NOTA DE PRENSA

Nota: "El corresponsal de guerra debe estar preparado para la derrota"
Autor de la nota: Jesica Mateu
Medio: El Cronista
Fecha: 12/08/2005
Libro: PROBLEMA INFERNAL
Autor del libro: Samantha Power
Extracto:

La escritora y periodista de origen irlandés, especializada en derechos humanos, reflexiona sobre los genocidios del siglo XX, el rol de Estados Unidos y el nuevo orden mundial con la misma lucidez que la hizo merecedora del premio Pulitzer en 2003.

Irlandesa radicada en Estados Unidos desde su niñez, Samantha Power fue, con apenas 22 años, corresponsal de guerra en Bosnia. Así, cubrió el conflicto armado que sacudió a la antigua Yugoslavia para numerosos medios de comunicación norteamericanos, entre ellos 'The Economist', entre 1993 y 1996. Además, es profesora de Política Exterior Norteamericana y Derechos Humanos en la John F. Kennedy School of Goverment de la Universidad de Harvard, institución en la que fundó el 'Carr Center for Human Rights Policy' (Centro Carr de Políticas para los Derechos Humanos).
Los años de investigación de los conflictos mundiales que provocaron matanzas en masa dieron como resultado la publicación, en 2002, de su libro 'Problema Infernal. Estados Unidos en la era del genocidio', con el que obtuvo el premio Pulitzer al año siguiente. En ese texto, Power analiza la actitud del gobierno estadounidense frente a los asesinatos masivos del siglo XX y concluye, entre otras cosas, que ese país "se ha negado a actuar, incluso a emplear la palabra genocidio para nombrar hechos atroces, y se ha refugiado en la invocación repetida de la ausencia de intereses estadounidenses en los países involucrados".
Hoy, con poco más de 30 años, Samantha Power lleva recorrido un largo camino en pos de la defensa de los derechos humanos.

- ¿Cuál es el origen de su compromiso en la denuncia de los actos de genocidio?

- Tras ser corresponsal de guerra en Bosnia, volví a Estados Unidos impresionada por lo que vi en los campos de concentración. Después de esa experiencia, el periodismo me pareció ineficaz, e inicié una licenciatura en Derecho. Fue en la universidad donde comencé a trabajar en una investigación que intentaba descubrir por qué existía tanta diferencia entre las propias percepciones sobre Estados Unidos en respuesta al genocidio y la real respuesta que yo misma acababa de verificar en el campo de batalla. Me di cuenta de que, para entenderlo, tenía que investigar distintos casos y ver si lo de Bosnia era algo típico o una excepción.

- ¿Cómo se convirtió en corresponsal en Yugoslavia?

- No quería ser corresponsal de guerra, simplemetne quería detener lo que estaba ocurriendo en los campos de concentración. Si no hubiera ido como periodista, habría trabajado en cualquier organización humanistaria. Fui primero, y sola, a Croacia, que era más pacífica. Allí conocí a una periodista que trabajaba para la revista 'Times'. Cuando le pregunté, me dijo que era muy fácil ser corresponsal. Y era verdad. Gracias a Internet, podía escribir una sola historia y venderla a distintos medios.

- Qué se necesita para ser corresponsal?

- Hay que estar preparado para la derrota. Numerosas historias sobre masacres que envié a los editores fueron rechazadas porque no era nuevo: "No hay nada nuevo en una masacre", me decían. Pero era terrible. Lo peor era escribir sobre esos hechos y que los editores no estuvieran interesados. No fue fácil habituarse a ese rechazo, pero resultó fundamental para mi libro.

- Qué implicancias tuvo, para su vida personal, su dedicación profesional y académica?

- Supongo que sólo una persona especial querría compartir esta pasión tan particular. No he sido buena para encontrar un equilibrio.

- ¿Cómo surgió la idea de fundar el 'Carr Center for Human Rights Policy'?

