NOTA DE PRENSA

Nota: Samantha Power: "Se debe intervenir para evitar genocidios"
Autor de la nota: Verónica Chiaravalli
Medio: La Nación
Fecha: 13/07/2005
Libro: PROBLEMA INFERNAL
Autor del libro: Samantha Power
Extracto:

Samantha Power tenía 22 años cuando llegó a Bosnia por primera vez. Acababa de recibirse de abogada y la violenta disolución de Yugoslavia le ofreció la oportunidad de convertirse en corresponsal de 'The Economist' y de 'The Washington Post', entre otros medios norteamericanos y europeos, de 1993 a 1996.
La experiencia bélica, marcada por los crímenes cometidos contra los musulmanes en Bosnia ante la indiferencia o la impotencia de la comunidad internacional, llevaron a esta enérgica pelirroja a reflexionar acerca de algunas de las mayores matanzas del siglo XX y sobre la actitud que ante ellas adoptó Estados Unidos, país al que Power se trasladó con su familia desde su Irlanda natal, cuando tenía 9 años.
El resultado de su investigación son las 636 páginas de 'Problema infernal' (Fondo de Cultura Económica), trabajo por el que Power, que también es profesora de Política Exterior Norteamericana y Derechos Humanos en la Universidad de Harvard, obtuvo el premio Pulitzer en 2003.
En ese libro repasa las circunstancias en que se produjeron las matanzas cometidas por el imperio otomano, el régimen nazi, los Khmer Rouge (en Camboya), los hutus (contra los tutsis, en Ruanda), el régimen de Saddam Hussein contra los kurdos, en Irak, y los serbio-bosnios contra los musulmanes, durante el conflicto balcánico de los 90.
Samantha Power trabaja sobre el concepto que condena el genocidio como la negación del derecho de existencia a grupos humanos enteros. Y en todos los casos llega a la conclusión de que Estados Unidos hizo poco para detener esas muertes masivas.
Anteayer se conmemoró en Sarajevo el décimo aniversario de la masacre de Srebrenica, en la que unos 8000 bosnios musulmanes fueron asesinados por tropas serbio-bosnias. Hoy, a diez años de aquel episodio que la impulsó a investigar el tema del genocidio, Power defiende la postura que plantea en 'Problema infernal'.
"Mucha gente interpretó mi libro erróneamente como una defensa del intervencionismo de Estados Unidos en todo el mundo -dijo en diálogo con LA NACION, durante una breve visita a Buenos Aires- Existen muchas formas de intervenir para evitar una catástrofe humanitaria, y antes de llegar a la intervención militar hay que agotar la vía diplomática y la vía económica. Lo que me parece importante es reflexionar acerca de que las decisiones que los gobiernos toman tienen consecuencias que afectan a los seres humanos, ya sea que se prescinda de la intervención ante un genocidio como que se intervenga de un modo enloquecido, como ocurrió recientemente en Irak."

- ¿Por qué le interesa el genocidio como un problema de la política exterior estadounidense?

- Cuando trabajaba en Bosnia como periodista 'free lance' me causó una profunda impresión descubrir que en Europa nuevamente había campos de concentración. Yo había crecido en Estados Unidos, donde existe toda una cultura de la memoria del Holocausto, y ver en persona imágenes de hombres que pedían ayuda detrás de los alambrados fue una experiencia que me marcó. Por otra parte, estaban los aviones de la OTAN sobrevolando aquel horror, y creo que fue el deseo de saber qué era lo que esos aviones hacían concretamente por la gente que padecía en los campos lo que me llevó a trabajar en el tema del genocidio. Porque en Estados Unidos, después de la experiencia del Holocausto, todo el mundo decía "nunca más" a un hecho de esa naturaleza y, sin embargo, la OTAN no estaba haciendo demasiado en Bosnia ni tampoco Estados Unidos estaba haciendo mucho.

- ¿Por qué cree que se tomó esa actitud pasiva?

- Ante lo que vi en Bosnia, traté de hacer algo. Intenté trabajar con organizaciones no gubernamentales hasta que me di cuenta de que lo único que podía hacer era escribir. Pensé que comunicar aquel horror a los responsables de la política norteamericana tal vez produciría un cambio, pero no fue así. No era por falta de información por lo que Estados Unidos no actuaba, sino por falta de voluntad. Pero yo no entendía muy bien eso en aquel momento. Lo entendí luego, hablando con la gente, con periodistas, con filósofos e historiadores. Es importante entrar en los sistemas y hablar con la gente que les está dando forma a los diferentes procesos. En el caso de Bosnia, se trataba de la gente real que estaba tomando las decisiones acerca de lo que debían hacer aquellos aviones.

- ¿Y qué descubrió cuando tuvo la oportunidad de entrar en esos sistemas?

