NOTA DE PRENSA

Nota: ¿Por qué pensar en contra del Estado?
Autor de la nota: Carolina Keve
Medio: Clarín
Fecha: 03/05/2018
Libro: MEDIACIONES DE LO SENSIBLE
Autor del libro: Luciana Cadahia
Extracto:

¿Hasta cuándo seguir mirando a Europa?, se pregunta Luciana Cadahia en un gesto que busca ser no tanto una crítica como una invitación provocadora. Formada en la Universidad Autónoma de Madrid donde realizó su tesis de doctorado en torno a la obra de Georg Hegel y Michel Foucault, esta joven filósofa argentina, docente e investigadora de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), lleva numerosos ensayos teóricos indagando sobre las relaciones entre el pensamiento político moderno y el pensamiento contemporáneo, centrándose, sobre todo en el post-estructuralismo. Fue tras ese recorrido intelectual que se detuvo a pensar en los límites que le ofrecían algunas de las categorías moldeadas en el Viejo Continente para explicar las realidades latinoamericanas, lo que se convirtió en el marco de su último trabajo, Mediaciones de lo sensible. Hacia una nueva economía crítica de los dispositivos (Fondo de Cultura Económica), donde discute con algunos de los principales conceptos de la biopolítica intentando rescatar la productividad democrática de lo institucional y el papel de la sensibilidad en la política: “Estamos formados en una coyuntura de pensamiento donde hay cierta tendencia a pensar el autonomismo y pensar en contra del Estado. Siempre escuchamos que las instituciones ya no tienen nada que ofrecer. Pero nuestras realidades latinoamericanas trabajaron esos problemas de otra manera”.

–Retomo al respecto una de las grandes preguntas que el libro plantea al comienzo. ¿Qué tiene para aportar la coyuntura latinoamericana al pensamiento político contemporáneo?

–Me parece interesante cuando uno está haciendo filosofía, preguntarse cuál es el lugar de enunciación. Hay una larga historia de debates acerca de cuál es el lugar de la filosofía que se produce desde Latinoamérica. Por ejemplo, tomemos el caso de Mariátegui a finales de los años 20 o el caso de la Filosofía de la Liberación…Cada una de estas tradiciones ha intentado pensar qué es hacer filosofía desde América Latina, todos sabemos que la filosofía tiene una larga tradición europea. Ahora bien, en mi caso, en vez de sentir que esa tradición es una tradición que sencillamente nos oprime, por el contrario, me pareció más interesante ver cómo uno se puede apropiar de ella y cómo en esa apropiación, nuestras realidades al mismo tiempo le hacen decir algo nuevo.

–A su vez el pensamiento político europeo está atravesando un período de gran cuestionamiento…

–Está en un momento de agotamiento. La crisis del 2008 hizo cortocircuito con las narrativas que hasta entonces intentaban explicar lo que está pasando. Hoy hay desorientación. Y a su vez, pensadores a quienes respeto mucho, como Rancière, Negri o Zizek, que a nivel conceptual son muy interesantes, cuando intentan desde sus definiciones traducir lo que nos pasa a nosotros, tienen muchas dificultades.

–Pero esta mirada crítica que deposita en Negri o Rancière, ¿apunta sólo a la posibilidad de aplicar sus conceptualizaciones frente a lo que pasa en América Latina o también a la actualidad europea?

–Creo que se puede plantear en dos sentidos. Por un lado, con respecto a cómo miran la región. Lo cierto es que, más allá de las críticas que se puedan hacer, hemos tenido experiencias como el caso de Bolivia donde ha habido procesos de institucionalidad y de articulación entre los movimientos sociales y el Estado sumamente interesantes. Y aún así han sido entendidos desde Europa con cierto desprecio, incluso llegaron a decir que era asumir formas caducas para luchas políticas que tendrían que ser traducidas de otra manera. Por otro lado, en lo que respecta a lo que está pasando ahora en Europa, sobre todo autores de la tradición más autonomista como Hardt y Negri, incluso Agamben, no están sirviendo del todo para entender lo que allí sucede.

–En su trabajo presta mucha atención a categorías como poder o Estado, que siempre generan cierta incomodidad entre algunas corrientes…

–Sí, pero no creo que hayan causado siempre incomodidad. Creo que hubo una consolidación de una determinada concepción del Estado que empezó a hacer crisis desde mediados del Siglo XX. Foucault, en ese sentido, es un pionero en desentrañar las relaciones de poder que configuran esas formas estatales. Pero en el caso latinoamericano no siempre ha sido así. El modelo estatal ha estado siempre en pugna, y nosotros hemos tenido otras formas de entender el rol de los Estados y las instituciones.

–Y tenemos ejemplos como el de Donald Trump, que presuntamente representa un discurso republicano pero es profundamente anti-institucionalista.

–Es que, creo, hay que disputar el sentido de la palabra “republicanismo”. Aquí también, Cambiemos se declara republicano y desde su llegada al poder no sólo se ha estado oponiendo a un proyecto político –con lo que todos podemos estar de acuerdo, es decir no está mal oponerse-, sino que además ha destruido toda una forma de institucionalidad y no está proponiendo ninguna nueva. Por eso me gusta la distinción entre republicanismo plebeyo y republicanismo oligárquico, que es el republicanismo de derechas. En el libro, por el contrario, trato de pensar si acaso las instituciones o el Estado no pueden funcionar como dispositivo en cuyo interior están las herramientas para contribuir con procesos de igualación, en el sentido de una mayor democratización.

–El trabajo se detiene especialmente en la categoría de “dispositivo”. ¿Qué claves ofrece para pensar esto?

–El “dispositivo” es un concepto que en el ámbito del pensamiento político tiene mucha presencia. Comenzó con Foucault y luego autores como Agamben o Espósito lo utilizaron para mostrar y explicar que es la forma de construcción de poder en Occidente. No obstante, creo que no necesariamente tiene que asumir ese sentido, también se lo puede ver como una forma de emancipación. Fue así como comencé este recorrido geneálogico encontrando en autores como Hegel o Schiller claves para entenderlo en esa dirección.

–¿Y podemos citar alguna experiencia histórica donde haya funcionado de esa manera?

–Bueno, el dispositivo es un modo de ver. Hay muchos ejemplos que van en esa dirección. Antes hablábamos de Bolivia, donde el Estado y las instituciones constituyen una forma de igualación social. Es justamente lo contrario a lo que pasó en Europa, donde tenemos un proceso de des-institucionalización y retroceso de las igualdades sociales.

–Por otro lado, plantea la necesidad de revalorizar la dimensión estética…

–Como dice Eagleton, la estética es un ámbito para pensar lo sensible. Y en el terreno de la política, razón y sensibilidad están operando a la vez. Por eso digo que la política es un problema estético. Schiller permite pensar una conexión muy potente entre estos dos términos, que no son dos ámbitos separados y están articulados en una relación especulativa. Creo que hay que recuperar esa tradición que se permite pensar la política desde ese terreno. Es decir, cuando nosotros decimos que somos la cultura de la imagen no sólo estamos pensando en las nuevas tecnologías. Por el contrario, ése es un efecto de algo mucho más profundo, de una tradición judeo-cristiana atravesada por una economía de la visión. Y lo que me interesa pensar es cómo en la noción de dispositivo se aúnan esos términos. La izquierda siempre tendió a descuidar lo estético, al contrario de la derecha.