NOTA DE PRENSA

Nota: La carne de los signos
Autor de la nota: Gonzalo Aguilar
Medio: Clarín
Fecha: 16/09/2001
Libro: FARABEUF
Autor del libro: Salvador Elizondo
Extracto:

En los últimos años, la novela Farabeuf, de Salvador Elizondo, se había transformado en un clásico inhallable y secreto de la literatura latinoamericana. Ser un clásico secreto es, en cierto modo, una paradoja, pero esta figura no es inapropiada cuando se trata de definir una obra rigurosa en cuyo centro están la contradicción, la imposibilidad, la conjetura, el acertijo matemático y las antítesis. Con la reedición de sus libros, la paradoja se disipa: Elizondo es ahora un escritor accesible, rescatado de la narrativa de los 60 que lo vio surgir pero también lo había condenado a ser un autor fechado. El programa de publicaciones se inicia con estos dos libros: la novela 'Farabeuf' (1965) narra una historia de amor entreverada con la ejecución pública de un condenado, ocurrida en Pekín a principios del siglo XX, y 'El grafógrafo' (1972) es una serie de piezas de diversa índole (apólogos, ensayos, tratados breves) que rodean el tema del lenguaje como herramienta de la literatura.
Valorada desde la actualidad, la prosa mexicana de los años 60 resulta al menos admirable. [...] En 1965, la publicación de las novelas 'Gazapo', de Sáinz, y 'Farabeuf', de Elizondo confirmó que había dos tendencias en el panorama literario mexicano: los adeptos a la "onda", como Sáinz, y los cultores de la "escritura": Elizondo, Pacheco y Leñero. Mientras los primeros pretendían conectar la literatura con la contracultura, los estados alucinatorios y las jergas juveniles, los segundos se replegaban hacia la escritura como campo de todas las experiencias posibles. Los textos de estos últimos se caracterizaban por su despojo y sobriedad, la tendencia a la descripción y su carácter teórico. Como señaló la crítica mexicana Margo Glantz, había en ellos una "preocupación por escribir escritura, por destruir la forma tradicional de la narrativa".
Quien llevó más lejos esta obsesión fue Salvador Elizondo, quien tituló a uno de su libros 'El grafógrafo', palabra inventada a partir del griego 'grafé' y que significa el escritor de la escritura. Así lo consigna el relato que abre el libro y que fue usado por Vargas Llosa como epígrafe de 'La tía Julia y el escribidor': "Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía".
Esta escisión entre mirada y lenguaje es fundante en las narraciones de Elizondo. En toda su obra, dos configuraciones opuestas están en permanente tensión: la imagen percibida -simultánea y fugaz- y la escritura, lineal y sucesiva. Entre ambas, transcurre el instante, esa experiencia plena que sólo puede ser alcanzada por segunda vez en el espacio de la página. De allí que el subtítulo de Farabeuf -sorprendentemente omitido por la nueva edición- sea "crónica de un instante".
[...]
Esta obsesión por la escritura y por alcanzar un estilo conciso como un teorema matemático encuentra en 'Farabeuf' su concreción más extraordinaria. Su punto de partida es la foto del suplicio chino conocido como Leng T''che, donde se ve al condenado mientras se lo despelleja y descuartiza en una ceremonia pública en Pekín a principios del siglo XX. A partir de aquí, las acciones que narra la novela son mínimas: una pareja enamorada, un paseo en la playa, un cuerpo acostado en un quirófano y L.H.Farabeuf, cirujano y fotógrafo aficionado, autor de un tratado sobre tortura china y artífice del Teatro óptico que, mediante el desmembramiento, busca captar el instante preciso en que un cuerpo deja de vivir. La imagen de la foto del suplicio es la misma que ocasionó las elucubraciones de Georges Bataille sobre los vínculos entre goce y horror en 'Las lágrimas de Eros' y que, en 'Rayuela' se asoma del bolsillo de uno de los personajes.
A partir de la idea de que se trata de una fotografía que capta el instante en que una persona muere, la novela investiga ese momento en que la violencia que se ejerce sobre el cuerpo provoca una sensación paradójica de éxtasis y pánico. "¿Por qué irradia tanta luz, su rostro?", se pregunta el texto a propósito del supliciado, ¿cómo se "concatenan el terror psíquico con el paroxismo de las sensaciones"? Los interrogantes son de raigambre sádica, pero el tratamiento de Elizondo acentúa las posibilidades especulativas e impasibles que permite la distancia de la escritura. "Farabeuf es el libro de la literalidad sádica", escribió Sarduy. Es también un álgebra del goce.
En el Teatro óptico que arma Farabeuf, el cuerpo del sacrificado se transforma en el ideograma chino liú, que significa "seis" y tiene la forma de un hombre con los brazos abiertos. El desmembramiento del cuerpo y el de los signos para producir horror y goce son paralelos. Así, la presencia de Bataille es doble: como transgresión erótica y escrituraria. Vale la pena detenerse aquí en la euforia desatada por la lectura del pensador francés que se produjo, en América latina, después de las traducciones de 'La literatura y el mal' (1959) y 'El erotismo' (1960).[...] En el caso de Elizondo, el vaciamiento político del horror y la fetichización de la escritura hicieron que, con los años, el esplendor de Farabeuf disminuyera. Hoy, lo que más parece afectar su recepción es el debilitamiento de la certeza de que las transgresiones a la representación eran actos políticos plenos. Y la mitología complementaria del escritor que, para realizarse, debía retirarse del mundo y experimentar con las posibilidades del lenguaje, violentando (diseccionando) la realidad verbal que le servía de soporte. Ciertamente Elizondo encarnó estos mitos con tenacidad. Pero esos anacronismos no agotan las fuerzas de esta novela alucinatoria: hasta le otorgan un matiz de distanciamiento, como si al leerla visitáramos un museo de narraciones.
En el momento de la publicación de 'Farabeuf', Octavio Paz observó que, en la literatura de Elizondo, "los cuerpos son signos y esos signos nos interrogan". Aún hoy siguen haciéndolo.