NOTA DE PRENSA

Nota: Adriana Petra, Intelectuales y cultura comunista. Itinerarios, problemas y debates en la Argentina de posguerra
Autor de la nota: José Fernández Vega
Medio: Nuevo Mundo Mundos Nuevos
Fecha: 15/06/2018
Libro: INTELECTUALES Y CULTURA COMUNISTA
Autor del libro: Adriana Petra
Extracto:

Adriana Petra explora en su libro el mundo de los intelectuales vinculados al Partido Comunista argentino (PCA) y estudia las políticas culturales del mismo entre el final de la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de la década de 1960. La primera fecha es, desde luego, clave para la historia global, pero en la Argentina señala también el surgimiento del peronismo, cuyo impacto en la política y la organización de los comunistas locales fue muy profundo. La segunda fecha marca los comienzos de sucesivas rebeliones juveniles a nivel mundial que afectaron hondamente a los comunistas. En la Argentina, ellas provocarían divisiones y desprendimientos de intelectuales que luego adquirirían un relieve cultural independiente, como José Aricó o Juan Carlos Portantiero; o el alejamiento de cuadros políticos llamados a tener destacada actuación en otras organizaciones, en particular dentro del naciente maoísmo o del peronismo de izquierda, muy activas en los lustros sucesivos.

La investigación se concentra en los militantes orgánicos, simpatizantes o simples “compañeros de ruta” del PCA que fueron a su vez intelectuales “creadores”, como los denomina Petra, en el ámbito de la literatura y el ensayo cultural. Focalizar estas figuras se justifica porque el lapso temporal considerado coincide con los llamados “años Sartre”, cuando los escritores gozaron de un reconocimiento único y una presencia pública antes desconocida. Jean-Paul Sartre puso a la literatura en el centro de la escena cultural y también política a nivel global. Al mismo tiempo, París se consolidaba como centro internacional de referencia y proyección mundial de las políticas culturales soviéticas. El efecto de esta combinación tendría sus réplicas en varios países. Una consecuencia fue que el mundo de la cultura atrajo la atención del PCA, algo que apenas había sucedido durante los primeros lustros de su existencia política.

Durante las décadas de 1940 y 1950, los escritores nutrieron las iniciativas culturales del partido fuertemente motivados por la lucha internacional: primero contra el fascismo y, casi inmediatamente después, contra la amenaza nuclear “imperialista”. Pero, como aclara la autora, de modo paradójico el PCA careció “de una figura relevante en el campo literario” comparable a las personalidades de proyección mundial que militaron en otros comunismos de Latinoamérica como Pablo Neruda, Jorge Amado, Alejo Carpentier o Nicolás Guillén. Raúl González Tuñón fue el poeta más importante del comunismo argentino; y Héctor P. Agosti su ensayista cultural central, y a cuya trayectoria este libro le consagra considerable espacio. Ambos pudieron captar la atención de lectores más allá de las filas del comunismo, lo que no fue el caso de muchos otros escritores del partido.

Agosti intentó renovar el discurso, encontrar un lugar para los intelectuales dentro de la organización e impulsar una línea pluralista que, al mismo tiempo, no amenazara su unidad cultural. Se interesó por elaborar un marco interpretativo del pasado nacional por fuera de las líneas historiográficas dominantes en el PCA, normalmente sectarias y tributarias de líneas genéricas provenientes de Moscú. Fue criticado por depender excesivamente del modelo forjado por Antonio Gramsci para explicar el trunco desarrollo italiano y de cambiar un modelo ortodoxo por otro distinto. Con todo, nunca se apartó de la concepción central de la visión comunista sobre el pasado local según la cual Argentina todavía poseía resabios feudales porque su revolución democrático-burguesa aún seguía pendiente. Por otra parte, Agosti buscó renovar la doctrina estética predominante en el partido y reconfigurar la interpretación del realismo cuando se acercaron al PCA una serie de importantes pintores argentinos que intentaban la abstracción y discutían la figuración, entre ellos, Tomás Maldonado. Estos pintores “concretos” terminaron alejándose, pero otros grandes nombres de la plástica nacional, como Antonio Berni o Carlos Castagnino, permanecieron en la organización. Agosti trabajó sobre la tradición literaria argentina, en particular sobre la generación romántica de 1837, la gauchesca y el sainete, género considerado menor, pero caracterizado como el más vernáculo. Defendió un nuevo “realismo dinámico y suprasubjetivo”. Georg Lukács, otra de sus grandes fuentes de inspiración teórica, fue determinante para su reflexión estética. Agosti intentó articular las realidades locales y el pensamiento europeo, discutiendo tanto el “indigenismo” como el “cosmopolitismo” (estigmatizado por la jerga partidaria) que lo rodeaban.

