NOTA DE PRENSA

Nota: Tiempos y capítulos del Medioevo, según Le Goff
Autor de la nota: José C. Chiaramonte
Medio: Revista Ñ
Fecha: 09/11/2016
Libro: ¿REALMENTE ES NECESARIO CORTAR LA HISTORIA EN REBANADAS?
Autor del libro: Jacques Le Goff
Extracto:

Hay historiadores que se enamoran de su tema. El historiador francés Jacques Le Goff, devoto de los tiempos medievales, ha sido uno de ellos, como lo prueba nuevamente ¿Realmente es necesario cortar la historia en rebanadas? (traducción de Yenny Enríque, FCE), este pequeño pero cautivador resumen de algunas de las principales características del Medioevo publicado poco antes de su muerte. Sin embargo, el lector debe estar atento a una extraña peculiaridad del libro, porque si bien su título enuncia un asunto, el de las periodizaciones, y lo enuncia como algo incierto preguntándose por su necesidad, al comenzar la lectura descubrimos que ya había resuelto el problema antes de formularlo. Le Goff asume desde el comienzo una respuesta afirmativa a la pregunta contenida en el título de su libro pues su principal objetivo es otro: demostrar su tesis de la perduración de la Edad Media hasta fines del siglo XVIII, tesis que al implicar ya la existencia de un período, el medieval, revela la impropia retórica del título del libro.

En el prólogo, Le Goff explica el objeto del libro como centrado en la crítica de los conceptos tradicionales de Renacimiento –al que dedica dos capítulos– y de Edad Media. A partir de la censura de la imagen del Renacimiento –“la supuesta novedad del Renacimiento”–, entendido como negación de la cultura medieval, lo define en cambio como un último subperíodo del Medioevo.

En un artículo publicado hace algunos años (“La historia intelectual y el riesgo de las periodizaciones”, Prismas, Revista de Historia Intelectual, N° 11, 2007) he analizado las inconsistencias de las periodizaciones y del inherente procedimiento de clasificación de sucesos históricos según su presunta pertenencia a algún período. Luego de haber examinado la fragilidad del recurso de dividir la historia en segmentos, definidos por rasgos que otorgarían carácter distintivo a cada uno, señalaba que la vía más apropiada era la que partía de advertir que “... no existe una relación necesaria y privativa entre una idea, doctrina o corriente artística, y una época histórica”. Viene al caso aquí recordar la siguiente reflexión de Anatole France, citada por Walter Benjamin: “Constantemente se está hablando de los signos de los tiempos, pero no resulta nada fácil descubrir tales signos. No me parece insólito calificar algunas pequeñas escenas que han tenido lugar ante mis ojos como lo propio de nuestra época. Sin embargo, en tales ocasiones sucede nueve de cada diez veces que vuelvo a encontrar en viejas memorias o crónicas exactamente lo mismo, acompañado de sus propias circunstancias” (Walter Benjamín, Personajes alemanes, Paidós, 1995).

La arbitrariedad de las periodizaciones ha sido percibida no sólo por historiadores como Huizinga ( El concepto de la historia y otros ensayos , FCE, 1980) o Robin George Collingwood ( Idea de la Historia, FCE, 1965), sino también, en el campo de la literatura, por autores como Borges, quien se burlaba “... de los errores a que llegan los profesores e historiadores de la literatura con su afán de clasificaciones –de las clasificaciones por generaciones, por zonas geográficas, etcétera– (...) Esto de las generaciones es más importante para determinar las clases para el servicio militar que para el juicio estético” (Adolfo Bioy Casares, Borges, Planeta).

Para Le Goff en cambio la división del tiempo en períodos es necesaria, afirmación efectuada en las primeras páginas que implica que la juzga como un procedimiento legítimo. Pese a ello, y a considerarla un importante objeto de reflexión para el historiador, admite su carácter problemático, sobre lo que vuelve una y otra vez a lo largo del libro, aunque esto no le impida dedicar el breve capítulo final, “Periodización y mundialización”, a reiterar argumentos para su defensa como instrumento necesario a la ciencia de la Historia.

Pese a reconocer a las periodizaciones como productos de criterios subjetivos, Le Goff adopta una postura similar a la de Huizinga, quien luego de haber demostrado que carecen de sostén, concluía sin embargo que no se puede prescindir de ellas. Para Le Goff, una razón de esto sería su utilidad en la enseñanza, motivo por el que dedica un capítulo –“Historia, enseñanza, períodos”– a explicar que para comprender el comienzo del uso de las periodizaciones es necesario atender a la historia de la enseñanza de la Historia, cuando al constituirse esta como un saber particular se introdujo en las universidades y en las écoles pues, para poder comprender mejor la Historia, apreciar sus cambios y poder enseñarla, los historiadores y profesores habrían tenido la necesidad de sistematizar su división en períodos.

Usos del tiempo
A lo largo de sus abundantes referencias a las periodizaciones, su atención se concentra en un aspecto de ellas que, si bien es importante, no es el principal. Ese aspecto es el de los cortes cronológicos que delimitan la extensión de un período, mientras en ningún momento se detiene en lo fundamental: qué es lo que definiría un período, decisión de la que dependen los cortes.

En cuanto al uso de los siglos como forma de periodización, Le Goff no distingue las dos posibles variantes de ese recurso, algo que Huizinga había podido discernir cuando recomendaba los términos quattrocento o cinquecento como referencias que al ser sólo cronológicas podían eludir el talón de Aquiles que padecen las periodizaciones, la suposición de una peculiar naturaleza de cada uno de los períodos. Se trata de la diferencia entre los siglos entendidos como recortes puramente cronológicos, y los períodos que conjugan a la vez una referencia cronológica y una concepción de la cualidad diferenciadora de cada uno. Cuando Le Goff observa que la división en siglos es desaconsejable dada la disparidad de criterios entre historiadores sobre los límites de cada siglo –porque para algunos, por ejemplo, el siglo XX comenzaría en 1914, así como otros consideran que el siglo XVIII comienza en 1715–, no advierte que ha pasado de considerar al siglo como pura distinción temporal a entenderlo también como poseedor de un carácter particular. Porque el pensar que el siglo XX no comienza en 1901 sino en 1914 ha sido determinado por alguna cualidad suya que recién aparecería en 1914.

Pese a que se trata de un libro de lectura seductora, por demás atractivo por la información reunida y las observaciones con que la acompaña, la debilidad de la tesis que lo guía se refleja en sus referencias a otros temas, por ejemplo, la no percepción de la diferencia entre el proceso inglés de limitación de la monarquía, desde la Carta de Magna en adelante y el de la paralela afirmación del absolutismo en Francia y otras monarquías del continente. También sorprende su opinión sobre la Reforma, a la que, además de subvaluarla como indicador de cambios históricos, la menciona al pasar como productora de violencia y de la división del mundo cristiano, así como culpable de haber conducido a las guerras de religión. Más allá de las objeciones expresadas, se trata de un libro que el lector disfruta por la calidad de su escritura y por sus sugestivos hallazgos al mostrar las similitudes existentes en la sociedad y en la cultura europeas desde el siglo XIII al XVIII, similitudes cuya validez no requiere ser ceñida a procedimientos periodizadores.

 

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