NOTA DE PRENSA

Nota: Los días más secretos de Clarice Lispector
Autor de la nota: José María Brindisi
Medio: La Nación
Fecha: 22/10/2017
Libro: EN ESTADO DE VIAJE
Autor del libro: Clarice Lispector
Extracto:

El 9 de diciembre próximo se cumplirán cuarenta años de la muerte de Clarice Lispector, la gran escritora brasileña que en la segunda mitad del siglo XX sacudió -junto con João Guimarães Rosa- los cimientos de la literatura de su país, y cuya vida y obra agigantan cada día tanto su influjo como su misterio. El misterio, sin duda, hace pie en el recorrido particular de su vida, en sus vacíos y silencios, pero también en ese modo anfibio que halló de entrelazar en sus novelas y cuentos lo interior con lo exterior, como si borrara sus fronteras y propusiera siempre un diálogo con la conciencia o, más bien, con el rumiar de sus pensamientos.
La influencia de Lispector es paradójica; son pocos los autores capaces de provocar una sensación tal de impotencia. El resultado de imitarla probablemente sea la parodia o el ridículo. Sus ficciones demuestran una vez más que la batalla esencial en literatura se entabla en el campo del lenguaje, y tal vez el mayor triunfo de la escritora brasileña (aunque nació en Ucrania en 1920 y llegó al país sudamericano con su familia en 1922), sea el del desierto que se ha construido a su alrededor, una manera contundente de demostrar que cada escritura es y necesita ser única.
Lispector murió un día antes de cumplir cincuenta y siete años, en el Hospital Lagoa de Río de Janeiro, a causa de un cáncer de ovario. Habían transcurrido casi dos décadas desde su retorno definitivo a Brasil, en 1959, luego de pasar prácticamente quince años en el extranjero acompañando a su marido, el diplomático Maury Gurgel Valente, a quien conoció en la Facultad de Derecho mucho antes de que ambos se recibieran.
El primer destino de Gurguel fue Nápoles, en los últimos meses de 1944 -un contexto que el célebre Norman Lewis retrataría en detalle en Nápoles 1944, uno de los grandes hitos de la crónica de guerra, o de la crónica a secas-, donde permanecerían casi dos años; luego se sucederían, con alguna intermitencia, Berna (de 1946 a 1949), Torquay (en Inglaterra; unos meses entre 1950 y 1951) y Washington, donde iban a residir de 1952 hasta la separación de la pareja en 1959.
En estado de viaje, que distribuirá el Fondo de Cultura Económica en noviembre, rescata ese período enigmático de la vida de Lispector a través de su correspondencia, quince años en los que escribió y sobre todo reescribió su obra pero en los que no publicó prácticamente; una ausencia que sin duda se potenció a causa de la distancia física, y que en parte debe relacionarse con las reticencias del mercado editorial para con una pluma inclasificable y a veces arenosa, pero que no obstante resulta llamativa si se tiene en cuenta el éxito que Lispector había logrado con su primera novela, Cerca del corazón salvaje, publicada a los veintitrés años con una madurez de estilo abrumadora (inverosímil, habría que decir, si es cierto el mito de que fue escrita casi completamente a los diecisiete).
Compilado, organizado y traducido -en los casos en que el material se hallaba inédito en castellano- por Gonzalo Aguilar, el volumen de más de trescientas páginas reúne las cartas que Lispector escribió a diversos amigos y familiares durante ese período.
El núcleo del libro, en verdad, se compone de dos ejes: por un lado, la relación de Clarice con sus dos hermanas mayores, Elisa y Tania, a quienes interpela -juntas y por separado- con todos los apelativos cariñosos posibles pero a las que sorprendentemente trata como si fuesen menores que ella, con frecuencia casi sus hijas; por otro, el escritor Fernando Sabino, un vínculo que se genera desde cierta fugacidad y que en su correlato epistolar asimismo llama la atención -como señala Aguilar en el prólogo- por el respeto y en ocasiones la sumisión con que la autora de La pasión según G. H. se dirige a quien pertenece a su misma generación y que todavía está lejos de obtener un reconocimiento importante.
También hay cartas a otros escritores como Lúcio Cardoso y Enrico Veríssimo -él y su esposa serían sus amistades más valiosas en Washington, y Lispector sufriría mucho su partida- y a algunos otros amigos y familiares, más algún intersticio polémico como la larga misiva que le dirige, entre el respeto e incluso la admiración y la amonestación, a José Simeão Leal, quien le había pagado anticipadamente para que escribiera los cuentos que luego conformarían el extraordinario volumen Lazos de familia, pero cuyo impulso de publicarlos -cuatro años más tarde, en 1960- sólo sobrevendría cuando ella le propusiera recuperarlos para darles un destino distinto.
