricoeur examina los conceptos vinculados al historicismo, desmenuzando las estrategias del hombre para soportar e incluso gozar del presente.
En lo que él llama "nivel práctico: la memoria manipulada", da cuenta de distintos niveles de fragilidad del hombre, el primero de todos, referido a la dificultad de asumirse en el tiempo, convirtiéndose entonces la memoria en el componente temporal de la identidad. Pasa por Nietzsche, dobla en Freud, retoma en Heidegger y se detiene en "las formas del olvido" de Augé: "Para retornar al pasado, hay que olvidar el presente, como en los estados de posesión. Para reencontrar el presente, hay que suspender los vínculos con el pasado y el futuro, como en los juegos de inversión de roles. Para abrazar el futuro, hay que olvidar el pasado en un gesto de inauguración, de recomienzo, como en los ritos de iniciación".
Esta propuesta, móvil, dialéctica, incita a viajar por el tiempo sin recurrir a ninguna máquina, despojado de temores y absuelto de remordimientos. Pero luego Ricoeur se pregunta: ¿así como hay recuerdos que nos alegran, es posible tener un olvido feliz? ¿O es tan sólo un recurso para alivianar una pena? El autor prefiere disentir de la dicha, para restaurar la memoria a través del duelo y otorgarle a la Historia su estatuto de verdad. Un olvido feliz sería un descuido del prójimo, ya que "hay que ser dos al menos para olvidar, es decir, para administrar el tiempo". Y continúa: "El poder de hacer memoria es fundamentalmente una figura del cuidado, esa estructura antropológica de base de la condición histórica."
Ricoeur no aglutina conceptos, sino que abre espacios; por eso prefiere terminar su itinerario con Kierkegaard, en su elogio del olvido como liberación del cuidado, al preguntarse esta vez si "no cabría una forma suprema del olvido, en cuanto disposición y manera de estar en el mundo, que sería la despreocupación". Quizá sea una pregunta vana la del filósofo, que tan sólo envidia o tutela esa libertad del poeta, más afín a los niños que a los que vivimos preocupados por ellos.