- Luego de mi experiencia en Bosnia, comencé a preguntarme las razones por las cuales la política internacional estadounidense ha dado, sistemáticamente, la misma respuesta al genocidio. Intenté no juzgar sino entender el fenómeno desde adentro. Pero me sentí frustrada cuando decubrí que no había muchos trabajos disponibles relacionados cn el tema. No quería escribir un libro: quería las respuestas. Entonces, fundé el Centro Carr para incentivar el análisis sobre los derechos humanos. El centro de investigación es muy pequeño, no participamos más de 20 personas, pero la calidad del trabajo es alta. Miramos principalmente las políticas occidentales y ahora, en especial, el uso de la fuerza frente a las acciones del terrorismo. Algunos son estudiantes de Harvard, también hay colegas de distintos lugares del mundo que aprenden a organizarse, a recolectar fondos, a negociar. La idea es practicar, entender, investigar y obsevar las políticas de otros países.

- ¿Cómo fueron recibidos por otras organizaciones con las que comparten el campo de acción y reflexión?

- Pienso que la comunidad que defiende los derechos humanos se formó con sensibilidad y tiene miedo de ser juzgada, ya que está acostumbrada a ser la que juzga. Por eso, el sector estaba un poco nervioso con la idea introspectiva que propone el Centro Carr. Lamentablemente, en el terreno académico, las disciplinas más importantes replican el problema del mundo: así como el gobierno de Estados Unidos, en el campo de la política internacional, no toma en serio los derechos humanos, tampoco lo hacen quienes estudian la política internacional estadounidense. Entonces, los que se encargan de los derechos humanos son como un ghetto.

- ¿Cuál es su opinión sobre la función de la Corte Penal Internacional? ¿Y qué opinión le merece la negativa de Estados Unidos a integrarla?

- Creo que Estados Unidos es poco visionario porque los lugares donde existieron violaciones a los derechos humanos suponen una amenaza a largo plazo para el país, por lo que debería estar interesado en apoyar todo tipo de mecanismos que detengan los delitos internacionales: que la Corte prospere sirve al interés de Estados Unidos. Sin dudas, la Corte Penal Internacional sería más fuerte si Estados Unidos participara.

- ¿Cuál es su opinión sobre el rol de la Organización de las Naciones Unidas en el nuevo escenario mundial?

- Culpar a la ONU es un error. La institución es una burbuja segura y conveniente donde se reúnen los países para tratar sus temas de interés, pero lo que hace realmente poderosa a la ONU es su Consejo de Seguridad. Pienso que a Estados Unidos le debería interesar que la ONU fuera más fuerte, pero temo que continúe paralizada, decrépita y corrompida. No la culpo tanto a ella como a los países poderosos que no han tomado el liderazgo. Dos cosas pueden hacer que la ONU continúe siendo segura: o los poderosos utilizan su poder para mejorarla o los poderes menores encuentran alternativas sin los poderosos. Es un gran desafío. Lo que la Corte Penal Internacional prueba es que un grupo de naciones, aun siendo pequeño -pero con mentes brillantes-, puede obtener logros cuando se avoca a ello. A pesar de que Estados Unidos estaba totalmente en contra de la creación de esa Corte, se investigaron casos trascendentes y ahora es una importante institución.

- ¿Cuáles deberían ser los límites de intervención en conflictos internos por parte de los países más poderosos?

- Pienso que los países que no pueden manejar sus propios demonios no son creíbles ni respetados cuando intentan dar discursos sobre los demonios en otros lugares. Pero dado que Estados Unidos y Europa van a involucrarse en otros países de todas formas, aunque se los vea hipócritamente prestando algo de atención a los derechos humanos, eso es mejor que nada. No es, claro, la situación ideal: el proceso se hace más lento cuando el mensajero es impopular y poco creíble. Habrá casos donde será necesario intervenir económica, militar o diplomáticamente, pero la cuestión es si también se incluye, en esos casos, la preocupación por las consecuencias humanas de esas decisiones.