En estado de viaje -un título significativo si se tiene en cuenta que en verdad se trataba de "vivir afuera", no tanto de viajar, y que entonces refleja con toda contundencia la sensación de desapego e inestabilidad emocional con que Lispector atravesó esa década y media- se completa, intercalándolas, con algunas breves crónicas o semblanzas que remiten a aquellos años pero que Clarice escribió para el Jornal do Brasil a fines de los años 60 y comienzos de los 70 (y que en castellano aparecieron en Revelación de un mundo y Descubrimientos, ambos por el sello Adriana Hidalgo). Acaso algo fuera de tono o extraños al entreverarse con la coloquialidad de las cartas, esos textos permiten sin embargo acercarse a otro punto de vista respecto de alguien que a menudo se acusa de no saber escribir cartas sobre viajes -"ni siquiera sé viajar"-, pero que se convierte en una observadora aguda y sutil del carácter de las ciudades y de sus habitantes. Previo al largo "exilio", el libro recoge también las dos breves cartas que una joven Clarice le escribe nada menos que al presidente Getúlio Vargas para solicitarle la ciudadanía brasileña.
"Quien le escribe es una periodista que actualmente trabaja en A Noite, académica de la Facultad de Derecho y, casualmente, también rusa. Una rusa de 21 años de edad y que está en Brasil hace veintiún años menos algunos meses. Que no conoce una sola palabra de ruso y que piensa, habla, escribe y vive en portugués, haciendo de su lengua una profesión y apoyándose en ella para todos sus proyectos futuros, próximos o lejanos. Que no tiene ni padre ni madre -el primero, así como las hermanas de quien esto firma, brasileño naturalizado- y que no se siente atada de modo alguno al país de donde vino, ni siquiera por haber escuchado relatos sobre él. Que desea casarse con un brasileño y tener hijos brasileños. Que, si fuese obligada a volver a Rusia, allá se sentiría irremediablemente extranjera, sin amigos, sin profesión y sin esperanza".
La carta no surte efecto, y Lispector le escribe al presidente brasileño una segunda, en ambos casos buscando acelerar un proceso que podía durar años. Lo más significativo tal vez derive de esa intuición algo melodramática, y a pesar de ello certera, respecto de la sensación de extranjería y la frecuente desolación con la que habría de convivir pronto y durante muchísimo tiempo.
Ya en "en estado de viaje", Lispector llega a Nápoles -su esposo participa de la misión diplomática que apoya a la Fuerza Expedicionaria Brasileña-- vía Argel. Antes hace escala en Liberia, visita Lisboa, que luego amará pero que en principio aborrece ("Pensad que aquí a las 10 de la noche todavía hace sol. Es horroroso", escribe a sus hermanas). Dakar, en Senegal, le parece "muy bonito, grande pero con un aire de ciudad pequeña". En la marroquí Casablanca, anota que "los árabes roban, excepto la vida, todo". La guerra se cuela diametralmente. "Aquí, como Portugal es neutral -escribe desde Lisboa-, se ven carteles de propaganda alemana, lo que da mal aspecto a las cosas. Pero dentro de poco la guerra habrá acabado. Casi todo el mundo está aquí con los aliados."
Nápoles, a pesar de cierto optimismo que a veces es una suerte de impostación (a cada momento les reclama a sus hermanas que sean felices, una misión por demás dificultosa para ella), destapa un abanico de sentimientos que Berna, la capital suiza, más tarde -pese al nacimiento de Pedro, su primer hijo-, y finalmente Washington, la capital de Estados Unidos, harán implosión en Lispector.
Junto a las inseguridades que su escritura le provoca ("el día que pueda escribir una carta con las noticias tal vez pueda escribir una historia con una verdadera intriga"), las cartas son un constante reclamo de afecto, de una presencia que en la distancia se torna siempre insuficiente y que jamás logra combatir del todo su sensación de estar sola en el mundo. El aburrimiento, un estribillo falsamente trivial en especial en las cartas de los primeros tiempos, se transforma en una grave melancolía, el signo de alguien que no halla su lugar en el mundo o que fatalmente asume que ese lugar -Brasil, pero sobre todo Río- está demasiado lejos.
Esa "calma que asusta", en Washington pero de distinto modo antes en la odiada Suiza, alimenta en muchos sentidos el carácter de una literatura que en los años 60 se abrirá al mundo y se tomará revancha de ese ostracismo, interno y externo, al que Lispector de algún modo se vio forzada por razones personales. Hasta dónde, cabe interrogarse, todo ese sufrimiento, todas esas saudades, no fueron el sacrificio necesario para que Brasil alumbrara una voz única, definitivamente inimitable.