NOTA DE PRENSA

Nota: La historia en primera persona
Autor de la nota: Luis Alberto Romero
Medio: La Voz del Interior - Córdoba
Fecha: 07/10/2004
Libro: MEMORIA POLÍTICA
Autor del libro: Raúl Alfonsín
Extracto:

Los historiadores suelen distinguir entre las intenciones de los actores y las consecuencias de sus actos, habitualmente diferentes y distantes de aquellas: en la 'Memoria política' de Raúl Alfonsín tenemos la ocasión de apreciar las dos circunstancias. Alfonsín explica sus intenciones en el momento de tomar una decisión: los condicionantes, las alternativas, la evaluación de las consecuencias. Pero ya a la distancia, con el conocimiento de lo sucedido, puede agregar un segundo juicio: las consecuencias que esas decisiones han tenido efectivamente.

Preocupado por la coherencia entre sus acciones y sus principios, Alfonsín quiere explicarse, quiere defenderse. Pero en el juicio de sus contemporáneos interfiere una circunstancia singular. La democracia que se construyó desde 1984 y a cuyo destino está unido Alfonsín, fue una democracia con pocos demócratas: ni tradiciones fuertes, ni dirigentes respetados, ni ciudadanos diestros, ni rutinas cívicas. La falta de sustentos reales se suplió con la ilusión acerca de las capacidades de la democracia, que Alfonsín supo alimentar como nadie. Es probable que sin esas ilusiones el frágil proyecto democrático hubiera naufragado. Pero cuando la ilusión chocó con realidades duras y difíciles de modificar, muchos comenzaron el pedido de cuentas.

Fue entonces cuando comenzó a formarse un sólido sentido común anti alfonsinista. Sin duda, lo alimentaron sotto voce los nostálgicos del "antiguo orden"; pusieron su parte quienes mantuvieron el viejo espíritu de facción. Pero se diría que el grueso de ese sentido común estuvo constituido por los desilusionados de la primavera democrática, aquellos que reprocharon a Alfonsín el haberles destruido la ilusión, los que lamentaron -como en el inmortal diálogo de Mafalda- que el padre no pudiera darles la luna. A ellos se dirige Alfonsín, para explicar las circunstancias de sus actos y para proponer una evaluación madura de sus consecuencias.

El juicio a las Juntas

El problema de los militares y el juicio a las Juntas es sin duda el más importante de todos los tratados en esta 'Memoria política'. Suele decirse que la posición de Alfonsín se ubicó en un lugar intermedio entre la propuesta de autoamnistía y la demanda de juicio y castigo a todos los culpables. El ex presidente, en cambio, sostiene que el suyo fue un proyecto independiente y coherente, que incluyó el esclarecimiento de la verdad, a través de la Conadep, y el juicio a los responsables, fundado en la distinción de tres niveles: quienes dieron las ordenes, quienes se excedieron en su cumplimiento y quienes se limitaron a obedecerlas.

Una y otra vez, Alfonsín afirma que, aunque adecuándolo a las cambiantes coyunturas, nunca se alejó de esta propuesta; ni siquiera en el caso de las leyes de punto final y obediencia debida que -según afirma- se redactaron antes e independientemente de los sucesos de Semana Santa. La elección de ese camino, a partir de un imperativo moral claro, tuvo que ver con lo posible, con lo jurídicamente admisible y con la decisión de que el resultado final fuera duradero, definitivo, en homenaje tanto a los muertos como a los vivos.

A 20 años del juicio a las Juntas, Alfonsín puede presentar unos resultados contundentes, no sólo por la inamovible condena de los principales responsables sino porque el veredicto judicial puso todo un episodio de nuestro pasado más allá de la discusión política y de las tan comunes revisiones. La justicia ha hablado, y al hacerlo ha dado una lección acerca de lo que es el gobierno de la ley y el estado de derecho a una sociedad huérfana de buenos ejemplos.

