NOTA DE PRENSA

Nota: Luigi Zoja, cuando el guerrero puede abrazar a su hijo
Autor de la nota: Héctor Pavón
Medio: Clarín
Fecha: 13/04/2018
Libro: LOS CENTAUROS
Autor del libro: Luigi Zoja
Extracto:

–¿Un padre se construye?

–Margaret Mead, la mayor antropóloga del siglo XX, analizó varias sociedades y concluyó que –relacionando las más primitivas, como la polinesia o la de Estados Unidos– el padre es una creación cultural. Yo he seguido ese rumbo. Por otro lado, la etología (estudio científico del comportamiento humano y animal) sostiene que no es posible que los varones humanos no tengamos instintos para nuestros hijos. A pesar de que ahora se dice que los seres de sexo masculino, humanos o animales, tienen algún instinto. Y prácticamente el papel del padre es una construcción del patriarcado de Occidente, que fue el responsable de las colonizaciones, de la mayoría de las guerras, falta de justicia social, pero también del desarrollo, de la cultura, etcétera. Es complejo entonces el padre. Uno tendría que hacer una distinción entre el patriarcado, una evaluación de toda la sociedad, donde de alguna manera hay una simetría entre el Estado, que siempre fue de sexo masculino, la política, y la familia, que es de forma piramidal, con el padre a la cabeza.

-¿Cuándo se llevó al “padre” al laboratorio, cuándo se lo puso bajo el microscopio?

–En los 90, en los catálogos de las principales bibliotecas del mundo, se veía que había más o menos diez veces más títulos, estudios sobre la madre, sobre la relación madre-hijos, que sobre el padre. Es interesante ver cómo se le dice padre también a la madre. Mead dice que antropólogos y sociólogos sostienen que la identidad masculina cambia con el tiempo y que está construida por la cultura. El padre fue construido y cambia con las sociedades y los tiempos. En algunas épocas la identidad femenina permanece estable, porque en la mayoría de las sociedades no tiene un papel oficial y político, como el de los varones. El papel cultural femenino está mucho más vinculado al papel biológico. Mead sostenía que nuestra función masculina es muy sencilla. La función de la mujer empieza, la nuestra empieza y termina. Y eso implicó millones de niños, hijos abandonados por los padres por mala voluntad, pero también por falta de conciencia. Uno tiene que construirlo. A esta construcción con una híper compensación Jung la llamaba enantiodromía (según Heráclito, es el juego de los opuestos en el devenir). Como la sociedad llamada primitiva estaba demasiado centrada en la madre, se construyó una sociedad patriarcal exagerada en la otra dirección. Mead señalaba la particularidad de la situación de los afroamericanos, de su pasado de esclavitud.

–¿Cómo afectó a los afroamericanos la ausencia legal de un padre en la era de la esclavitud y qué consecuencias pudo traer hacia el presente?

–El marco legal era muy sencillo pero definido y, de ese modo, los esclavos no tenían personalidad jurídica, entonces se volvían una propiedad. Si le pegabas al esclavo de otra persona, se volvía un crimen contra el dueño, es decir, un crimen contra la propiedad. Entonces, sin personalidad jurídica, no se podían casar y como sabemos, el matrimonio es un contrato. El nacimiento existía y se lo registraba, se sabía quién era la madre pero el nombre del padre no aparecía. Y esto significa algo. Para Mead cada generación tiene que volver a “hacer” al padre. Si no, se olvida, porque es una construcción cultural. Los esclavos no leían, no tenían libros, no tenían nada, entonces había solo transmisión oral. Un estudio sostiene que probablemente más del 30% de las características genéticas de los hijos de esclavos son blancas. El propietario no era sólo de la fuerza de trabajo, también poseía el cuerpo de las mujeres que no podían decir nada. En 2008, me telefoneó una periodista estadounidense y me cuenta que “hay un nuevo candidato en EE.UU., desconocido, negro. Y está diciendo que se debe recuperar la educación, el orgullo, el placer para una futura integración de los afroamericanos”. Allí se veía que la estructura de una familia con un padre fue perdida en el tiempo y necesita de muchísimo tiempo para recuperarla. Pero si se insiste con la educación, algo se recupera. Hoy se ve que una mitad de los afroamericanos han ingresado en la clase media. Son familias con una presencia paterna fuerte, aún más que los blancos. Uno de los más factores de retraso más sorprendentes en lo que se queda a un nivel muy bajo de la situación social, socioeducativa, es el hecho de que llegan de familias encabezadas por mujeres.

–En términos políticos sobran casos de padres poderosos. Parece un modelo del pasado, pero no es tan así, ¿no?

–La idea de democracia es algo entre iguales. El gran cambio con la Revolución Francesa fue modificar el verticalismo de la sociedad que correspondía a un verticalismo en la familia, con el padre como representante, etcétera, y también en las estructuras eclesiales. Es la sociedad horizontal y no vertical la forma necesaria para la sociedad moderna, democrática, entre iguales con valores como la fraternidad, la hermandad.

–¿Cómo se transforma el líder en un padre, deseado o no deseado?

