NOTA DE PRENSA

Nota: Alfonsín, memoria política y derechos humanos
Autor de la nota: Eugenio Kvaternik
Medio: La Nación
Fecha: 28/10/2004
Libro: MEMORIA POLÍTICA
Autor del libro: Raúl Alfonsín
Extracto:

Hace algunas semanas, se publicó, con el título de 'Memoria política', un libro del doctor Raúl Alfonsín, en el cual el ex presidente hace un balance de su actuación desde 1983, con un capítulo especialmente dedicado a la política de derechos humanos de su gobierno. El ex presidente argumenta, correctamente, que en una democracia que recién emergía luego de años de dictadura militar era imposible detener y juzgar a casi dos mil oficiales de las Fuerzas Armadas que estaban en actividad. Tampoco los argentinos habían votado en esa dirección. El 40% de los votantes al partido justicialista había aceptado, de hecho, la amnistía dictada por los militares en las postrimerías de su gobierno, y la mayoría del 52% que había votado a Alfonsín tampoco pretendía que juzgara y encarcelara a más de mil oficiales involucrados en la represión.

El historiador inglés Theodore Zeldin nos dice que, en las naciones acostumbradas a revoluciones y a cambios políticos frecuentes, los regímenes sucesivos están en parte compuestos por hombres nuevos y en parte por hombres que pertenecían al régimen anterior. 'Hommes nouveaux y revenents' dirían los franceses. Tenemos un ejemplo en el pasaje del fascismo a la democracia en la Italia de posguerra.

Luego de 1945, la Democracia Cristiana italiana, liderada por De Gasperi, plasmó una coalición entre viejos y nuevos protagonistas. Aquí los 'revenents' fueron los sectores clericales y moderados que adhirieron al fascismo hasta la guerra. Lentamente, se fueron apartando del régimen, para volverle la espalda definitivamente cuando comenzaron, a fines de 1942, los bombardeos sobre las ciudades italianas. No eran antifascistas; habían dejado de ser fascistas. Fueron antifascistas, en cambio, los hombres nuevos: los militantes católicos de la Resistencia.

También el alfonsinismo conformó, en sus inicios, una coalición entre viejos y nuevos protagonistas. Entre los primeros los había de dos tipos. Unos eran quienes habían apoyado al gobierno militar ante la amenaza guerrillera, sin saber cómo había sido la política represiva. A los otros, y que pegaban en sus autos el slogan "los argentinos somos derechos y humanos" no les preocupaba saberlo. Ambos se despegaron oportunamente de los militares. No eran antiprocesistas; habían dejado de ser procesistas. Los nuevos, en cambio, eran adversarios de la dictadura y querían una condena de la represión ilegal y una reparación para las víctimas. Es obvio que una coalición semejante no pretendía y no podía juzgar en forma indiscriminada a quienes habían hecho la "guerra sucia".

¿Lidiaron estos líderes con la herencia de sus respectivos autoritarismos en las mismas condiciones? Seguramente que no. De Gasperi pudo construir su coalición después de liquidado el fascismo. Alfonsín, por el contrario, construyó la suya antes y para acabar con las secuelas de la dictadura. La tarea del primero fue, a todas luces, más fácil que la del segundo, como lo revela el juicio a los militares.

El propósito del doctor Alfonsín era acotar el número de oficiales que iban a ser juzgados, distinguiendo responsabilidades diferentes entre quienes habían dado las órdenes, quienes las habían recibido y quienes se habían excedido en su cumplimiento. Con este criterio, remitió al Congreso un proyecto de ley que modificaba el código de justicia militar. Es decir, lo que después se conoció como la obediencia debida. La iniciativa fracasó porque fue torpedeada en la Cámara de Senadores por el peronismo y los dos legisladores del Movimiento Popular Neuquino. Ironías de la política, el peronismo, que había aceptado la autoamnistía de los militares, acabó aprobando un proyecto que abrió las puertas para juzgarlos a todos, sin distinciones.

Aceptado el proyecto oficial, Alfonsín dixit, se hubiera cerrado el capítulo de las secuelas de la guerra antisubversiva y no se habrían producido los levantamientos de Semana Santa y otros episodios similares. Pero Alfonsín no nos dice nada de las razones por las cuales no vetó una iniciativa a la que responsabiliza de sus problemas con los militares. Podemos suponer que no lo consideró necesario. Quizás en ese momento no se podían prever las consecuencias de la modificación introducida por la oposición. ¿Por qué, entonces, el testimonio del protagonista pone ahora tanto énfasis en un episodio que el hombre de gobierno consideró que no requería su intervención?

Una interpretación posible de estos hechos sugiere que estamos en presencia de los dilemas que enfrenta el político y que, según el sociólogo alemán Max Weber, distinguen al político que obra atento a una moral de la responsabilidad del que lo hace basado en una ética de la convicción.

El actor que obra de acuerdo con la primera pone entre paréntesis sus principios si su aplicación acarrea consecuencias perjudiciales para el régimen político o para los ciudadanos. Quien en cambio obra impelido exclusivamente por sus convicciones y se desentiende de las eventuales consecuencias de sus actos obra según el aforismo latino 'fiat iustitia, pereat mundus'. Que se haga justicia aunque el mundo perezca.

Un político, nos dice Raymond Aron, está obligado a superar la antinomia. Debe ser, al mismo tiempo, convencido y responsable. ¿Lo fue el entonces presidente? No podemos dudar de sus intenciones. No hay necesidad de demostrar la convicción del único gobernante latinoamericano que envió a juicio a los jefes de un régimen autoritario.

¿Fue un gobernante responsable? Sin duda, cuando mandó el proyecto de ley que ponía a recaudo de los juicios a la oficialidad de menor rango. ¿Lo fue cuando no vetó las modificaciones del Senado?

Al obrar, todo actor introduce un eslabón nuevo en la cadena de los acontecimientos. Si puede demostrar, como nos dice Max Weber, que de haber actuado de otro modo la historia hubiese tenido un curso diferente, ese acontecimiento se convierte en la causa adecuada de lo que sucedió. Si así se hubieran evitado las crisis militares posteriores, no podemos soslayar la pregunta de rigor: ¿la causa adecuada fue la oposición que modificó el proyecto o el ejecutivo que no lo vetó? En rigor, ambos, pues los episodios militares posteriores fueron el resultado tanto de la irresponsabilidad opositora como de la negativa del doctor Alfonsín a vetar la ley.

El libro, al reivindicar al político que conjuga ambas éticas, pinta, a la vez, un retrato de su autor. ¿Autorretrato o autobiografía? Los autorretratos son definitivos; las autobiografías, no. El punto de vista de una autobiografía está obligado a lidiar con otras opiniones, lo cual, inevitablemente, lo hace parcial y también provisorio. Es un bosquejo, no un retrato.

En las dificultades que Alfonsín afrontó como protagonista, su propósito fue proceder según los imperativos de ambas éticas, pero sin extremar los recursos, como lo pone de manifiesto el tema del veto. Por ello, su libro revela el tributo que el protagonismo del político impone al historiador. El historiador debe siempre buscar la verdad. Un político no siempre debe decirla.