NOTA DE PRENSA

Nota: Adriana Petra. Recuerdos de la ilusión comunista
Autor de la nota: Carolina Keve
Medio: Clarín
Fecha: 23/05/2018
Libro: INTELECTUALES Y CULTURA COMUNISTA
Autor del libro: Adriana Petra
Extracto:

Era el 25 de febrero de 1956. En medio de una noche helada, el Partido Comunista de la URSS, tras casi dos semanas de intensos encuentros y debates, protagoniza un desenlace inesperado. Su secretario general, Nikita Kruschev, habla ante un pequeño grupo. Y entonces pronuncia una sentencia impensable. Stalin, muerto tres años antes, había construido un régimen criminal. Hay desmayos, infartos, y hasta suicidios, configurando para Adriana Petra no sólo un momento crucial, sino también una clave para interpretar los años 50 como un punto de partida. Justamente su libro Intelectuales y cultura comunista (Fondo de Cultura Económica) reconstruye el itinerario que tuvo el Partido Comunista Argentino sobre nuestro universo cultural y plantea algunas preguntas centrales para pensar un proceso que aún hoy ejerce importantes consecuencias. ¿Pudieron los intelectuales argentinos practicar su militancia sin rescindir su libertad creativa? ¿Cómo se concilia el devenir del PC con nuestras especificidades históricas? Y, en este sentido, ¿qué particularidades le plantea el peronismo al mundo de las izquierdas en nuestro país? Para Petra, doctora en Historia e investigadora del Conicet, lo único cierto es que la respuesta no puede ser unívoca y es necesario desconfiar de cualquier lectura que reduzca el asunto a una cuestión de verticalidad y obediencia.

En esta entrevista, la historiadora cuenta la génesis del libro: “Yo venía trabajando sobre aquello que se concibe como la ‘nueva izquierda’, es decir aquellos grupos político-intelectuales que surgieron a fines de los 50 y en los 60, en un contexto propiciado por la Revolución Cubana y la ruptura con las viejas formaciones o lo que en ese momento se llamaba la ‘izquierda tradicional’. Particularmente me interesaba un grupo ligado a la revista Pasado y Presente, en donde –entre otros– estaban José Aricó y Juan Carlos Portantiero. Ahí me enfrento con la necesidad de trabajar la ruptura con un mundo que, en realidad, no se conocía, o más bien aparecía ligado a posturas muy obvias, que por un lado lo describían como monolítico y gobernado por una incapacidad de disenso, como una suerte de bloque homogéneo y sin accidentes, y por otro, una definición que lo entendía hegemónico, sobre todo en términos culturales. Y esto suponía una contradicción. Es decir, ¿cómo algo tan cerrado y árido al mismo tiempo había logrado construir un espacio cultural tan grande y variado? Y es a partir de esta pregunta entonces que empiezo a trabajar el comunismo y también el concepto de ‘cultura comunista’, que es algo más complejo”.

–En el libro, justamente, se plantea esta tensión constitutiva de los intelectuales comunistas, en tanto debían responder al partido y al mismo tiempo mantener cierta autonomía, necesaria por ser intelectuales…

–Exacto, durante mucho tiempo la idea de un intelectual comunista resultaba un oxímoron. Pertenecer a un partido rígidamente jerarquizado planteaba una especie de suspensión de esa autonomía. Hubo experiencias que muestran que esa relación era algo complejo, que la cuestión de la autonomía debe matizarse.

–¿Cómo resolvían la contradicción?

–No sé si se resolvía. Se pueden buscar varios ejemplos de cómo se podía tramitar dependiendo del tipo de actividad o disciplina, de la función que cumplían o les era asignada. Claramente, en ciertas profesiones dedicadas a algún tipo de “trabajo intelectual” la cuestión era más fácil. Pensemos en los abogados. Podían sacar un preso político y mantener su estudio jurídico, aunque lo pusieran a disposición de la estructura partidaria. En el caso de aquellos vinculados a una actividad creadora o a la intervención en los debates públicos, como los escritores, esa adhesión suponía de alguna manera poner la obra o una idea al servicio de ese espacio, y eso plantea mayores tensiones. En el caso de la literatura y el arte, el comunismo argentino tiene, además, características que lo diferencian de la experiencia latinoamericana.

–¿Cómo cuáles?

–No logró tener una figura de peso de renombre internacional, como sí pasa con Diego Rivera en México, o Pablo Neruda en Chile, o Jorge Amado en Brasil, cuyo renombre suponía un sistema de compensaciones por parte del partido. Es decir, eran aquellos a los cuales se les daba más libertad porque al partido también le convenía que artistas con méritos probados en su trabajo creador aparecieran ligados al comunismo. En el caso de Argentina, hubo grandes escritores ligados al partido, como Raúl González Tuñón, pero no alcanzaron ese renombre internacional. Incluso en el caso de Brasil o Chile los partidos comunistas tuvieron gran peso en el mundo de la cultura popular aún después de los años 50, cuando cobra fuerza esta idea de un comunismo incapaz de reformarse a sí mismo.

