NOTA DE PRENSA

Nota: En primera persona
Autor de la nota: Guillermo Saavedra
Medio: La Nación
Fecha: 16/11/2003
Libro: DEBERES Y DELICIAS
Autor del libro: Tzvetan Todorov
Extracto:

Entre los usos más riesgosos de la primera persona, las conversaciones de escritores con un interlocutor cómplice ocupan un lugar destacado; tal vez porque somos herederos de un siglo que nos ha enseñado a mirar con suspicacia cualquier discurso que comience con la palabra "yo".
Alguien tan familiarizado con las trampas que plantea esa situación como el lingüista, filósofo e historiador búlgaro Tzvetan Todorov (Sofía, 1939) no pudo ser inocente, pues, a la hora de aceptar la invitación de la investigadora francesa Catherine Portevin a repasar su vida y su trayectoria intelectual en una serie de entrevistas. Todorov no ha salido del todo indemne de ese movimiento, pero eso es precisamente lo que vuelve apasionante y polémico este libro.
En 'Deberes y delicias', Todorov no evita ninguna de las tentaciones de la primera persona. Habla sobre su vida y sobre sus posiciones intelectuales pasadas, desde un presente que, inevitablemente, las distorsiona. Opina sobre hechos, obras, ideas e intelectuales desde una subjetividad casi siempre interesada en justificar sus propias convicciones actuales. El mismo lo advierte, en el epílogo: "Hay que suponer un cierto grado de complacencia cuando se acepta hablar de uno en público (o en privado). Aun cuando creo que envanecerse es infantil, mi autodescripción no podría ser realmente crítica, hay que saberlo de entrada. Otro peligro, otra ilusión óptica, es el azar disfrazado de necesidad. Como cualquiera, al contar mi vida, le impongo una forma, busco una razón para todo y olvido aquello que trastocaría mi relato", afirma.
Y allí reside, paradójicamente, el atractivo, no porque esa forma de enunciación sea la más adecuada sino porque en sus afirmaciones dice tanto de los otros como de sí mismo; y, sobre todo, porque este hombre que recuerda, analiza y juzga es uno de los intelectuales que más contribuyeron a revolucionar la teoría literaria y la reflexión sobre la cultura a partir de ese movimiento heterogéneo y polémico que se dio en llamar estructuralismo.
Introductor del pensamiento de los formalistas rusos y del teórico Roman Jakobson, Todorov desarrolló en la intensa década de 1960 en Francia una actividad a través de la cual, al tiempo que eludía los peligros y las restricciones de su país de origen, ubicado dentro de la esfera soviética, se iba haciendo de un lugar en el exigente campo intelectual de su país adoptivo.
En los años siguientes, Todorov fue alejándose cada vez más de los estructuralistas y posestructuralistas, hasta definir una posición más moderada: capaz de reconocer la necesidad de renovar toda una tradición teórica y pedagógica anquilosada, pero reacia a renunciar a la ética en beneficio de una presunta autonomía del arte y la literatura. Y es precisamente esa parábola intelectual la que describen estas conversaciones: el modo en que ese "campesino del Danubio", como se autodefine con hiperbólica modestia, fue convirtiéndose en el "hombre desplazado", tal es la expresión con que se refiere a sí mismo desde el título de uno de sus últimos libros. El sedicente campesino llegó a Francia para olvidar por un tiempo el horror del autoritarismo con sus miserias morales e intelectuales. El intelectual reconocido por sus pares supo, a su vez, que había logrado una voz y un pensamiento propios gracias a que pudo entender que al renunciar a su país de origen no se convertía en un auténtico francés.
Con una claridad expositiva que, por sí misma, lo distancia de la mayoría de los intelectuales franceses, Todorov desarrolla a lo largo del libro una considerable cantidad de cuestiones en las que se van tramando, a veces sin solución de continuidad, circunstancias biográficas y diversas instancias de su pensamiento.
Desde luego, ni Todorov ni su inteligente interlocutora suponen que la relación entre vida y creación intelectual es sencilla: en cada caso, ambos contextualizan y matizan los modos en que la vida fue dejando su huella en la obra y cómo ésta ha querido a veces ser una respuesta simbólica a ciertos avatares biográficos.
Al cabo de la lectura, se hace evidente que la circunstancia decisiva en la vida de Todorov fue el haber crecido en un país del bloque soviético que por entonces aún conservaba rastros de los quinientos años de dominación turca. La vida bajo un régimen que el autor define sin ambages como totalitario y en un país con un considerable complejo de inferioridad respecto de la Europa occidental lo predispuso, según él, a distanciarse de la política, primero y, más tarde, a asumir un humanismo incondicional que, al igual que en el caso de Georges Steiner, se manifiesta como una defensa irrestricta de ciertos principios: no resignar la búsqueda de la verdad, -aunque ésta, en literatura, suela no ser unívoca-, ni abandonar una perspectiva ética a la hora de reflexionar sobre las diferentes culturas.
Es sobre todo en el relato de sus años en Bulgaria y de sus primeros tiempos en Francia donde uno tiende a desconfiar más de las afirmaciones del entrevistado: sus propias palabras debilitan en parte su afirmación de haber estado casi desde siempre en desacuerdo con la cosmovisión del régimen comunista; y hay un esfuerzo exagerado por ubicarse siempre en la posición más lúcida en su evocación de los años fervorosos del París que consagró en Mayo del 68 el inconformismo de una nueva generación. Por otro lado, en su afán de ecuanimidad bien pensante, llega a considerar tan escrupulosamente las razones de cada cual que, por ejemplo, se permite insinuar que la intervención estadounidense en Vietnam tal vez no haya sido del todo injusta.
Más allá de estas objeciones -que podrán no ser tales para otros lectores-, resulta admirable el despliegue de un pensamiento dispuesto a la crítica desde un lugar intransigentemente moderado; una reflexión que se aplica a cuestiones centrales de la historia, la política y la cultura: la conquista de América, el comunismo, la democracia, el estructuralismo, el sentido del arte, la memoria colectiva e individual, los derechos civiles y, por supuesto, la literatura como una instancia privilegiada para pensar esos asuntos.
Esa amplia agenda de preocupaciones es recorrida por Todorov con una sutil predisposición a los matices y una aristotélica sospecha de que los contrarios suelen estar muy cerca. La cuidadosa traducción de Marcos Mayer contribuye a que esa sutileza llegue hasta nosotros intacta en su desafiante y polémica lucidez.