NOTA DE PRENSA

Nota: El canon es un lugar un poco ridículo de disputa
Autor de la nota: Ruben H. Rios
Medio: Perfil
Fecha: 31/03/2012
Libro: NANINA
Autor del libro: Germán García
Extracto:

A poco de haber aparecido los dos primeros títulos –En breve cárcel (1981), de Sylvia Molloy y Nanina (1968), de Germán García– de la Serie del Recienvenido que dirige Ricardo Piglia para el Fondo de Cultura Económica, se ha despertado una gran expectativa sobre cuáles serán los próximos. Piglia conversó con PERFIL y arriesgó algunos.
Recién se han publicado los dos primeros títulos –En breve cárcel (1981), de Sylvia Molloy, y Nanina (1968), de Germán García– de la Serie del Recienvenido que dirige Ricardo Piglia para el Fondo de Cultura Económica y, como es natural por tratarse de Piglia, se ha despertado una gran expectativa por los próximos o, al menos, los probables próximos títulos. El nombre de la colección alude a Papeles de recienvenido (1929) de Macedonio Fernández, lo que implica no sólo un homenaje sino también una manera de posicionarla respecto de la literatura: Macedonio representa el escritor vanguardista por excelencia. Claro que los títulos que aparecieron, más los que el mismo Piglia anuncia en esta entrevista, muestran una línea no tanto de vanguardia como de cierta relación tensa (y, en algunos casos, casi inexistente) con el mercado y también de rescate de ciertas poéticas o ficciones olvidadas pero fuertemente contemporáneas. Es por estas señales que la Serie del Recienvenido despierta la idea de un canon pigliano de la literatura argentina, algo que no tiene ninguna posibilidad de emergencia, salvo que se considere a esa especie de anticanon que inspira a Piglia un canon. Pero basta leer entre líneas las reflexiones que siguen para darse cuenta de que se trata de una ingenuidad o una ilusión.
—Como usted sabe, la resonancia macedoniana de Serie del Recienvenido evoca una de las obras más singulares de la literatura argentina. Y en ese sentido, la pregunta es obligada: ¿qué relación existe, si la hay, entre los títulos de la colección y la sombra de Macedonio Fernández?
—Está presente, sí… Ya sabemos que Macedonio reaparece siempre como si fuera la primera vez. Un clásico imposible, podríamos decir, nunca está fijo. Es el anticanon, es como si todos sus libros fueran primeros libros. Ojalá podamos alguna vez publicar todos los cuadernos inéditos de Macedonio en el orden en que fueron escritos y siguiendo la forma que tienen sus originales, donde una larga reflexión filosófica está seguida por la receta de un caldo y un capítulo de su novela está acompañado por un ensayo político o una lista de direcciones de sus amigos muertos.
—¿En algo así está pensando para la colección?
—Bueno, en principio estoy pensando reeditar Una novela que comienza, ese libro que gracias a la generosidad del crítico peruano Luis Alberto Sánchez se editó en Chile en 1942 y fue lo único que Macedonio publicó en vida de su proyecto del Museo de la novela de la eterna. La propuesta de la edición completa de sus cuadernos es una deuda que todos tenemos con su obra. Hace falta un esfuerzo para financiar la transcripción de los manuscritos, la edición crítica de los inéditos… Es increíble que en la Argentina no exista un proyecto de ediciones críticas de las obras de nuestra tradición cultural. Ni siquiera hay una edición de las obras de José Hernández. Por suerte Elida Lois ha hecho una excelente edición del Martín Fierro, pero habría que publicar una edición crítica de todos sus escritos. He insistido mucho en la necesidad, por ejemplo, de hacer una edición cronológica de las cartas de Sarmiento, pero esos proyectos no encuentran el apoyo que necesitan. Horacio González impulsa estas iniciativas y está haciendo un muy buen trabajo con las ediciones que publica la Biblioteca Nacional, pero falta mucho trabajo en esa dirección. De hecho tampoco existe una edición completa de la obra de Lucio V. Mansilla.
—Pero ¿por qué no publicar en Serie del Recienvenido algún inédito de Macedonio?
—Me gustaría, desde luego. Hay que fijar los textos y realizar un trabajo cuidadoso de edición. Varios investigadores están trabajando en el archivo de Macedonio y espero que, luego del relevamiento del material, sea posible realizar una edición parcial de los cuadernos. Sería un gusto y un honor publicar una selección de los textos inéditos de Macedonio.
—Parece que en su trabajo como editor y crítico hay mucho de arqueología de la literatura, ¿no?
— Bueno, hay que leer lo que no se ve en la superficie y eso no quiere decir buscar los textos en las profundidades… En la circulación rápida del mercado, la arqueología podría entenderse como una pausa, un cambio de velocidad. La crítica de por sí es un cambio de marcha en la lectura, uno pasa mucho tiempo trabajando sobre algunos libros. En la edición imagino que la arqueología consiste en aspirar a que los libros encuentren un tiempo propio, cierta persistencia y que los eventuales lectores sigan, o se interesen, en la continuidad. No me parece que los libros se lean aislados, más bien uno lee a un autor que le interesa y busca otro libro o espera su próxima novela. Quizás una colección o una serie intentan producir el mismo interés o la misma intriga. Muchas veces he leído autores que no conocía porque confiaba en la colección donde se habían publicado.
