NOTA DE PRENSA

Nota: Enzo Traverso: "La alternativa a las políticas neoliberales en Latinoamérica fracasó"
Autor de la nota: Carolina Keve
Medio: Clarín
Fecha: 28/12/2018
Libro: MELANCOLÍA DE IZQUIERDA
Autor del libro: Enzo Traverso
Extracto:

"El triunfo de Bolsonaro es de hecho una derrota del PT", sostiene el historiador italiano, quien en su nuevo ensayo reivindica cierta melancolía por el socialismo y, a la vez, la necesidad de revisar los fracasos sin aferrarse a los dogmas. En este diálogo con Carolina Keve, el autor explica también por qué el liderazgo del brasileño y el de Trump, entre otras conducciones de derecha, no pueden asimilarse al fascismo clásico.
¿Cómo recuperar la voluntad de transformación sin caer en la nostalgia de las revoluciones perdidas? ¿Dónde encontrar la brújula en un mundo con fronteras inciertas, que ya no se dirime entre elecciones o adversarios claros? ¿Cómo pensar y construir una memoria que sea capaz de proyectar ese pasado en la idea de un porvenir? Son tan solo algunas de las preguntas, enormes preguntas, que el historiador Enzo Traverso se plantea en su último libro, Melancolía de izquierda. Marxismo, historia y memoria (Fondo de Cultura Económica), retomando su preocupación por las posibilidades de construcción de un nuevo tipo de izquierda. Invitado por la Universidad de San Martín para participar del Encuentro Marx 200 años, analiza en esta entrevista los escenarios abiertos hoy sin perder el optimismo. La clave parecería residir en mirar el pasado y sus fracasos, sin quedar atrapados en ellos.

–Tomo una pregunta que le han hecho recientemente acerca de si Europa estaba ingresando en los años 30, pero subo la apuesta. Donald Trump, Jair Bolsonaro… ¿el mundo está reviviendo esa década?

–Estamos frente a escenarios totalmente imprevisibles. Salimos del siglo XX, un siglo en el cual había orden, e ingresamos en el siglo XXI, en un mundo global, sin un orden y donde todo es posible. En este contexto una solución autoritaria es un escenario posible. Ahora bien, no creo que el fascismo del siglo XXI pueda ser considerado, eso sí, como una vuelta al fascismo clásico. No es un modelo útil para entender lo que está pasando. Estamos ante un fascismo que tomará otras caras. Justamente, el problema pasa por preguntarse cuáles serán esas otras caras. No es lo mismo Trump en Estados Unidos que Bolsonaro en Brasil. Tienen características muy diferentes.

–¿Por ejemplo?
–En Europa la extrema derecha tiene éxito porque se opone a la Unión Europea. En Estados Unidos estamos ante una forma muy ecléctica de proteccionismo y neoliberalismo. En Brasil, podríamos afirmar que Bolsonaro tiene una actitud fascista y al mismo tiempo neoliberal en el sentido más radical de la palabra. Es decir, el fascismo clásico no representa un modelo ni para Trump ni para Bolsonaro, está claro. No son líderes políticos que llegan de esa tradición o tengan esa cultura. Entonces creo que debemos hacer estas comparaciones con cuidado. Son útiles pero más que nada para ver las diferencias.

–Recuperando algunas hipótesis del libro, estos ascensos podrían interpretarse también como correlato de una izquierda que no ha logrado superar cierto mesianismo y cierta cultura de la derrota…
–Siempre en contextos de crisis la búsqueda de una solución gira hacia la derecha, o la extrema derecha. Eso significa que la izquierda es incapaz de proponer una alternativa. Ahora, como el fascismo tiene nuevas caras, la izquierda seguramente no podrá aparecer como una alternativa si propone viejos modelos que han fracasado.

–¿Cuáles son esos modelos?
–Hasta ahora tuvimos dos corrientes dominantes, el comunismo por un lado, y la socialdemocracia por otro, con numerosas variantes. La socialdemocracia se volvió en una corriente social liberal, hoy no aparece para nada como una alternativa al modelo económico dominante. Por otro lado, es cierto que a veces las alternativas pasan por los aparatos tradicionales, como el caso de Bernie Sanders en Estados Unidos o Jeremy Corbin en el Reino Unido. Pero también hay movimientos que están buscando algo nuevo y no logran construir nuevas formas políticas, nuevas representaciones.

–Un ejemplo interesante frente a ello es el caso de Podemos en España.
–Podemos es el único ejemplo de construcción de una fuerza política organizada que se apoyó en su nacimiento sobre un movimiento social. Si tiene la capacidad de estimular coaliciones que consoliden su horizontalidad, garantizando que la base social tenga su representación sin sustituciones de un aparato, sería fundamental. De lo contrario, el riesgo es que se institucionalice como un partido de izquierda, como pasó, por ejemplo, con el PT en Brasil.