–La degeneración toma la forma de lo que en español se dice la manada, o la horda liderada por el macho alfa. Los líderes de los regímenes que no son tan democráticos dicen: yo soy el padre del pueblo, de la nación, y se transforma en un macho alfa. Y mi crítica a los fascismos es precisamente que movilizan a las jóvenes generaciones y las sustraen de la autoridad de la familia burguesa, del padre normal. Por el contrario, los jóvenes debían ir con la escopeta al hombro; debían ser militarizados.

–Hoy fácilmente podemos pensar en Trump y Putin en esos papeles.

–Esas fotos de Putin mostrando los músculos y exhibiendo la escopeta es una cosa tan idiota, que no significa ni dice nada en términos de la calidad de un político. Si tiene músculos o no, carece de importancia. Tendría que tener cabeza.

–En su libro, en el capítulo sobre Héctor, sostiene que patriota y padre tienen el mismo sentido.

–Etimológicamente es así. Padre, patria… es antes del latín, también en griego, pater. Patria nos llega del griego, la tierra de los padres, entonces, regida por los padres. Incluso antes del cristianismo y del monoteísmo, es el sitio donde están enterrados nuestros padres.

–¿Y qué es lo que sintetiza el gesto de Héctor con su hijo? Me interesa, soy padre y me llamo Héctor...

–Claro, claro. En realidad, los gestos son dos que se leen en el libro sexto de La Ilíada. El primero, muy simbólico, ocurre cuando Héctor vuelve de una batalla, se prepara para otra pelea más terrible y quiere despedirse de su mujer e hijo. Piensa que quizás no regrese. Abraza a su esposa y cuando trata de abrazar al hijo, este llora porque no lo reconoce. Homero es el mejor de los psicólogos, porque nos explica esto a través de imágenes, sin interpretaciones filosóficas aburridas. Héctor lleva puesto el yelmo griego y por eso su hijo no lo reconoce. En la identidad masculina, se presentan estos dos aspectos, uno es el del combatiente, el macho. Pero como se trata de un padre, al mismo tiempo debe ser tierno. Es bastante difícil coordinarlo, pues si miramos nuestra época, los papás también vuelven muy cansados y nerviosos, y no son capaces de abrazar a sus hijos. El segundo gesto es cómo los padres abrazan a sus hijos, de forma tan diferente a las madres. Las madres abrazan a los niños mirándolos a los ojos, como si los fueran a amamantar. Los padres lo hacen poniéndose en paralelo a los ojos del hijo, miran hacia adelante. Cuando Héctor levanta al hijo, le reza a Zeus para que haga a este hijo aún mejor que su padre. Y simbólicamente, lo alza más alto, lo eleva.

–Héctor les pide a los dioses que su hijo sea más fuerte. Y usted subraya esto como un acto generoso. ¿Le parece inimaginable en el presente?

–No, hoy es no sólo posible. Desde los años 90, en apenas una generación se volvió más intensa la sensibilidad del rol paterno; es muy evidente si se lo compara con la actitud históricamente típica de Norteamérica y del norte de Europa. En Italia uno puede verlo anunciarse, Argentina es un poco más europea. Pero se ve muchísimo a padres que se ocupan del cuidado primario del hijo, muy tiernos y afectuosos. Es claro que estamos ante un cambio necesario, mucho más democrático, y evidente cuando trabaja la pareja, padre y madre. Se trata de algo necesario, una rotación en el cuidado del hijo. Pero bueno, eso es lo que, en términos de psicoanálisis, definimos tradicionalmente como “lo materno”.

–Cuando usted habla en el libro de la ausencia del padre, y teniendo en cuenta esto último, ¿podemos hablar de un nuevo escenario con distintas características?

–Hay más presencia masculina, cierto, pero aún es primaria. Y todo el problema que abordé, como el de la criminalidad de los jóvenes, de los adolescentes varones, es un fenómeno típico de la modernización. En la sociedad primitiva había robos pero la novedad de la modernización es que hay mucha criminalidad de las bandas, de hordas de varones, que no es constructivo, es sólo una manera de expresar la presencia y los músculos y las hormonas de los adolescentes varones. Esto está muy vinculado a la ausencia paterna en todas partes. En las cárceles de EE.UU., más del 80% de los presos no tienen padre; hablamos de una población carcelaria de dos o tres millones de personas. El problema es la falta del padre, esa ausencia se manifiesta cuando los hijos –y típicamente los hijos varones– son adolescentes. No es en la educación primaria; ocurre en la secundaria. Se trata de poner límites educando y siendo flexible, dialogando y no sólo pegando.

–Hoy la madre se vuelve más madre-padre…

–Yo razono como psicoanalista y en particular, como junguiano; es decir que estoy hablando no de personas con el cromosoma xy, sino de principios psicológicos. Hay padres que no están divorciados, que tienen el cromosoma xy, pero que no son padres porque están ausentes. Hay padres del presente, de clase media, que parecen idiotas sentados frente a la televisión; es terrible. Lucen sin energía, vacíos, de alguna manera. Esta ausencia es psicológica, no física: se trata de la ausencia psicológica del padre.

 

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