—Me refería a que Serie del Recienvenido incluye textos, como Nanina, de Germán García, que no sé hasta qué punto no se encontraba en las profundidades de la literatura argentina.
—Sí, era una novela muy conocida, por sus ecos y sus resonancias, y por el itinerario de su autor, un gran conspirador macedoniano, generoso promotor de la edición de El Fiord, de Osvaldo Lamborghini, y del Frasquito, de Luis Gusmán –director de la revista Literal y uno de los discípulos más entrañables de Oscar Masotta, es decir, uno de los integrantes iniciáticos de la tribu de los lacanianos originales de Buenos Aires–, pero estaba lejos del alcance de los posibles lectores a causa de la prohibición y el secuestro de las ediciones decretado en los tiempos del oscuro y olvidado general Onganía. La novela mantiene toda su energía y puede ser leída hoy en el contexto de las así llamadas ficciones del yo. La novela tiene varias virtudes, una de ellas es que quien la escribe es un joven de veinte años, contemporáneo de los hechos que narra. En ese punto Nanina está en diálogo con muchas novelas y ejercicios autobiográficos en la web de la narrativa argentina actual. La poética de narrar la propia vida mientras sucede es, dicho sea de paso, una cuestión secretamente ligada al psicoanálisis.
—Hablando de secretos y oscuridades, Nosotros dos, de Néstor Sánchez, su primera novela de 1964, de la que desconozco reediciones, por muchos motivos me recuerda a Nanina.
—Sí, es verdad, básicamente porque las dos eran experiencias que buscaban zafar del rigor un poco claustrofóbico de la narrativa de Borges. Me gustaría mucho editar alguna de las novelas de Néstor Sánchez, aunque, si no me equivoco, un grupo de lectores muy fervientes han estado reeditando sus libros en los últimos tiempos. En la presentación de una de sus novelas, un gracioso, en su afán de figurar, la desestimó diciendo que no se entendía. Eso significa que sus libros siguen activos y producen los efectos de ruptura que buscaba Sánchez.
—En una reciente entrevista usted dijo que hay muchos cánones literarios. ¿Cuál es el suyo o, mejor, el de Serie del Recienvenido?
—Podemos usar la fórmula del canon también para definir los gustos personales. Muchos de los libros que intentamos editar están en ese registro y otros son libros que me parecen importantes, más allá de mis preferencias personales. El canon es un lugar de disputa (un poco ridículo), pero en verdad técnicamente se define en relación con la enseñanza, ésa ha sido siempre su función. Una lista de libros básicos a partir de los cuales se puede discutir líneas y tendencias de la cultura. Ahora el canon se ha vuelto una cuestión de los medios y entonces los escritores se preocupan por estar ahí.
—¿Cuáles libros que editó o intenta editar le parecen importantes más allá de sus preferencias personales? También me gustaría saber, si es posible, lo contrario.
—Por ejemplo, en los años sesenta edité La lombriz, de Daniel Moyano, y los Cuentos completos, de Enrique Wernicke, porque son libros muy buenos, aunque no están ligados a mi concepción de la literatura, digamos así. Me parece que uno de los inconvenientes de la discusión sobre las obras es que muchos creen que hay una sola manera de hacer literatura, pero ésa no es mi posición. En cuanto a libros que no son considerados importantes, pero que me parecen extraordinarios, podría citar las novelas de David Goodis o los cuentos de Ezequiel Martínez Estrada. En un caso por el género que a menudo oculta, hace invisibles, a grandes escritores, y en el otro porque se considera que lo fundamental son los ensayos de Martínez Estrada, mientras que para mí es sobre todo un extraordinario cuentista.
—Todo indica, me parece, que Macedonio, para usted, está en un punto de convergencia de esa doble trama.
—Sin duda, Macedonio es una referencia en cualquier reflexión sobre el sentido de publicar literatura. No sólo porque pensó con gran claridad este problema y construyó múltiples cartografías del lector sino porque su práctica de la dilación, de la ausencia del circuito público y de la irrupción en espacios alternativos, con actitudes de choque y de provocación, sintetizan la gran tradición de la vanguardia. Macedonio siempre pensó la figura del autor, la difusión de sus escritos, las lecturas posibles o desviadas, como parte de la obra misma. En definitiva la obra literaria no es sólo el texto, Macedonio lo entendió y practicó esa evidencia antes que nadie.
—¿Cuáles son los próximos títulos de la Serie del Recienvenido?
—Bueno, los dos próximos son Oldsmobile 1962, un libro de cuentos de Ana Basualdo, y El mal menor, la novela de terror de Charlie Feiling. Después seguiremos con La pasarela del alcohol, un relato autobiográfico de María Moreno, y con Minga!, la novela de Jorge Di Paola. En principio, esos son los libros que pensamos publicar en 2012.