–En su trabajo cita el caso de Bolivia como un ejemplo interesante de populismo.
–Durante un tiempo, Latinoamérica apareció como el continente de la resistencia a las políticas neoliberales, y esta alternativa fracasó. El triunfo de Bolsonaro, de hecho, también es una derrota del PT. El problema de la búsqueda de una alternativa de izquierda hoy se plantea en todas partes.

–¿Cómo conservar la esperanza entonces? Tras la caída del muro, prácticamente han sido pocas las alternativas.
–Bueno, tengo 60 años y recuerdo muy bien la caída del muro (se sonríe). Fue un período de muchas esperas, y de esperanza. Era la promesa de un mundo abierto. Pero lo que ocurrió después fue todo lo contrario. Los muros se multiplicaron

–Al respecto, hoy pareciera haber cierto desplazamiento en los discursos de la derecha de la figura del “terrorista” a la figura del "inmigrante". ¿Podemos considerar estos fenómenos como un fracaso del mito de la aldea global y el triunfo de los Estados nación?
–Las fronteras se multiplicaron, pero no son más las fronteras de un Estado nación en el sentido clásico. Después de la Segunda Guerra nos condujimos hacia el fin de estos antagonismos entre nacionalismos bien definidos. Hoy es muy diferente, se han construido nuevas fronteras que son la expresión política de la búsqueda de nuevos chivos expiatorios, con diversas formas de xenofobia y racismo…En este sentido, creo que la caída del muro apareció no solo como el fracaso de un conjunto de regímenes políticos. Fue además un corte histórico que permitió tomar conciencia de que un modelo de cambio social y político, que había dominado el siglo XX, no estaba más vigente. Es decir, fue la caída del socialismo real pero también fue el agotamiento de un ciclo de revoluciones con el que empezó un trabajo de duelo por parte de la izquierda, que habría que elaborar críticamente. Creo que eso se hizo de una forma parcial, sin lograr resultados tangibles.

–¿Y en qué consiste esa capitalización crítica de la melancolía?
–En el libro yo lo planteo como una experiencia necesaria para salir. Es decir, no pienso la melancolía en términos de una derrota final. Creo que pasa por un trabajo necesario de reconstrucción, que además permitiría plantear un vínculo entre esa generación formada en el siglo XX y las nuevas, que son muy creativas y buscan ideas nuevas pero que tal vez no tienen pautas ideológicas. Hoy estamos ante formas nuevas de comunicación y de acción, que constituyen potencialidades muy fructíferas. No obstante, una generación sin memoria, que no puede inscribir su acción en una continuidad histórica, puede ser un elemento de vulnerabilidad.

–Advierte las consecuencias de cuando esa potencialidad revolucionaria entra en una lógica mesiánica. Pensar que todo está por pasar, implica asumir que no está pasando nada.
–Es bastante complejo, porque por un lado, el mesianismo que dominó la cultura de la izquierda en el pasado –y que yo vinculo a una visión teleológica de la historia–, fracasó. Por otro lado, tener un telos, un objetivo, pensar que se puede cambiar el mundo en cierta dirección, puede ser la premisa de los totalitarismos pero también es un lugar común del liberalismo clásico. En este sentido, creo que no se puede hacer política con las ilusiones del pasado sin asumir una crítica al mesianismo, que al final es una apología del orden dominante. El caso de la Unión Europa es muy paradigmático desde este punto de vista.

–¿Por qué?
–La Unión Europa es una entidad políticamente inexistente; no es un estado soberano. Cada país debe decidir, por ejemplo, sobre su política internacional. Pero al mismo tiempo es un lugar de producción de leyes muy constrictivas. Es decir, construye un marco que estados soberanos deben respetar. Es un buen ejemplo de cómo existen ilusiones que son muy performativas. El siglo XXI es un siglo dominado por la retórica de los derechos humanos, pero también es un siglo que reproduce muchas formas de opresión.

–Tomando la caracterización de Eric Hobsbawm, si el período comprendido entre 1789 y 1914 fue el “siglo largo”, y aquel entre 1914 y 1991 fue el "siglo corto", ¿qué nombre le cabe a la etapa que arranca con la caída de la Unión Soviética?
–(Se sonríe y responde) Soy incapaz de decirlo. Con seguridad afirmaría que es el siglo que comenzó con el fracaso de los socialismos. El fin de la Guerra Fría implicó una victoria del capitalismo, y eso no necesariamente se limita a una victoria de Estados Unidos frente a la Unión Soviética… Creo que, hasta ahora, ha sido el triunfo del capitalismo neoliberal como modelo económico, pero también como ideología. ¿Será eso lo que marque el horizonte? No podría afirmarlo.