NOTA DE PRENSA

Nota: Reseña “Gente que baila” de Norberto Soares
Autor de la nota: Ezequiel Alemian
Medio: Los inrockuptibles
Fecha: 16/12/2013
Libro: GENTE QUE BAILA
Autor del libro: Norberto Soares
Extracto:

Norberto Soares fue quizás el crítico literario más influyente de la época de oro del periodismo cultural argentino, a fines de los sesenta y principios de los setenta. De una generosidad "resentida, o vengativa", al decir de Ricardo Piglia, su figura se fue luego diluyendo hasta desaparecer casi por completo. Nunca publicó, hasta que en 1993 aparecieron, sin mayor repercusión, los cuentos de Gente que baila, su único libro. Tenía 49 años, y moriría seis años más tarde.
La suya es una escritura de cambios de velocidades. Largos períodos de tiempo comprimidos en una frase breve, o suprimidos por un "eso no importa". Párrafos extensos para describir en detalle el rostro de un personaje, casi como un retrato. Oraciones perfectas, donde tiempo y sentido coinciden con una precisión asombrosa. La arquitectura de la frase es tan ajustada, su médula ha sido tan puesta en tensión, que si en vez de castellano hubiese ahí un idioma desconocido, el edificio se sostendría. Porque no es donde se escribe, sino donde no se escribe, el lugar en el que está el punto de apoyo de estos relatos. Hay algo de "maestría" en la escritura de Soares, también en el sentido de que, de alguna manera, se exhibe como ejemplar. Soares es un escritor excepcional.
Tal vez esos cambios de velocidades, esas crispaciones del relato, provengan de las crispaciones de los personajes que los habitan, marcados por los desencuentros, por las ausencias. Son vidas truncas, extraviadas; bordeando muchas veces lo psiquiátrico, parecen regidas por el azar, y están por momentos a punto de poner en riesgo el verosímil de la narración.
Soares escribe tan bien que por momentos su estilo se asoma a su propia parodia.
La puesta en riesgo de ese verosímil se emparenta con una suerte de puesta en riesgo del verosímil de la escritura. Soares escribe tan bien que por momentos su estilo se asoma a su propia parodia. Se asoma, solamente, como una acción de la velocidad máxima, que es el vértigo; caer en la parodia implicaría una autosatisfacción de la cual no lo creemos capaz. Pero ese asomarse igual alcanza para echar una sombra de descreimiento. ¿Sobre qué? Sobre aquello de lo que se escribe: sobre el amor, sobre la familia, sobre la política. Sobre cualquier forma de contar una vida desde un relato que la comprenda. ¿Es eso la literatura?
Soares no parece haber sido un escritor que al cabo consiguió escribir, un "escritor sin obra" que finalmente pudo estar a la altura de sus exigencias, sino un escritor que finalmente se resignó a escribir. Alguien que consumó la experiencia literaria sin haber escrito, y luego escribió para reconstruir esa experiencia. Pero ahí ya había algo falseado. Y Soares no se engaña ni se deja decir. Gente que baila es un texto trágico, de una honestidad infrecuente. Sus relatos son brillantes: nos dicen que no hay forma de contar una vida a la que no derrumbe un humor devastador.