NOTA DE PRENSA

Nota: La Ilustración al poder
Autor de la nota: Ana María Vara
Medio: La Nación
Fecha: 03/04/2016
Libro: LAS PASIONES INTELECTUALES III
Autor del libro: Élisabeth Badinter
Extracto:

Hay libros que nos conquistan de tal modo que quisiéramos no llegar al final. Ése es el riesgo -y la recompensa- que ofrece el último tomo de la serie Las pasiones intelectuales: Voluntad de poder (1762-1778) de Élisabeth Badinter, una de las estudiosas francesas más influyentes de la actualidad.
Parece una cualidad poco probable en una obra sobre los pensadores de la Ilustración, basada en la consulta de dos docenas de archivos y bibliotecas, de París a Cracovia, Milán, Nueva York, Parma, Londres, Berlín, Moscú, Grenoble o Basilea. Pero el aparato documental está citado tan hábilmente que no afecta el ritmo y la intensidad de la narración. Más bien al contrario: las notas al pie funcionan como un subrayado de "así fue" para cada descripción y cada anécdota, con el efecto de hacer sentir al lector que está asistiendo no a una versión del pasado, sino a la historia misma.
La obra magna de Badinter comprende tres volúmenes que abarcan de 1735 a 1778. La periodización no obedece a grandes hechos clásicos, como coronaciones o batallas, sino al ascenso de dos figuras que marcarían desde entonces la vida política, desgastando de manera irreversible la autoridad de los soberanos: el intelectual y la opinión pública.
De manera reveladora, este tercer tomo concluye con el recibimiento apoteósico a Voltaire, que regresó a París el 10 de febrero de 1778 tras veintiocho años de exilio, sin esperar la autorización del rey. Faltaban veinte años para la toma de la Bastilla, pero la multitud ya estaba en las calles, aclamando a sus elegidos: "Toda una nación te rindió homenajes que sus soberanos pocas veces obtuvieron de ella", le escribe a Diderot.
Badinter encuentra en el philosophe, ese estudioso que oficia a la vez de pensador, literato y científico, una clave para comprender cómo los cambios culturales pueden contribuir a transformar la estructura de poder. El período analizado, la Ilustración, es un verdadero laboratorio de la modernidad, donde se definieron instituciones que marcarían la vida pública en los siglos siguientes: de los tres poderes del Estado a las academias de ciencia o las revistas culturales, entre muchos otros. Los personajes son fascinantes y están definidos por su decir y su hacer, entrelazados en una exigencia de coherencia que constituye la fuerza que los acercaría a súbditos y soberanos.
Por eso Federico II de Prusia se esforzó por conquistar a D'Alembert (editor con Diderot de la Encyclopédie, a quien quería al frente de Academia de Berlín) no sólo con honores y promesas de riqueza, sino también con largas charlas que estimulaban sus ideas y ponían a prueba sus conocimientos. Por eso D'Alembert, cuyo motto era "libertad, verdad, pobreza", rechazó su ofrecimiento y el todavía más espléndido de Catalina II de Rusia, que quería convertirlo en instructor de su heredero. Por eso, finalmente, esas dos declinaciones fueron celebradas en las academias de París, donde el filósofo era estrella.
Son los años en que se publicó De los delitos y de las penas, del italiano Cesare Beccaria, obra fundadora del derecho penal moderno y una de las pocas editadas fuera de Francia que llegó a tener impacto en toda Europa, en gran medida gracias al apoyo de Voltaire, un apasionado defensor ante los abusos de la Justicia. Es que París era por entonces el centro intelectual del continente.
Inglaterra estaba todavía ligeramente al margen de este movimiento, pero comenzó a integrarse tras el tratado de paz firmado con Francia en 1763. Una de las secciones más divertidas del volumen es el relato de los viajes a Londres de académicos franceses, especialmente de científicos. Notable fue la presencia de La Condamine, quien se paseaba por las calles "con un paraguas, una corneta para el oído, un telescopio, un compás y un plano de Londres siempre desplegado", según reseñó la revista Correspondance Littéraire, que consignó también las parodias que el francés inspiró en los teatros populares.
"La opinión gobierna al mundo, y a ustedes les toca gobernar la opinión." El mandato que Voltaire dio a D'Alembert en una carta de 1767 es el epígrafe inicial del libro. Badinter lo elige para resumir las transformaciones que relata, condición de posibilidad de revoluciones que no tardarían en llegar.