NOTA DE PRENSA

Nota: Entrevista a Luis Hornstein
Autor de la nota: Hector Pavón
Medio: Clarín - Revista Ñ
Fecha: 06/09/2013
Libro: LAS ENCRUCIJADAS ACTUALES DEL PSICOANÁLISIS
Autor del libro: Luis Hornstein
Extracto:

Luis Hornstein: “Dejar el confort del consultorio”

El analista debe dialogar con otros profesionales y ámbitos para conducir un tratamiento, dice el ensayista.

El psicoanalista a veces necesita cerrar la puerta del consultorio y reflexionar sobre lo que allí dentro se escucha. Entonces surgen conclusiones, ideas y pensamientos para repensar la actividad. Así lo analizó Luis Hornstein y lo volcó en su libro Las encrucijadas del psicoanálisis (FCE) que acaba de publicar. Abstraído y concentrado, y con el fondo musical de las aves del zoológico porteño, el psicoanalista dejó su papel de escucha y habló. De forma activa.

-En el libro escribió que el psicoanálisis está en crisis, arrastra el peso muerto de los análisis ortodoxos, con su técnica esclerosada y su falta de swing... ¿Hay futuro?

-El psicoanálisis tiene su punto de partida en Freud. El jugaba el análisis con mucha libertad, dialogaba con los pacientes, investigaba. El post freudismo confundió la riqueza teórica del psicoanálisis con una rigidez técnica. Entonces, la paradoja es que, en lugar de haber riqueza teórica y plasticidad técnica, más bien hubo confusión teórica, en cuanto a los fundamentos conceptuales, y rigidez técnica. Entonces, eso llevó a que en algún momento la gente identificara al psicoanálisis con una modalidad técnica, de 3 o 4 sesiones semanales, donde se privilegiaba más bien un encuadre formal que el proceso analítico en sí. Y el proceso analítico tiene que estar más al servicio de la singularidad del tratamiento y no tanto a imponer una propuesta técnica estándar.

-¿Y cómo se adapta el psicoanalista a estos tiempos?

-El freudismo es un proyecto inacabado. Vivimos en un país donde tuvimos muchos traumatismos sociales en los últimos 40 años: terrorismo de Estado, Malvinas, desocupación, recesión, exilio, hiperperinflación... Y el psicoanálisis no tomó en cuenta los efectos en la subjetividad, no solamente en los pacientes, sino en los propios analistas. En ese sentido hubo una ilusión de un psicoanálisis atópico, fuera de la realidad concreta. El otro aspecto es el horizonte epistemológico actual, ¿cómo es la relación entre determinismo y azar? ¿Cómo pensar la subjetividad, como un ser o como un devenir? ¿Cómo pensar la historia? ¿Como una historia lineal pasado-presente o una historia recursiva? Pero sobre todo, ¿cómo inscribir hoy el psicoanálisis en el paradigma de la complejidad? Hubo una cierta tendencia reduccionista donde, si uno leía lo psicológico, no podía ver lo social, ni siquiera lo biológico; así como hubo un reduccionismo de la industria farmacéutica, que pretende que el ser humano sea sólo moléculas. Freud dialogaba con las disciplinas de su época. Y si hoy pensamos un psicoanálisis que no sea una parodia, tendríamos que dialogar con la sociología, con las neurociencias, con la bioquímica, con la antropología, por ejemplo.

-Bien, pero ¿cómo hace el psicoanalista para salir a la calle y plantear esas cuestiones?

-Por un lado, no se debe reducir el psicoanálisis al consultorio privado. La Argentina es pionera en ese sentido, los psicoanalistas están en centros de salud, hospitales, ejerciendo en escuelas. Entonces, una primera salida es no reducir el psicoanálisis a una técnica sólo viable en un consultorio privado, sino asumir que es una teoría que se va a enriquecer en función de los múltiples dispositivos que puede informar. Cada vez se están viendo más los efectos que tiene lo psíquico a nivel de lo somático, en las depresiones enmascaradas. Muchas veces, los trastornos somáticos tienen que ver con depresiones o conflictos psíquicos no elaborados y entonces, por qué no informar más a los médicos sobre lo que el psicoanálisis pudiera aportar acerca del conocimiento de los conflictos y la historia personal. Por otro lado, los psicoanalistas deben abordar de otra manera, problemáticas ideológicas, sociales, culturales. Es como que el psicoanálisis hubiera tenido una vocación de gueto, de encerrarse en sí mismo y de dialogar sólo entre psicoanalistas, en lugar de establecer diálogos con historiadores, sociólogos, con las dimensiones que hacen a la vida social en general. En los 70, los psicoanalistas salieron a enfrentar problemas sociales y a intentar dar respuestas a las problemáticas sociales. El secreto estaría en abandonar la zona de confort que representa el consultorio privado y abordar otros campos de intervención terapéuticos y preventivos, por fuera del consultorio.

-¿Es posible que un psicoanalista reciba un paciente y, según el caso, lo derive con un terapeuta no psicoanalista?

-Un buen psicoanalista debiera estar, en principio, informado de todos los recursos terapéuticos que existen hoy. Hay una comunidad terapéutica de grupos de autoayuda, terapia cognitiva, terapias que trabajan con fobias. Alguien que tiene una adicción al cigarrillo no tiene que concurrir no al psicoanalista sino a un grupo antitabáquico. Yo creo que hoy un psicoanalista tendría que ser equivalente a lo que es un médico clínico, que tiene una visión más amplia y que sabe cuándo tiene que requerir a un paciente, en función de sus necesidades, alguien especializado en algunas problemáticas.

-¿Palabras como angustia, dolor, sufrimiento, requieren hoy una relectura?

-Hay que empezar a usar esas palabras en plural: angustias, dolores y sufrimientos. Las angustias contemporáneas no son las de hace 100 años. Las angustias frente a las realidades que estamos viviendo, frente a la incertidumbre, al narcotráfico, frente a la pérdida de ciertos valores, de ciertas brújulas éticas, son distintas. En la época de Freud, todos sabían hacia dónde había que ir y había conflicto respecto a algunos valores establecidos. El problema actual es que estamos frente a un politeísmo de valores, donde cada uno tiene que ir viendo cómo se sitúa frente al campo de sus propios ideales. Hoy hay sufrimientos ligados a ideales muy contradictorios, a exigencias sociales muy contradictorias, a niveles de incertidumbre que son distintos de los que pueden tener otros países o los que podrían haber existido en otras épocas.