- Cuando empecé a trabajar en este proyecto confeccioné listas y listas con los nombres de los hacedores de políticas norteamericanas que estuvieron involucrados en Ruanda, Camboya e Irak, los casos de genocidio más recientes. Tuve acceso a documentos desclasificados y eso me permitió ver cómo funciona la mente de mucha de la gente que trabaja en esas áreas. De qué manera reciben la información sobre los hechos y cómo informan, a su vez, a sus colegas. En general, coincidían en que lo que ocurría era horrible. Y era impresionante descubrir que estaban al tanto de lo que pasaba en Bosnia, pero, al mismo tiempo, tenían claro que no habría ninguna recompensa política si se llevaba a cabo una intervención. Una expresión que se usa en política y que ilustra esa actitud es: "No tenemos ningún perro en esa pelea". De modo que si uno es un modesto empleado de una repartición gubernamental que está tratando de obtener un ascenso y recibe un informe de esas características, lo último que va a hacer es tratar de convencer a sus superiores de que hay que intervenir. Los gobiernos se plantean la posibilidad de intervenir, en el marco de sus intereses nacionales. Del interés que tengan Yugoslavia o Irak para Estados Unidos dependerá la decisión que el gobierno norteamericano tome. Eso es normal: lo hacen todos los países. Sólo que, en general, las decisiones de Estados Unidos tienen un impacto más profundo en la vida de otras personas.

- ¿Cree que, en ese sentido, hay una brecha entre la conducta ética que los pueblos pueden pedir a sus representantes y las razones de Estado que argumentan los gobiernos?

- Desafortunadamente, en la mayoría de los casos uno ve que los gobiernos permanecen pasivos y desinteresados, y así también se muestran los pueblos. La diferencia está en que los gobernantes, normalmente, tienen acceso a mucha más información que la gente común. De todos modos, la posibilidad de que exista esa brecha habría que analizarla caso por caso. Lo que ocurrió en Ruanda, por ejemplo, nos muestra que hay un tremendo arrepentimiento del pueblo norteamericano acerca de la prescindencia que tuvo Estados Unidos en ese conflicto.

- ¿En qué lo advierte?

- Es extraño, pero hace sólo once años que allí murieron ochocientas mil personas y ya se han filmado sobre el tema tres películas de ficción y varios documentales y se ha escrito media docena de libros. Créase o no, en Estados Unidos el genocidio de Ruanda se enseña en las clases de ética, en las de historia y en las de derechos humanos. Ha sido un tema que se popularizó rápidamente allí, aunque no pasó lo mismo en otros países, como Francia, por ejemplo.

- ¿A qué atribuye esa diferencia?

- Creo que los norteamericanos tienen algo que no veo en muchos pueblos: la capacidad de sorprenderse de la naturaleza humana. Es como si fueran vírgenes, como si, de alguna manera, no hubieran sido tocados por la historia.

- En 'Problema infernal' usted observa que la respuesta de Estados Unidos a las matanzas ocurridas en Bosnia fue diferente respecto de episodios anteriores. ¿Por qué?

- Es irónico. Comencé a trabajar en este libro porque me enojaba mucho que hubiéramos hecho tan poco por los bosnios, pero cuando empecé a observar los casos anteriores me di cuenta de que en Bosnia hicimos mucho más. Creo que esto se debió a que hubo mucha presión interna.

- ¿Pero por qué se produjo esa presión interna en el caso de Bosnia y no en otros?

- Creo que confluyeron varios factores: por un lado, los grupos judíos, viendo lo que pasaba en Bosnia, revivieron las imágenes del Holocausto; por otro, existía la sensación de que Yugoslavia era estratégicamente importante porque había estado entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría y, de alguna manera, se sentía que los intereses nacionales norteamericanos podían correr más riesgos en Yugoslavia que en Ruanda. Y otro factor que está relacionado con todo esto -digámoslo- es que se trataba de gente blanca: personas que se veían como nosotros. Creo que estos aspectos sentimentales crearon la base para una intervención que, de todos modos, tardó tres años en llegar. Por otra parte, la masacre de Srebrenica, ocurrida en 1995, fue la mayor de aquella guerra y, de alguna manera, se convirtió en un desafío para el liderazgo de Estados Unidos, porque este país sintió que podía llegar a pagar un precio interno por no intervenir.

- Usted observa como uno de los principales problemas en la actualidad que los políticos no están acostumbrados a sufrir las consecuencias de haber permanecido pasivos cuando era necesario actuar.

- Exacto. El tema es cómo hacer para que asuman esas consecuencias. Para el común de los norteamericanos, por ejemplo, la política exterior no es algo importante. En ese terreno, los gobiernos pueden cometer errores sin sufrir las consecuencias dentro de su país, mientras la gente perciba que la economía funciona bien. Es todo un problema conseguir que los gobernantes rindan cuentas de sus actos [o de la ausencia de ellos] ante los pueblos. Para mí, la única manera efectiva de lograrlo es hacer valer los derechos de los ciudadanos en el Congreso. Hoy en día existen muchas naciones que podrían desarrollar una labor intensa en materia de derechos humanos, por ejemplo. La idea de que Estados Unidos ostente el liderazgo en ese terreno es traumática, porque sabemos que comete abusos en nombre del voluntarismo. Pero, por otra parte, incluso los países que son críticos de Estados Unidos adoptan una actitud pasiva. Muchas veces los gobiernos usan los conflictos que tienen que solucionar dentro de sus países como una excusa para disculparse ante sí mismos y ante los demás por no hacer nada respecto de los graves problemas humanitarios que puedan presentarse más allá de sus fronteras. Pero eso es inaceptable, es como decir: "No puedo caminar y mascar chicle al mismo tiempo".