–Justamente el libro se detiene en esa década. ¿Por qué centrar ahí la genealogía?

–Los 50 son años muy interesantes y curiosamente poco transitados. Generalmente los méritos se los llevan los 60. Pero en la década del 50 concurren dos procesos concomitantes que son muy interesantes. Por un lado, en el caso argentino, tenemos el golpe que derroca a Perón en 1955, lo que abre un proceso de enorme crisis tanto en el campo político como el cultural, con una reconsideración del hecho peronista, ya no ligado unívocamente a una interpretación antifascista sino como un movimiento que había sabido interpelar a los trabajadores otorgándoles derechos, tarea que, por cierto, se suponía que era de las formaciones de izquierda. Esto genera una crisis dentro del PC. Y en el contexto mundial, también se da un proceso muy importante que comienza con la muerte de Stalin en 1953 y que tiene su punto de culminación durante el XX Congreso del Partido Comunista en la URSS. Allí el entonces secretario general del partido, Nikita Kruschev, denuncia lo que se llamó los crímenes del stalinismo. Esto supuso de alguna manera un trauma enorme porque hasta ese momento Stalin era un personaje con atributos casi sagrados. Entonces que viniera desde adentro esa afirmación tuvo efectos cismáticos. Pero al mismo tiempo abrió un espacio de reconsideración. Para algunos esa posibilidad de autocrítica significó que el comunismo estaba en condiciones de resurgir. Lamentablemente la promesa de liberación será prontamente contradicha cuando a fines de 1956 la URSS invade Budapest para sofocar un proceso popular que pedía mayor democracia. Esto provocó que muchos intelectuales terminaran yéndose o tomando distancia. Es cierto que en el caso argentino estos hechos fueron desestructurantes, pero lo fue más el golpe del 55.

–¿La marginalidad de la izquierda en nuestro país se explica por la hegemonización que logró el peronismo de los sectores populares o por una incapacidad para interpelar a la clase trabajadora?

–Creo que hay un cierto consenso en la historiografía reciente que se ha ocupado de trabajar el mundo comunista en los primeros años, sobre todo en la década del 30, de que el comunismo había logrado una inserción importante en el mundo del trabajo, muy considerable de hecho en algunas ramas industriales. Y, efectivamente, el peronismo le sustraerá ese apoyo logrando constituir una verdadera identidad obrera ligada a su universo peronista. Y luego el peronismo de izquierda viene a complejizar aún más eso, convocando a una juventud que entonces comienza a desertar en masa del socialismo y el comunismo, a los que consideraban ya parte de lo caduco.

–En el libro se aborda también de manera tangencial cierta actividad persecutoria que tuvo el peronismo histórico sobre los comunistas.

–Bueno, hay una experiencia muy interesante que es la del escritor Alfredo Varela, autor de El río oscuro, sobre el que se basó el guión de Las aguas bajan turbias, la película dirigida por Hugo del Carril. Es un libro que se basa en la experiencia de los trabajadores de los yerbatales, que inmediatamente es considerado como una muestra del realismo socialista en nuestro país. Ahora lo interesante es que Varela es encarcelado y colabora en el guión de Del Carril desde la cárcel. De hecho, la película se estrena y no dice en ningún lado que está basada en el libro de un comunista o que está ligada a una pedagogía de clase, ni Varela aparece en los créditos. Justo, además, en 1952 se produce un viraje de apoyo desde el comunismo al peronismo y Varela queda atrapado en esa contradicción, una contradicción que en realidad será breve.

–¿Y cuál es la interpretación de dicho viraje?

–Es un hecho breve y confuso. Es que el comunismo fue antiperonista pero, a diferencia del socialismo, mostró una mirada más receptiva y matizada. De hecho, en 1946 plantea la idea de criticar lo negativo y apoyar lo positivo. Esa política llevó en realidad a que el partido terminara en un callejón sin salida, porque para lo que se llamaba el espacio liberal-democrático el partido tenía una conducta equívoca ante el tirano, y para aquellos más ligados al nacionalismo popular, les resultaba por el contrario un partido muy liberal.

–Se conmemoraron los 100 años de la Revolución Rusa. Hoy además tenemos en Cuba una nueva línea sucesoria. ¿Cuál es el balance que se puede realizar sobre el comunismo del presente?

–Creo que la Revolución Rusa ha sido uno de los grandes acontecimientos del siglo XX. De hecho, para muchos historiadores el siglo comienza allí, en función de cómo cada uno se posicionó frente a ese hecho, entendido como la mayor gesta de oposición al capitalismo. Es cierto que la experiencia soviética también es una experiencia muy traumática y muy difícil de procesar para las izquierdas, incluso muchos de los llamados socialismos reales derivaron en estados criminales. Pero la idea misma de una revolución, de la promesa de un salto en el tiempo capaz de construir una nueva sociedad, más justa y emancipada nos sigue movilizando.