El privilegiado estatuto de la literatura no fue exclusivo de los “años Sartre”. En la tradición comunista tuvo un fuerte arraigo ya desde los inicios de la revolución soviética. Maksim Gorki, por ejemplo, se convirtió en una figura reverenciada. Las letras se habían vuelto muy populares, sustituían a la combatida religión como ámbito espiritual y ofrecían un medio de comunicación política más accesible que los debates teóricos. El papel de la literatura en el panorama cultural soviético pronto se ensombreció con los controles a la que fue sometida la producción artística a partir de 1928 cuando Andrei Zhdánov se erigió como principal burócrata cultural. En los años que siguieron se empobreció el ambiente y el nivel literarios; muchos escritores fueron perseguidos o se exiliaron. El Primer Congreso de Escritores Soviéticos (1934) impuso la doctrina del realismo socialista. Un año más tarde, la Comitern sustituyó la estrategia de “clase contra clase” por la de frentes populares antifascistas. El antifascismo se volvió entonces un factor básico en la identidad del comunismo internacional y sus periferias intelectuales durante largos años, hasta que fue sacudido en su base por la represión soviética del levantamiento húngaro en 1956.

A lo largo de sus distintos capítulos, este libro reconstruye la historia de la formación de un fuerte aparato cultural al servicio del PCA que disponía de múltiples publicaciones periódicas, sellos editoriales propios y organizaciones afines como la sección argentina del Movimiento por la Paz, surgido en 1949 (y que nunca logró atraer figuras del liberalismo vernáculo, como fue el caso en otros países) o instituciones como la Casa de la Cultura Argentina. Asimismo, ofrecía una serie de posibilidades a los escritores, como viajes a congresos internacionales convocados más o menos abiertamente por los comunistas. El período estudiado incluye toda una serie de transformaciones estratégicas en las líneas generales y específicas del PCA, siempre estrictamente en regla con las orientaciones establecidas por Moscú: el realismo socialista, el antifascismo, las purgas antivanguardistas de 1948, el impulso a la profesionalización intelectual, la creación de distintos frentes culturales y de encuadramientos por actividad (médicos, artistas, etc.), el giro nacionalista, la crítica al liberalismo o el impacto de la desestalinización abierta a comienzos de 1956 por Nikita Jruschov (quien, sin embargo, continuó defendiendo una línea estética tan regresiva como la vigente con IósifStalin). También en el período al que esta obra se consagra se experimenta en el PCA un creciente contrapeso a la hegemonía en el país de la cultura francesa generado por corrientes teóricas y artísticas provenientes de Italia, cuyo PC era el más grande de Occidente, quizá también el más independiente, y poseía una enorme presencia en su original campo cultural.

El libro dedica un capítulo a la experiencia que Aricó y otros jóvenes comunistas iniciaron en la provincia de Córdoba a través de una importante revista teórica, Pasado y Presente, en cuyo título se evidencia la referencia a Gramsci. Los escritos de éste se comenzaron a publicar en italiano en 1947 y Agosti se comprometió muy pronto en su traducción y difusión (Las Cartas de la cárcel aparecieron en Argentina ya en 1950, y en los diez años siguientes las distintas obras que forman parte de sus Cuadernos). Si en un principio Gramsci fue objeto de una lectura antifascista que equiparaba a Benito Mussolini con Juan Domingo Perón, en los años 1960 permitió una apertura teórica distinta: brindó amparo a los heterodoxos, en el marco de una revalorización de la literatura y el cine italianos, que habían renovado la comprensión del realismo estético. Pasado y Presente simbolizaría el esfuerzo de los jóvenes de la nueva izquierda por transformar el clima imperante en el partido. Estaban desencantados con la rigidez del PCA, el anti-intelectualismo de sus dirigentes (interesados, sin embargo, en captar intelectuales) y su conservadurismo cultural. La revolución cubana fue, por supuesto, un factor histórico que influyó decisivamente en la menguante influencia del PCA sobre la generación de estos jóvenes, atentos también al surgimiento de nuevas corrientes teóricas como el estructuralismo o a la consolidación local de disciplinas como la sociología.

El grupo de Pasado y Presente acabó expulsado y Agosti bloqueó toda relación con sus integrantes. Perdida gran parte de su base obrera por la irrupción del peronismo, el partido, por su ortodoxia regresiva y espíritu disciplinario, se volvía cada vez menos atractivo para los intelectuales y las clases medias, aunque hasta fines de los años 1950 mantuvo una posición indisputada en el mundo cultural de las izquierdas argentinas. Por lo demás, el PCA tuvo una histórica dificultad para retener a los escritores e intelectuales que se le acercaron. El elenco de figuras que se alejaron voluntariamente, o fueron expulsadas a lo largo de los años es impresionante, desde Roberto Arlt hasta Juan Gelman pasando por Andrés Rivera, entre muchos otros nombres centrales para la literatura argentina.