Tan transparente resulta la secuencia lógica de este proceso, que el resultado ha terminado por parecer natural; fue posible entonces hacer la lista de las falencias, de todas las injusticias e iniquidades no saldadas. De acuerdo con este sentido común -que es el producto más auténtico de nuestra primavera democrática-, lo no hecho ha terminado por empañar lo hecho. Aquí es donde resulta interesante el testimonio de Alfonsín, su recuerdo de lo que fue la concreción, día a día y crisis a crisis, de ese resultado aparentemente natural.

El ex presidente recuerda el escaso apoyo inicial que tuvo entre las fuerzas políticas -incluyendo a buena parte del radicalismo- su propuesta de juicio a los militares. El peronismo, que obtuvo más del 40 % del sufragio, apoyaba la autoamnistía. Desde distintas corporaciones surgían pedidos de prudencia y olvido, y poco podía esperarse del tormentoso mundo militar que aparecía sustentando al poder civil.

Seis años en una escena

Es muy interesante la reconstrucción que hace Alfonsín de esta parte de la historia, de la que fue testigo privilegiado, tan respetuosa por las personas como descarnada en la exposición de sus conductas. Los mejores de ellos proclamaban, bajo la forma de la subordinación al gobierno civil, opiniones que no se distinguían demasiado de las de sus camaradas rebeldes. Había otros cuyo realismo cínico recuerda al del inolvidable capitán Renault de Casablanca: se subordinaban a la democracia pero la contemplaban con el mismo manso escepticismo que aquél, subrayando el adjetivo ordinal, observaba al Tercer Reich.

En el otro bando había aires de cruzada y manifestaciones del peor nacionalismo. En la Semana Santa de 1987, en Campo de Mayo a dónde había ido, inerme, a dialogar con los rebeldes, Alfonsín escuchó ese discurso mesiánico y emotivo en boca de un joven oficial, veterano de las Malvinas. La escena es dramática y el párrafo está magníficamente construido: el desarrollo de la narración hace suponer que el presidente se dejará atrapar por palabras que sintetizan el sentido común nacionalista de nuestra sociedad, soberbio y paranoico, que afloró el 2 de abril de 1982. Pero en cambio, Alfonsín toma distancia, amonesta sus palabras y ejemplifica, en ese "héroe de Malvinas", todo el daño que una ideología demencial había provocado en las Fuerzas Armadas.

Esa escena, la más dramática del libro, condensa en unas horas una historia de seis años. Convivir con los militares y con buena parte de la sociedad que los consintió, los apoyó y querría perdonarlos; no interrumpir nunca el diálogo pero no abandonar nunca la línea de conducta ni desviarse de los principios. Tal la imagen, sin duda convincente, que resulta de este dramático relato de seis años de convivencia con el enemigo. Un enemigo que recuerda al tiburón de 'El viejo y el mar' de Hemingway: ha mordido el anzuelo pero aún tiene fuerzas para luchar y arrastrar al fondo del mar al osado pescador.

Como aquel viejo, el presidente tiró y aflojó, sin soltar nunca la línea, desgastando a su presa. Por cierto, el último tirón le correspondió a su sucesor, el presidente Carlos Menem, y al general Martín Balza, pero es difícil imaginar el final de 1990 sin aquellos largos años de pelea cotidiana, donde nada estaba decidido y ningún final era natural.

Raúl Alfonsín ha escrito su 'Memoria política' con apasionamiento, moderado por la razón. Nunca abandona el marco de la lógica argumentativa y el de sus principios políticos. Habla de acciones, elecciones y decisiones, y allí aporta su experiencia sobre cuestiones que son clásicas en la reflexión política: la tensión entre lo deseable y lo posible, entre la fidelidad a un principio y la preocupación por las múltiples consecuencias de una decisión.

En su 'Memoria política' vemos al político que actúa y es juzgado en dos contextos muy distintos: el del principismo de los años '80, cuando todo parecía posible, y el del pragmatismo de los '90, cuando cualquier principio parecía inútil. En ambos, la figura de Alfonsín es la de un estadista, que puede actuar simultáneamente en la coyuntura y en un plazo más largo, y en una interminable partida de ajedrez, es capaz de ver por anticipado varias jugadas. En lo que conozco de la vida política argentina, no podría mencionar otra figura de su estatura.