En un capítulo introductorio Petra revisa los años de la vida del PCA que van desde su fundación en 1918 hasta el comienzo del período iniciado en 1945, que la autora estudia en detalle. Este examen introductorio refiere la fase ultraizquierdista, la subsiguiente promoción de los frentes populares y la defensa de la República española que congregó tantas simpatías. En la primera etapa de su existencia, la conexión del partido con el mundo cultural fue débil, pero en ese momento se consolidó un grupo dirigente llamado a imprimir a la organización un carácter rígidamente verticalista y estrechamente alineado a la URSS (país cuyos logros el PCA promocionaba mientras adoptaba una política de incondicional defensa). Los históricos miembros de esta conducción fueron Victorio Codovilla y Rodolfo Ghioldi. El influjo de ambos, que incluía una suspicaz relación con el mundo intelectual, se dejó sentir hasta la muerte de este último en los años 1980.

En la primera época de vida del PCA, la figura cultural más importante fue el discípulo y amigo de José Ingenieros, Aníbal Ponce, quien nunca se afilió. Ponce murió tempranamente en México (1938), donde había sido nombrado rector de la Universidad de Morelia. Agosti se convirtió en su heredero. Elías Castelnuovo encarnó, en esta etapa, al escritor comprometido con la denuncia social. Su itinerario político ejemplifica el de muchos otros. Se volvió comunista tras una primera militancia anarquista y luego se volcó al naciente peronismo. Como en el resto del libro, Petra examina aquí las revistas en las que se congregaban los escritores de mayor o menor cercanía con el partido, y los conflictos mutuos que llevaban casi invariablemente a desprendimientos como prólogo a la desaparición de esas publicaciones, sustituídas luego por otras que repetían el ciclo. Cuadernos de Cultura, dirigida por Agosti, constituye una excepción por su continuidad en el tiempo y apoyo sin fisuras a las orientaciones de la cúpula (aunque en ocasiones sus páginas filtraban, prudentemente, miradas alternativas y renovadoras auspiciadas por el director).

En este libro también se explora el impacto de las políticas culturales soviéticas en los inicios de la Guerra Fría, un momento de gran polarización intelectual, y el terremoto que significó para el PCA el surgimiento del peronismo (con el cual confrontó de lleno al comienzo, pero al que se acercó episódicamente en 1952, generando una crisis en la organización). Más adelante se reconstruye el Movimiento por la Paz y se analizan tanto las figuras locales que lo protagonizaron como sus complejas relaciones con el peronismo, por una parte, y con los sectores liberales, por la otra. Se indagan asimismo los alcances del anti-imperialismo y el nacionalismo como estrategias políticas comunistas para hacer frente al creciente despliegue cultural de los EE. UU. durante la posguerra. Dos capítulos de la obra se consagran a la figura de Agosti y al clima cultural que se abre tras la el desplazamiento del peronismo con el golpe de estado de 1955 y la invasión de la URSS a Hungría, un año después, que produce una conmoción en todo el mundo comunista occidental. En el último capítulo se estudia la recepción de la cultura italiana y el influjo del PCI sobre los intelectuales del PCA, en particular en aquellos que se congregaron alrededor de Pasado y Presente y protagonizaron una pionera recepción del pensamiento gramsciano, incipientemente leído al mismo tiempo en pequeños sectores de la izquierda británica, pero hasta entonces solo gravitante en Italia.

Las posturas críticas de la autora son indudables pero equilibradas; su prosa es a la vez elegante y precisa. Este libro pone en evidencia una dedicada concentración sobre fuentes de distinta clase: colecciones de múltiples revistas y periódicos, bibliografía primaria y secundaria y, lo que resulta muy original, archivos y memorias privados de algunos protagonistas de la historia que narra. Su tema se halla ampliamente justificado pues, pese a la importancia que llegó a tener el PCA en la vida social argentina, y a la extensión e influencia de sus empresas culturales, los historiadores le han prestado relativamente poca atención. Como explica la autora, no hay trabajos consagrados a su tema específico, sino solo algunos estudios parciales y aislados. Sobre el comunismo argentino, sin embargo, se han escrito varias obras que abarcan asuntos más generales, como su historia política o algunos momentos de su vida institucional. El de Petra es un solvente trabajo de historia intelectual cuya mirada se extiende sobre el conjunto de un período decisivo, una contribución a la historia crítica de un mundo político y cultural que exigía ser comprendido por una investigación.